El Primer Encargo: Capítulo 01

18.04.2944

EL PRIMER ENCARGO

UNA ENTREGA DE SORRI LIRAX

CAPÍTULO 1

Mientras me acomodaba en el asiento color gris oliva y me ataba en torno al pecho el arnés de flexible plastiacero, por mi cabeza pasaron las últimas palabras que me dijo mi padre cuando dejé la Horda Dorada, su bar.

Nadie ha logrado ganarse la vida en el espacio sin arrepentirse en el proceso. Allí sólo hay belicistas y ladrones. Nadie que valga la pena conocer. Así que cuando hayas tenido suficiente de aventura, escúrrete de vuelta a casa. Mantendré caliente tu sitio detrás de la barra para el día en que metas un poco de sentido común dentro de ese grueso cráneo que tienes, Sorri.

Incluso mientras me estaba peleando con el arnés para conseguir que ajustara bien (cabían dos como yo dentro de él) seguía pudiendo oír el tono en la voz de mi padre cuando dijo la palabra “aventura”. Sonaba como si acabara de darle un mordisco a una manzana crujiente y descubierto que estaba hecha de estiércol.

Esperando a que subiera el último pasajero, sentí escalofríos y me froté los brazos, intentando calentarme. El interior estaba tan frío como la cámara donde se guardaba la cerveza en casa.

Me puse mi suéter de lana favorito, el que mi tío Cab me había regalado, pero ni siquiera eso bastaba para impedir que el frío se me metiera en los huesos. El suéter era del color de las puestas de sol, algo que yo sabía que echaría de menos, viajando por la oscuridad del espacio como correo para el Servicio de Mensajería FTL.

Será mejor que el último pasajero valga la espera.

Pero ni siquiera el frío, o los recuerdos de mi padre, o tener que esperar al último pasajero podía atenuar mi entusiasmo.

¡Por fin estoy en el espacio!

Tras todas las discusiones con mi padre, el dinero acumulado ahorrando de mis propinas, los exámenes de entrada, y tener que dormir sobre duros camastros mientras completaba mi entrenamiento en la oficina de la FTL aquí en Castra II… por fin lo había conseguido.

Me froté las yemas de los dedos a lo largo de la línea que separaba dos placas de la lisa pared. La Solar Jammer, una Caterpillar modificada y reconvertida como transporte comercial. No era precisamente una sexy y elegante Idris, pero tal como sucede con el primer beso, lo que cuenta no es el aspecto, sino la experiencia.

Estaba empezando a recostarme en el asiento, cuando me vino a la mente otro recuerdo. Me había olvidado que quería grabar todo lo que pudiera de mi primer viaje, para poder enviar un vídeo a mi padre, haciéndole saber que no todo el mundo era un ladrón, y que no “acababas metido en una batalla espacial con la misma facilidad con la que vas a la tienda”.

Enganché la cámara remota a las correas de mi mochila y comprobé mi MobiGlas personal para asegurarme de que estaba grabando. Cuando terminé, volví a guardarlo en el fondo de la mochila. Al Servicio de Mensajería FTL no le gustaba que lleváramos nuestras propias unidades personales, pero tampoco le gustaba que tuviéramos programas personales ejecutándose en equipo proporcionado por la compañía. Mi solución parecía un término medio aceptable.

Estaba revisando el MobiGlas de la compañía para ver si había recibido algún mensaje cuando llegó por fin el último pasajero.

Agachó la cabeza para no darse con el compartimento superior para equipaje de mano y me mostró una sonrisa que habría enorgullecido al diablo.

Era atractivo, pero no del tipo que sueles ver en los holovídeos. Tenía una cicatriz en el labio que hacía que su sonrisa pareciera un gesto tanto de amabilidad como de burla.

A juzgar por su apariencia y vestimenta, supuse que era un vendedor. Odio a los vendedores. Siempre se presentaban en el bar comportándose como si fueran los dueños del lugar. Como si fueran mejores que nosotros. Probablemente también era un Ciudadano.

Decidí que era mejor así. Al servicio de mensajería no le gusta que sus empleados entablen conversaciones mientras están de servicio. No daba una buena imagen para clientes potenciales y creaba riesgos de seguridad.

