El Primer Encargo: Capítulo 04

EL PRIMER ENCARGO

UNA ENTREGA DE SORRY LYRAX

CAPÍTULO 4

Me despertó la sensación en mi mejilla de la vibración provocada por el funcionamiento del motor cuántico de una nave. Tumbada de lado, apreté mis palmas contra las cuencas de mis ojos y me las froté hasta recuperar la vista. Todavía me sentía aturdida por lo que me había noqueado, como si cada uno de mis pensamientos tuviera que cruzar primero por un lodazal.

Al sentarme, mis ligaduras rozaron contra el panel de la puerta. Me habían enrollado bucles de alambre alrededor de las muñecas. Los otros extremos estaban atornillados el suelo. Podía alzar las manos lo suficiente para tocarme la cara, pero nada más.

El asiento del piloto giró en redondo revelándome a la mala bestia que me había robado el MobiGlas. Vestía un traje de presión de color azul marino, excepto los guantes y el casco. Juntó las yemas de sus dedos, centrando su mirada en mí, y yo me sentí como el pollo en un gallinero al que están considerando si ya es lo suficientemente grande para sacrificarlo.

– No quieres matarme – musité.

Sus cejas se alzaron -. ¿No quiero? Ilústrame, pequeñaja.

No pude evitar menear la cabeza en un gesto de incredulidad. Esa voz cultivada procedente de ese cuerpo brutal era toda una contradicción.

También pensé que había sido un error por mi parte el haber hablado antes de conocer del todo la situación. Detrás de ese mastodonte había una pantalla de visionado mostrando únicamente el negro vacío del espacio, excepto por una pequeña mota rojiza situada justo en el centro de la pantalla. El fino nimbo que la rodeaba le daba el aspecto de un planeta. Probablemente un gigante gaseoso.

– ¿Cómo se llama? – pregunté tratando de ganar tiempo.

Se lamió los labios -. Burnett.

Pronunció su nombre alargando la erre de la primera sílaba y diciendo muy rápido la segunda.

– Bueno, Burnett – repliqué, paseando mi mirada por la cabina –. Yo soy Sorri, pero no me arrepiento de nada.

Como respuesta a mi broma, su labio superior se alzó, mostrándome sus dientes -. Ya sé quién eres.

Estupendo. Eso me situaba en una gran desventaja. Yo no sabía nada acerca de este tal Burnett, excepto que me había robado el MobiGlas y luego secuestrado.

Alargué el cuello para poder ver el panel de controles de la nave, lo que no me ayudó en nada. Yo no sabría diferenciar entre una nave con capacidad de salto y un sencillo transporte intrasistema.

Burnett parecía sentirse satisfecho vigilándome como un gato observando a un ratón atrapado.

Busqué en mi memoria cualquier dato que pudiera serme de ayuda, y entonces recordé lo último que Burnett me había dicho: Parece que Dario logró encontrar una aliada.

En nombre del espacio, ¿qué había querido decir con eso?

Mis ojos se desorbitaron cuando logré encajar las piezas.

– Dario, el tipo la Solar Jammer, puso algo en mi MobiGlas. Eso es lo que vieron los de seguridad. La capitana no tendría que haberme dejado marchar – las palabras fueron saliendo arrastrándose de mis labios, mitad comprensión y mitad lamento.

Las comisuras de los ojos de Burnett se arrugaron y la apretada cabina pareció encogerse todavía más. Yo estaba sólo a dos pasos de esta bestia humana erudita, y él llevaba una cuchilla en su cadera. Cuando bajé la mirada al duro metal del suelo, empezó a reír.

– No te preocupes. No voy a cortarte la garganta. Tu sangre se filtraría bajo el suelo y afectaría los sistemas electrónicos. Cuando llegue el momento de desembarazarme de ti, me limitaré a arrojarte por la escotilla.

Cuando. Había dicho cuando.

– Entonces, ¿a qué estás esperando? – pregunté alzando la barbilla, mirando directamente a sus ojos marrón verdosos. Me mordí el labio inferior para impedir que temblara.

