El Primer Encargo: Capítulo 06

EL PRIMER ENCARGO

UNA ENTREGA DE SORRI LYRAX

CAPÍTULO 6

Nada espabila más a una persona que la muerte inminente. Yo estaba completamente exhausta. Correr por la alta gravedad de la base pirata se había cobrado su precio en mi cuerpo macilento y tembloroso. Llevaba días sin comer. Había ido pasando de una situación tensa a otra desde el momento en que abandoné la Solar Jammer encima de Oya III.

Pero cuando la Night Stalker se tambaleó de costado y el casco exterior rechinó como un espíritu gimiente, hallé en mi interior otra reserva de energía.

Repasando las pantallas de visualización, busqué la información que me hacía falta: – ¡Maldita sea, nave, ¿dónde está tu informe de daños?!

Cuando encontré la pantalla correcta y comprendí lo que me estaba diciendo, mis tripas se retorcieron mientras me imaginaba la voz de un mayordomo incorpóreo diciéndome al oído: – Los propulsores de maniobra seis y ocho ya no funcionan. Hay una pequeña fuga en la bahía de carga, pero la puerta de sellado aguanta. En caso de que no lo haga, estarás jodida.

- Dímelo a mi – le dije a mi voz de la nave imaginaria. La cantidad de información que me mostraban las pantallas era abrumadora. Por todo el tablero había luces parpadeando, gráficos oscilando, y números cambiando de forma inestable. Todo el conjunto era un barullo agitado, como si la consola de control estuviera dando datos sobre mí en lugar de sobre la Night Stalker.

Mis manos se crispaban sobre el teclado, ansiosas por hacer algo, teclear algo. Prepararse para la batalla, o simplemente hacer que la nave fuera más rápido. Nos habían dado enseñado unos conocimientos básicos sobre pilotaje, justo lo suficiente para poder ser de ayuda a un piloto de verdad en caso de que tuviéramos que embarcarnos como tripulante en lugar de como pasajero, pero no lo suficiente como para poder pilotar una nave nosotros solos. La lección más repetida había sido que intentáramos hacer el trabajo de un profesional.

Alcé las manos en un gesto de desesperación.

- ¡Nave! ¿Qué hago?

La respuesta que me dio fue una luz roja empezó a parpadear de forma apremiante, lo que me hizo pensar que algo malo estaba a punto de suceder.

- ¿Y tú qué significas? – le pregunté a la luz roja, pero no me contestó. Estúpida luz. Jamás entenderé por qué no le dan comandos por voz a estas naves.

- ¿Eres un arma fijada? ¿Es eso lo que están intentando decirme?

Mis dedos buscaron la visualización de escudos. Encontré el símbolo de una nave con un tenue halo a su alrededor, y lo presioné hasta que el semicírculo en torno a la sección trasera se llenó.

- ¿Eres los escudos? Demonios, espero que seas los escudos…

La nave volvió a sacudirse, pero esta vez con menor violencia. Ahora había sido como alguien meciendo una cama, en lugar de un impacto directo.

- Eh, bueno… – murmuré frotándome el labio inferior -. ¿Y ahora cómo averiguo si estamos yendo lo suficientemente rápido?

Gruñendo, miré hacia adelante. La pantalla de visualización volvía a mostrar casi en su totalidad el negro del espacio, excepto por el sol naranja justo en el centro. A su izquierda había una diminuta mota azul y marrón que supuse que era Oya III.

Tras conseguir localizar los controles de propulsión, le di más potencia a la nave, pero los escudos empezaron a debilitarse.

- Genial. O una cosa o la otra. Burnett debe haber pillado el pedazo de chatarra más a mano para venir hasta aquí. Evidentemente, mi MobiGlas no podía haber sido robado por un ladrón competente. Estoy segura de que Dario tiene una nave mucho mejor. Una Freelancer o algo parecido.

Pero todas mis quejas no iban a mejorar en nada mi situación. Necesitaba más velocidad, pero para conseguirla tendría que sacrificar mis escudos. Con una mueca, reduje mis escudos para poder subir la velocidad.

Nada más empezar a disminuir la luminosidad del semicírculo, la nave se vio zarandeada por otra explosión. Las luces se atenuaron y el zumbido del motor bajó su tono por un momento.

- ¡¿Pero qué…¡?

Me tapé la cara con las manos y me froté los ojos con las yemas de los dedos. Lo estaba haciendo todo mal.

- Maldita sea, nave. Tienes que avisarme cuando tomo una decisión estúpida.

No sin sentirme consternada por tener que hacerlo, ajusté los escudos hasta que su resplandor me pareció lo suficientemente brillante, aunque no tenía ni idea de lo que indicaba. Luego comprobé los sistemas en busca de lecturas de daños.