Así que volví a concentrarme en consultar mi MobiGlas, confirmando mi transporte y contactos una vez hubiera llegado a Oya. Tenía siete días para llevar a la corporación WillsOp los archivos en el MobiGlas, lo que era tiempo de sobra, pero pensaba que hacerlo en una tercera parte del tiempo previsto dejaría una buena impresión en mi empleador.

Fue entonces cuando el copiloto trajo por el pasillo una jaula de transporte de animales hasta llegar a la altura del caballero sentado a mi lado y la ató al asiento.

Unos grandes ojos marrones con ribetes dorados me miraron desde dentro de la jaula.

Las palabras se escaparon de mi boca antes de que me acordara de que en teoría no estaba interesada:

- ¿Es un lince de cola roja?

Cuando formulé la pregunta el atractivo pasajero estaba atareado ajustándose el arnés para su mayor corpulencia. Alzó la vista arqueando una ceja.

Bueno, pensé para mis adentros, papá siempre ha dicho que no se estar callada.

- Tenía uno cuando era pequeña. Nunca hacía una foto sin que Sasha saliera en ella – le dije.

- ¿Sasha? – me preguntó con una voz melodiosa -. Supongo que ese era el nombre del lince.

Hice un encogimiento de hombros como gesto afirmativo.

- ¿Se dedica a la cría de animales? – pregunté.

Me miró directamente a los ojos. Los suyos eran grises con motas de color verde. Ojos que habían visto mucho.

- ¿Y no podría tratarse simplemente de mi mascota? – me preguntó mientras la piel en las comisuras de su boca se arrugaba en un gesto de diversión.

- Mis padres son dueños de un bar en el norte de Castra II. He conocido a todo tipo de personas, y usted parece tener el aspecto de un amante de los linces de cola roja. Son demasiado activos y necesitan espacio.

Como si supiéramos que estábamos hablando de él, el lince presionó su peluda cara contra los alambres de la jaula.

Yo quería alargar la mano y acariciar los pequeños mechones de pelo grisáceo que sobresalían de sus orejas, pero el capitán anunció entonces que nos disponíamos a abandonar la estación en dirección hacia el punto de salto.

- No ha contestado mi pregunta – dije.

El hombre soltó una breve carcajada de incredulidad.

- Eres muy atrevida. La gente suele presentarse antes de empezar un interrogatorio, ¿sabes? Me llamo Dario Oberon.

La Solar Jammer dio bandazos mientras abandonaba la estación y sentí el tirón gravitatorio de los sistemas internos de la nave.

- Nunca he sido muy aficionada a los nombres. Quizás es por culpa de haber pasado demasiado tiempo como rata de bar. La mitad de los clientes nunca dan su verdadero nombre y la otra mitad no se merece el que tienen. Si tanto le importa, el mío es Sorri Lyrax.

Tenía una sonrisa capaz de robarte el corazón.

- ¿Sorri? ¿Es un nombre o un apodo? – me preguntó con una mirada pícara en sus ojos.

- Las dos cosas – contesté, medio encogiéndome de hombros – ¿Y la respuesta a mi pregunta?

La Solar Jammer viró a un costado y se dirigió hacia el punto de salto, hundiéndome en mi asiento y empujando a Dario contra su arnés.

- Un regalo.

Me guiñó un ojo.

- No es para una amiga – reflexioné en voz alta -. ¿Para un proyecto empresarial? Diría que es un obsequio para ayudar a acelerar los trámites,

Dario se inclinó hacia adelante, frunciendo el ceño y los labios aparentando estar pensando intensamente.

- ¿Y por qué dirías eso, Sorri Lirax?

- Las mascotas son un regalo pésimo para una amiga, y usted parece demasiado inteligente para cometer semejante error de novato. En cuanto a lo del proyecto empresarial, he visto cómo le daba la mano al copiloto cuando le trajo la jaula del lince. He visto esa sonrisa y apretón de manos un millón de veces. Mi primera impresión fue que usted era un vendedor, pero su confianza es genuina, no algo gastado como una segunda piel flácida.

