El Primer Encargo: Capítulo 02

EL PRIMER ENCARGO

UNA ENTREGA DE SORRI LYRAX

CAPÍTULO 2

La peor parte de estar encerrada en una celda de detención no era el interrogatorio, sino la espera hasta llegar a ese punto.

No es que yo fuera una criminal endurecida ni nada parecido, sólo una chica algo alocada que unos pocos años atrás había frecuentado algunas malas compañías. Carreras de deslizadores por en medio del bazar, barnizar la barandilla del casino con un leve alucinógeno de contacto, soltar una recua de llamas escupidoras dentro de una convención de la Fiscalía, ese tipo de cosas.

Mis fechorías eran probablemente una de las razones por las que mi padre había accedido a permitirme entrar en el servicio de mensajería. Según él, lo que me pasaba es que tenía los ánimos caldeados, o quizá un poco de rabia por la muerte de mamá.

Se equivocaba en ambos casos. Se había tratado de simple aburrimiento. Eso y la comprensión, surgida de un día en que yo estaba sentada dentro de una celda de detención idéntica a la de ahora por culpa de una de nuestras pequeñas travesuras, de que estar encerrada en la cárcel y trabajar en el bar de la familia eran prácticamente la misma cosa.

Aunque en el bar, sin embargo, por lo menos podía pasar el rato estudiando a los clientes.

La celda de detención era tan monótona como el espacio profundo, con una silla dolorosamente dura como su único mueble. Querían ablandarme, dejarme tan aburrida que acabaría dispuesta a contarles de buen grado todos mis secretos. El hecho de que esta táctica realmente funcionara con algunos criminales me dejaba atónita. ¿Cómo podían ser tan tontos?

Pero yo no tenía nada por lo que preocuparme. No había hecho nada malo. Mi único deseo era que viniera alguien para que pudiera explicárselo.

Tras casi tres horas de espera, entró una mujer en la celda. Era mayor, tono de piel oscuro y marcadas arrugas en torno a sus ojos y boca. Hubo un tiempo en el que se la habría podido describir como hermosa, pero ahora su belleza había quedado reprimida tras el deber y un uniforme de seguridad pulcramente cuidado. No había ni un solo cabello de su peinado de corte militar que estuviera fuera de lugar.

– ¿Sorri Lirax?

Asentí con los labios apretados.

– Soy la capitana Hennessy. Estoy al mando de esta instalación. Lamento que hayas tenido que esperar tanto, pero me encontraba en la calle, en el planeta – me dijo.

La expresión somnolienta de su rostro lo decía todo. La habían despertado durante su tiempo libre.

– Lamento que la hayan molestado – dije con toda sinceridad -. ¿Podría explicarme por qué me tienen encerrada? Nadie me ha contado nada, y aunque todavía me queda mucho tiempo para hacer mi entrega, recibo una bonificación por rapidez. ¡Cuando necesita enviar un mensaje, ¡nada es más rápido que FTL!

La última parte, el lema de la compañía, la dije con un ligero tono cantarín, lo que hizo aparecer una diminuta sonrisa en los labios de la capitana Hennessy. Desapareció con tanta rapidez como había aparecido.

– Una mensajera, ¿eh? Nadie me había informado – dijo, con su expresión ahora ceñuda. Se quedó un rato en silencio, con los brazos cruzados, mordiéndose el labio inferior, pensando.

– No hay nada como la burocracia para enredar las cosas – añadí.

Su respuesta fue poner las manos sobre sus caderas.

– Es mi burocracia con la que te estás metiendo.

Tragué saliva y me pellizqué una pierna. Esa había sido una mala jugada.

– Mira – me dijo -. Quiero regresar al planeta, pero hay algo en tu MobiGlas que activó nuestros nuevos sensores. Y tampoco nos entusiasma que la gente se dedique a grabar nuestras áreas de seguridad. Encontramos un botón cámara en tu mochila.

Dejé escapar una exclamación de sorpresa.

– Oh, me había olvidado de eso. Éste es mi primer viaje para la compañía, y mi primer viaje fuera del planeta. Pensaba grabarlo todo. Ya sabe, ¿por qué no?

Hice el gesto de encogerme de hombros levantado sólo uno. La capitana Hennessy murmuró algo para sus adentros.

– En cuanto al archivo, supongo que se trata de mi entrega – dije.

La capitana sacó su MobiGlas y empezó a repasar algunos datos. Durante todo ese rato estuvo mordiéndose su labio inferior y suspirando. Yo prácticamente podía visualizarla echando miradas por encima de su hombro como si fuera capaz de ver desde aquí el lugar que había tenido que abandonar cuando la llamaron para que acudiera a mi celda.