Empecé a murmurar para mí misma cuando leí el informe: – El propulsor de maniobra número tres ya no funciona. El motor cuántico ya no funciona. La bodega de carga y la sección número cinco tienen una enorme brecha en el casco. Ambas fugas han sido contenidas por esclusas. Genial, espero que ahí no haya nada que me vaya a hacer falta.

Golpeé varias veces con la nuca el respaldo de la silla. Lo peor no era que los motores cuánticos estuvieran estropeados y que yo estuviera probablemente a punto de morir. Lo peor era que yo me había metido solita en todo este lío al empeñarme en perseguir al estúpido de Burnett, incluso aunque él me había advertido personalmente que no lo hiciera.

- Vale. No nos dejemos llevar por el pánico – me dije a mí misma, aunque podía notar que mi estómago estaba completamente en desacuerdo -. ¿Estamos dejando atrás a las naves que me persiguen? Eso es lo que necesito averiguar ahora mismo.

Volví a gruñir y empecé a repasar las pantallas, apretando botones al azar hasta que encontré algo que se parecía a un conjunto de escáneres. Parecía que las tres naves perseguidoras iniciales se estaban quedando atrás, pero había otras dos naves que se habían añadido después a la persecución y que pronto me alcanzarían. Y después de ese grupo, había otras cinco naves despegando ahora mismo de la base pirata.

- ¿Y cuánto me falta para llegar a Oya III? – pregunté, agarrándome el pelo y tirando de él. No conocía la respuesta exacta, pero estar limitada a velocidades de maniobra significaba que no iba llegar en el lapso de una hora que habría tardado con el motor cuántico. Probablemente iba a tardar días.

Me hundí aún más en la silla -. Necesito más velocidad.

En el panel de control había una luz roja parpadeando. Me quedé mirándola por un rato. Luego puse mi dedo sobre el botón del comunicador.

- No – dije, meneando la cabeza -. Ya sé qué es lo que quieren. Y ya sé qué es lo que él quiere – hice una pausa -. ¿Hay alguna otra nave cerca? ¿Puedo enviar una señal de socorro?

Consultando las lecturas de los escáneres, pude ver que no había ninguna otra nave cerca. Estaba sola. Nadie iba a acudir a rescatarme.

Contemplando la pantalla, volví a pasarme las manos por el pelo, preguntándome por qué las naves perseguidoras no habían activado sus motores cuánticos para alcanzarme. Entonces recordé una lección de nuestro entrenamiento en la escuela de mensajeros. Los motores cuánticos pueden trasladarte rápidamente de un punto lejano a otro, pero van fatal para trayectos cortos. Eso significaba que los piratas estaban limitados al uso de los propulsores de maniobra.

Me quedé mirando la luz parpadeante -. Bueno, si quieren hablar conmigo, eso es una buena señal. Mejor eso que más misiles.

Crucé los brazos sobre el pecho y apreté, pensando en cómo regateaba mi padre con los vendedores ansiosos. Hay que hacerles esperar. Hacerles querer tener negocios contigo. Si están desesperados, te darás cuenta.

- No. Aún no. Ese es un as que me queda en la manga. No quiero gastarlo todavía.

Lo que sí quería era comer algo, y ahora que estaba fuera del alcance de sus armas, supuse que disponía de un poco de tiempo para hacerlo.

Cuando me levanté, tuve que sujetarme a la silla para no caerme al suelo. Estaba famélica. Mi estómago ya ni se molestaba en seguir retumbando. Lo único que hacía era emitir un dolor continuo, como si hubiera encogido hasta el tamaño de una nuez shube, y mi boca estaba tan seca que la lengua se me quedaba pegada al paladar.

Con las piernas temblorosas, fui hasta la cámara que había tras la cabina de pilotaje y al ver mi mochila con el botón cámara lamenté la pérdida de mi MobiGlas. Pero ese era un pensamiento estúpido. Me sentía feliz de seguir viva, al menos por ahora, y el botón cámara me había sacado de dos serios apuros.

La luz de la puerta que llevaba a la siguiente sección de la nave era de un brillante color rojo. La luz verde de esa misma puerta estaba apagada.

Me llevó un instante comprender que la luz roja significaba que había una brecha en el casco de esa sección. Entonces me fijé en las palabras “Sección Cinco” que había escritas en la puerta color crema.

- Seguro que es la cocina…

Me apoyé en la puerta y me quedé allí un buen rato recostada de lado, contemplando en silencio la mesa que había en el centro de la habitación. Contemplándola pero en realidad sin verla. Incluso aunque lograra sobrevivir a los Diablos Estelares, probablemente moriría por deshidratación mucho antes de llegar a Oya III. Ya llevaba dos días sin haber probado comida o agua. Un dolor de cabeza me martilleaba a través del cráneo y sentía calambres en los costados. La adrenalina era lo único que me había hecho superar cada aprieto, pero ahora que se me había terminado, me sentía como una muñeca rota.