– Pareces de las que les gusta hablar. Tenía la esperanza de que me contaras el plan que tú y Dario hubierais urdido, ahorrándome el trabajo de torturarte.

– Pero yo no lo conozco de nada. Sólo soy una mensajera de FTL. Ya sabes, cuando necesitas entregar un mensaje, no hay nada más rápido que la luz…

Las palabras iban apelotonándose una sobre la otra a medida que mis labios las iban pronunciando. Podía sentir como el reloj de mi vida iba marcando sus últimos segundos.

Burnett entrecerró los ojos y se inclinó hacia adelante sin levantarse del asiento, cuya parte inferior de acero parecía estar a punto de doblarse por culpa de su corpulencia. – Parece que estés contando la verdad. Pero tal vez tenga que hacerte cosquillas con mi cuchillo, para asegurarme de que no eres simplemente una buena mentirosa.

– ¿Qué es lo que quieres saber? No tengo nada que perder, ¿verdad?

Burnett pareció considerar mi oferta.

– ¿No sabes quién es Dario? – me preguntó tras un rato.

– No – contesté -. Hablé con él durante el viaje, sobre todo justo tras la partida. Debe de haber pirateado mi MobiGlas cuando me quedé dormida. Introducido en él ese archivo. Sea lo que sea, ¿puedo suponer que es importante?

– No preocupes tu cabecita con eso.

Tuve un momento de inspiración -. Es tu rival, ¿verdad? Tú deduciste lo que iba a hacer. Utilizarme para hacer pasar ese archivo a través de la seguridad local. Así que te limitaste a esperar en el planeta y quitármelo.

Burnett asintió con la cabeza -. No pasará nada porque te lo cuente. A los mensajeros nuevos nunca se les dan archivos importantes. De hecho, normalmente les dan material falso para ponerlos a prueba. De manera que tú no tenías los credenciales de alta seguridad asociados a ese tipo de datos. Cuando pillé a Dario investigando tu historial, me arriesgué a suponer que iba a volver a utilizar este truco.

Entonces se levantó y la silla se quejó por el esfuerzo. Burnett tenía que agachar la cabeza para evitar golpearse con el techo. Cuando apretó los labios y emitió un suspiro soplando por la nariz, mi estómago se retorció en un nudo.

– Y ahora es el momento de despedirnos. Lamento profundamente que Dario te utilizará, pero no deberías haberme seguido – dijo, cogiendo un destornillador de un asiento contiguo al suyo.

Cuando avanzó hacia mí, pensé en arañarle y clavarle las uñas como si yo fuera un gato enfurecido, pero eso sólo lograría enfadarle. Tenía que conservar la mente fría, pero me resultaba difícil, realmente difícil.

Se incline y empezó a desatornillar la sujeción del cable en el suelo sin mostrar el más leve indicio de preocupación. A su lado me sentía como una niña. El cuchillo en su cinturón estaba justo al alcance de mi mano, pero sabía que él sería más rápido que yo.

Miré por la pantalla de visionado en la parte delantera de la nave. El gigante gaseoso rojizo aparecía ya con un tamaño bastante grande, y podían empezar a distinguirse algunos rasgos de su superficie.

– Vas a vender los datos a algún grupo de piratas, ¿verdad?

Sonreí y señalé con un gesto de cabeza la parte delantera de la nave, pero tenía miedo de que se me notara mi poca convicción al decirlo. Su ojo derecho pestañeó.

– Más o menos – contestó, pisando el primer cable para impedirme mover el brazo y empezando a trabajar con el segundo.

– Seguro que no se mostrarán nada contentos cuando aparezca la UEE – dije.

Entrecerró los ojos mientras aflojaba el segundo cable, pero no interrumpió su tarea. Agarró los extremos de ambos cables y tiró de ellos para obligarme a levantarme. Me arrastró hasta el camarote principal situado tras la cabina de pilotaje.

Tirado sobre una mesa estaba el contenido de mi mochila, incluido el otro MobiGlas y mis objetos personales. Al otro lado de la habitación había una esclusa. Burnett me llevó hasta la puerta y empezó a ponerse los guantes de presión, sellándolos por completo. Cada chasquido de un guante conectándose a su traje aumentaba el peso que sentía en mi estómago.