Cuando la capitana volvió a centrar en mí su mirada, supe que estaba en problemas. Puede que estuviera ansiosa por volver a disfrutar de su tiempo libre, pero también me daba cuenta de lo impoluto que estaba su uniforme, aunque se lo hubiera tenido que vestir a toda prisa. Era una mujer centrada en el deber y la responsabilidad.

– El tamaño total de los archivos en tu dispositivo supera con mucho el que FTL ha aprobado para tu nivel de credenciales de seguridad – me dijo, dando golpecitos con su dedo contra la pantalla mientras hablaba -. Como mensajera novata, lo único que deberían dejarte llevar sería recetas para cordero asado y quizás la impresión de una bicicleta. Los archivos de este tamaño sólo suelen verse con proyectos industriales importantes o sistemas complejos. Todas esas malditas cosas de física.

Cuando abrí la boca, mi intención era pedirle a la capitana Hennessy que se pusiera en contacto con la sede de FTL en Castra II. Ellos lo aclararían todo.

Pero entonces dudé.

Por dos razones.

La primera era que la compañía probablemente tardaría días en responder a la capitana Hennessy. Mientras tanto, yo no sólo tendría que pasar todo ese tiempo encerrada en una celda como la de ahora, sino que también rebasaría la fecha límite para mi entrega.

La segunda era menos segura y más especulación. Casi podría calificarse de rumor. Durante las pocas semanas de entrenamiento y orientación que recibí, que en su mayor parte consistieron en explicar los entresijos del viaje interestelar y unas clases de autodefensa patéticamente sencillas, me contaron cierta anécdota sobre las primeras entregas que nos iban a encargar.

Se rumoreaba que la compañía solía hacer que la primera entrega de los mensajeros nuevos fuera una misión falsa, o “trineo de plomo” en el argot de la compañía. Servía para confirmar la lealtad y capacidad. Algunas personas decían incluso que la compañía ponía obstáculos en el camino, empleando tanto actores como funcionarios de verdad, para ver cómo reaccionaba el nuevo mensajero.

Así que cerré la boca y reconsideré mi respuesta, aclarándome primero la garganta para dar veracidad a mi tardanza.

– Estoy segura de que se trata de algún tipo de error – dije -. Quizás el archivo debía ser destinado a otro mensajero, o no se dieron cuenta de mis credenciales de seguridad.

– O quizás pensaron que podrían hacer pasar estos archivos ilegales por mi puesto – replicó la capitana Hennessy juntando las manos dando una palmada -. O quizás trabajas para otra agencia y sólo entraste en el servicio de mensajería para utilizar la credencial de seguridad que te dieron. Acabábamos de instalar el detector nuevo, por lo que nadie más sabía que lo teníamos.

A pesar de mi inocencia, me sentí culpable. Más que nada porque me daba cuenta de cómo pintaba la cosa, y la cosa no pintaba nada bien.

Estaba a punto de entrar en el “modo niñita pequeña”, un truco que había utilizado más de una vez en Castra II para salirme con la mía. Pesaba sólo 45 kilos aunque me diera un atracón y tenía unas pequeñitas orejas de duende. A mi padre le gustaba decir que mi madre, Abigail, había sido en realidad una reina de las hadas que él había sustraído al mundo faérico, y que en realidad no había muerto, sólo regresado a su hogar. Era una hermosa mentira, y una que yo me había contado repetidas veces a mi misma.

Pero entonces me fijé en la capitana Hennessy. Me fijé con toda mi atención. Ya había visto a los de su tipo en el bar. Una vez, cuando ella era más joven, el deber le había concedido algo a lo que agarrarse en una vida que se desmoronaba. Quizás había tenido un padre abusivo, o un mal matrimonio, pero el servicio de seguridad le había proporcionado una forma de controlar parte de su vida.

No sabía si iba a funcionar, pero tenía que arriesgarme. Dejé caer los hombros y hundí mi barbilla hasta el pecho.

– Da igual – dije, dejando que las palabras salieran a borbotones de entre mis labios -. Incluso si se trata de un error, perderé igualmente mi entrega y me despedirán. Es justo como dijo mi padre, que la fastidiaría de alguna manera. Ahora tendré que volver allí.

Cuando me arriesgué a alzar brevemente la mirada, vi a la capitana Hennessy dar un respingo, aunque sólo por un momento. Ayudó el que la mayor parte de lo que había dicho era cierto. No quería volver a casa. Y mi padre había dicho que la fastidiaría.