Dario asintió con la cabeza antes de responderme.

- ¿Y todo esto lo has deducido en unos pocos minutos?

- El lugar donde crecí era como recibir un curso avanzado en conducta humana. Si te molestabas en prestar atención – fue mi respuesta.

Una parte de mi me estaba gritando que mantuviera la boca cerrada, pero a la otra parte le gustaba impresionar a Dario. Mi padre siempre me había hecho quedarme en un segundo plano y dejar que fueran los clientes quienes hablaran. Resultaba agradable estar en frente del mostrador por una vez.

- Y puesto que viaja sin equipaje, deduzco que sus negocios tienen que ver con la propiedad intelectual – proseguí -. Probablemente algo lucrativo como diseños de naves o algo parecido.

Cuando el brillo en sus ojos verdegrisaceos se volvió tan frío y duro como el espacio profundo, comprendí que había hablado de más, pero la mirada desapareció tan rápido como había aparecido. La sonrisa pícara volvió su lugar aparentemente habitual en sus labios.

- Ahora que estamos a velocidad de crucero, ¿le gustaría acariciar el lince? Es bastante dócil – me preguntó Dario mostrándome sus dientes.

- Me encantaría – dije, dándome cuenta de que había cambiado de tema, pero recordándome a mi misma que estaba en un viaje de empresa y que un misterio era lo último en lo que debería involucrarme.

Dario puso el lince sobre mi regazo, teniendo cuidado de no dejar suelto al animal. El lince enroscó su cola rojiza en torno a mi brazo y acurrucó su cabeza bajo mi axila. Antes de que terminara el viaje tendría pelo de lince por todo mi suéter de lana, pero no me importaba.

No paso mucho tiempo antes de que, con el cuerpo caliente del lince sobre mi regazo, y su suave pelaje acariciándome la punta de los dedos mientras le rascaba el lomo, me quedara dormida. La emoción de empezar un viaje se había desvanecido.

Cuando me desperté, Dario estaba sacando el lince de debajo de mis brazos. Fuera de la Solar Jammer, el planeta azul y naranja de Oya III se estaba haciendo visible. Una gigantesca tormenta de arena ciclónica podía verse arremolinándose a lo largo de la Gran Desolación en el continente septentrional. Se decía que esa tormenta llevaba rugiendo las tres últimas décadas. Por suerte, yo iba a aterrizar en la franja verde del hemisferio meridional, en la ciudad metropolitana de Nueva Alejandría.

Cuando llegamos Dario estaba ocupado con su MobiGlas, por lo que procuré no molestarlo. Tenía que confirmar mi viaje pozo gravitatorio abajo hasta la superficie de Oya III. Había conseguido un billete barato comprando una reserva de sobreventa, pero tenía que apresurarme si quería llegar a la nave de descenso antes de que partiera. Viajar con un presupuesto ajustado no te dejaba ninguna garantía de conseguir un asiento.

Para cuando estuve por fin fuera de la Solar Jammer, Dario ya se había ido hacía rato, lo que me dio un poco de pena, porque, dado el tamaño de la UEE, lo más probable es jamás volviera a verle.

El olor a antiséptico y los brillantes azulejos incoloros de la puerta de aduanas asaltaron mis aturdidos sentidos. Acercándome al oficial de seguridad vestido con un uniforme gris verdoso, ajusté las correas de mi mochila mientras sacaba mi documentación, incluida la placa identificativa de una mensajera de FTL, y me dispuse a entregárselas.

Tras pasar a través de un dispositivo de escaneo que emitió un zumbido agudo apenas audible excepto como una vibración en la parte posterior de mis dientes, enseñé mi identificación al guardia de anchas espaldas que me miraba con una expresión aparentemente aburrida.

Su MobiGlas emitió un sonoro pitido y su expresión pasó de aburrida a contrariada y luego iracunda. Antes de que yo pudiera hacer nada, se me acercó y me agarró por el brazo, apretando lo suficientemente fuerte como para dejarme un moratón.

- Eso es una alarma de violación de la seguridad – me dijo, su ira dirigida firmemente hacia mi -. Tendrá que acompañarme.

Continuará…

Original.

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