Entonces cogió su destornillador y empezó a desmontar las abrazaderas en torno a mis muñecas. Su manaza, incluso con su contacto amortiguado por el guante de presión, era como una prensa alrededor de mis brazos. Me habría gustado quejarme de que me iba a dejar moretones, pero eso ya no me iba a importar dentro de poco.

– Sabes que esto no va a funcionar – dije, pero Burnett siguió con lo suyo -. Yo no me habría puesto a seguirte el rastro sin contar con algún tipo de seguro en caso de problemas.

Se encogió de hombros y sacó el tornillo de la primera abrazadera, para luego dejarlo caer al suelo, donde rebotó sonoramente cerca de mis pies.

– No soy tonta – dije -. En seguida descubrí dónde estaba tu lanzadera, ¿no es cierto?

Se detuvo con el tornillo de la segunda abrazadera a medio sacar. Los pelos canosos en su barbilla parecieron erizarse mientras fruncía el ceño.

– Habla – dijo.

– FTL. El servicio de mensajería. Tienen dos mecanismos de seguridad. Uno está en el MobiGlas proporcionado por la compañía – le pillé desviando la mirada al bolsillo en su pecho – y el otro nos lo inyectan en algún sitio. Es como una baliza que emite una señal si morimos o si el MobiGlas es destruido, o cualquiera de una lista de otras razones. Es posible que ya esté transmitiendo ahora mismo.

Burnett rezongó algo y sus dedos enguantados tabletearon sobre su MobiGlas. Cuando dejó escapar un gruñido de satisfacción, supe que había escaneado en busca de comunicaciones y no había obtenido ningún resultado.

Burnett me fulminó con la mirada y terminó de sacar el último tornillo. Cuando lo oí rebotar contra el suelo con un estruendo metálico, me estremecí.

Me había liberado las muñecas, por lo que di un paso hacia atrás y me las froté para recuperar la sensibilidad en ellas. Aguijonazos de dolor me recorrían el brazo, por lo que los sacudí hasta que desapareció esa sensación.

Burnett permaneció todo ese rato quiero y mirándome, aguantando con una de sus manos el destornillador, y la otra descansando sobre la empuñadura de su cuchillo.

Yo tenía la enfermiza sensación de que le estaba dando vueltas a la idea de abrirme en canal para poder buscar la inexistente baliza.

La nave emitió un aviso por los altavoces: “Acercándose a destino. Llegada en cinco minutos.

En frente de la nave, el gigante gaseoso llenaba toda la pantalla, pero flotando en medio de todo había una luna de hielo grisáceo. Supuse que se trataba de nuestro destino.

Burnett se me acercó, y yo pensé que iba a empujarme contra la esclusa. En lugar de eso, me dio un golpe en el pecho y gruñó.

– Está bien. No voy a tirarte por la esclusa. Pero dentro de poco estarás deseando que lo hubiera hecho.

Intenté tragar, pero no pude conseguir que la saliva me bajara por la garganta.

– ¿Por qué dices eso?

– ¿Has oído hablar alguna vez de los Diablos Estelares? – me preguntó.

Meneé la cabeza.

– Adictos al WiDoW. Comparados con ellos, los enganchados al SLAM parecen unos santos. En lugar de matarte, voy a venderte a ellos. Conseguiré un poco de dinero a cambio, y cuando te maten accidentalmente durante una de sus orgías de dolor especiales, tu pequeña baliza, si es que acaso existe, hará que la UEE caiga sobre sus cabezas agusanadas. Pero eso a mí no me importará porque ya me habré ido bien lejos.

Para mi vergüenza, mis piernas se tambalearon y me derrumbé contra la puerta, aguantándome a medias contra la esclusa. Mi debilidad se debía sobre todo al hambre (llevaba ya días sin comer) pero esta nueva perspectiva de mi futuro me había dejado mareada por la preocupación.

Los labios de Burnett se estiraron hacia atrás revelando sus dientes -. ¿Estás segura de que no quieres que te tire por la esclusa ahora?

Continuará…

Original.

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