Pero mi admisión había despertado algo en el pasado de la capitana. Su frente estaba tan fruncida que parecía una superposición de músculos en tensión, dejando sus ojos hundidos en sombras. Estaba apretando los labios con tanta fuerza que parecían tan pálidos como los de un cadáver.

Apoyé la frente en mis manos y esperé. La capitana Hennessy estaba tecleando furiosamente en su MobiGlas y emitiendo un suspiro cada quinta pulsación. Estaba murmurando algo sobre una playa y no volver a responder jamás a una llamada durante su tiempo libre.

– Sorri – me dijo, pronunciándolo más como una orden que como una pregunta.

– ¿Sí, señora? – contesté alzando la mirada.

– La cantidad de papeleo que genera un intento de violación de seguridad como este es abrumadora – dijo la capitana, señalando con el dedo su MobiGlas.

Mi estómago dio un vuelco. Casi podía oír a mi padre sermoneándose sobre mi estupidez cuando estuviera de vuelta en casa.

– Y la única persona que puede aprobar toda esta sarta de disparates soy yo – prosiguió -. Pero lo poco que he podido averiguar sobre ti está limpio – empezó a menear la cabeza como si no pudiera creerse lo que estaba diciendo -… y llevo esperando casi un año para poder disfrutar de un poco de tiempo libre. Si tengo que liarme con esto, perderé todas mis vacaciones.

Contuve el aliento, mientras ella parpadeaba y sostenía una breve guerra interna consigo misma. Sabía que todavía no me había librado del peligro.

Por fin, la capitana tomó su decisión, y me percaté de cuál había sido la pieza del rompecabezas que había inclinado su decisión a mi favor.

– Y sé un poco como es ser una jovencita que no quiera volver a casa. Así que voy a borrar del sistema esta violación de seguridad y dejaré que bajes al planeta.

– Gracias, capitana Hennessy – dije mientras el alivio inundaba mis miembros.

– Ahora tengo que irme – contestó, con una inesperada sonrisa en los labios -. Pero no quiero volver a verte, ¿de acuerdo?

Asentí con entusiasmo.

Después de que la capitana se fuera, uno de los agentes de seguridad entró con mi equipaje. Estuvo meneando la cabeza todo el rato como si acabara de ver un fantasma o un perro que hablara.

El descenso en lanzadera fue breve y aterrador. Se había formado una capa de nubes sobre Nueva Alejandría, por lo que ni siquiera pude tener una buena vista durante el viaje.

Cuando llegamos, me llevé la mochila al hombro, volví a encender la cámara remota, y me dirigí hacia las salidas del astropuerto, esquivando las multitudes y manteniéndome alerta. Mis piernas todavía temblaban por el interrogatorio y el espeluznante descenso. Al menos la gravedad de Oya III se parecía a la de Castra II. Yo era fuerte para mi tamaño y ser una chica, pero la escala forzada en seguridad me había dejado débil por el hambre.

Lo primero que planeaba hacer era encontrar algún puesto de comida en los bazares que había por toda Nueva Alejandría. Cuando el astropuerto estaba siendo construido, los trabajadores que habían venido para el trabajo habían vivido en los campamentos, y con el paso del tiempo esos campamentos se habían convertido en un anillo de nuevos edificios y barrios de chabolas. La gente rica de la ciudad vivía más al sur, pero yo me dirigía hacia el norte, hacia la instalación de la corporación WillsOp.

Nueva Alejandría era famosa por sus kebabs de cordero con especias, y habría jurado que ya podía oler alguno. Yo estaba de pie al aire libre cerca de las paradas de hovertaxi, intentando orientarme utilizando las funciones de mapa en el MobiGlas de la compañía, casi paladeando el sabor de la caliente carne especiada contra mi lengua, cuando oí el apagado zumbido de un electrociclo deteniendo justo a mi lado.

Alcé los ojos para encontrarme con el rostro de un gigante imponente cuyo tamaño empequeñecía el de su vehículo, lo que le hacía parecer ir montado sobre una bicicleta para niños. Su cabello era negro con algunas canas, y su cartilaginosa barbilla tenía el mismo color que su pelo. Proyectaba un abrumador olor corporal que me hizo arrugar la nariz.

Creía que se me acercaba para preguntarme alguna dirección cuando me fije en la frialdad de sus ojos. Entonces alargó su fuerte manaza y me arrancó el MobiGlas de las manos, y mientras se alejaba en su vehículo me dirigió una mirada que decía: sígueme y morirás.

Continuará…

Original.

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