Cerré los ojos y dejé escapar un suspiro: – No me rendiré. No me rendiré. No me rendiré.

Repetí esas palabras como un mantra durante un rato, pero no me sirvió de ninguna ayuda. Ya no conseguía encontrar ninguna razón para seguir moviéndome.

Sí, iba a rendirme. ¿Pero qué demonios importaba eso? Los Diablos Estelares me interceptarían dentro de un par de horas, pero para entonces, probablemente me encontrarían yaciendo en coma donde estaba ahora mismo.

La idea de preparar mis últimas palabras y enviarlas, junto con una señal de socorro, en dirección a Oya III pasó por mi cabeza. Pero no lograba reunir la fuerza de voluntad necesaria para hacerlo. Eso significaría rendirme.

- No me rendiré. No me rendiré… – murmuré unas cuantas veces más.

Abandoné mi posición fetal para sentarme: – Tiene que haber agua y comida en esta sección, ¿no? Raciones de emergencia o algo parecido.

La acción de sentarme hizo que me mareara, pero ya no me importaba. Entonces fue cuando vi los símbolos rojos en un panel lateral. La pequeña imagen de una bandeja de comida me alegró más que una fiesta de cumpleaños. Significaba que iba a comer pronto.

- ¡Nave, te quiero!

Al principio, cuando encontré el panel, pensé que la falta de herramientas me iba a impedir abrirlo, pero fue entonces cuando descubrí la manija en su parte inferior. Apenas recuerdo arrancar el cierre de la bolsa plateada de agua, y seguramente estaba rancia y caliente, pero me supo mejor que el oporto de 50 años al que en su día había echado mano en la Horda Dorada.

Intenté no bebérmela a grandes tragos, sabiendo que hacerlo sólo serviría para provocarme calambres más tarde, pero me resultó difícil. Las barritas alimenticias también eran bastante insípidas, pero no me importó. Mi estomago emitió unos cuantos gruñidos de victoria a medida que yo iba comiendo.

Cuando regresé a la cabina de pilotaje, me fijé en que había una nueva luz parpadeante.

- No pienso hablar con Burnett o los Diablos Estelares – mascullé con la boca llena con trozos de una barra alimenticia.

Pero entonces comprendí que no se trataba de una llamada de comunicaciones, sino un mensaje archivado. Escucharlo no iba a hacerme ningún daño, ¿verdad?

Cuando por los altavoces empezó a sonar la voz de Dario, casi me desmayé. Y entonces recordé que Dario era el tipo que me había metido en todo este lío al esconder en mi MobiGlas sus archivos robados. MobiGlas que yo todavía tenido. Ese era un detalle que se me había olvidado en mi delirio. Pero a pesar de todo, el sonido de su voz hizo que en mis labios asomara una sonrisa.

- Hola, Sorri. Soy Dario. Siento haberte metido en este lío. Es culpa mía. Tendría que haber sabido lo de los nuevos sensores en la estación de Oya. Fui descuidado y tú has acabado pagando por ello. He estado vigilando lo que sucedía con Burnett y los Diablos Estelares. También lamento que te hayas topado con él. Debería haberlo visto venir. Lleva algún tiempo detras de mí.

La voz de Dario sonaba arrepentida, pero me recordé a mí misma que era un ladrón y un granuja y la única causa de todos mis problemas. Pero por lo menos había tenido la decencia de disculparse.

- He hecho los cálculos; tus propulsores de maniobra no te permitirán alcanzar la estación de Oya antes de que te intercepten. Pero hay otra manera.

Ahora el tono de su voz contenía cierto matiz de peligro, como si se arrepintiera de tener que sugerirlo.

- Tendrás que reconfigurar la planta de potencia. Estoy enviando a tu MobiGlas las instrucciones y esquemas. Desconecta los dispositivos de seguridad si no te permiten hacer lo que te indico. Ah, y pon los escudos a cero. Ya no los vas a necesitar. O como mínimo, si esto sale bien no los necesitarás.

El MobiGlas en mi bolsillo emitió un “ping”

- Y, por último, incluso conseguir más potencia no bastará para que llegues a la estación de Oya antes de que te alcancen. Tendrás que dirigirse hacia el punto de salto, que está más cerca – hizo una pausa -. Y aunque estoy seguro de que querrás hacerlo, no transmitas ninguna señal de socorro. Con las marcas que tiene la nave de Burnett, la UEE te liquidará antes de que tengas oportunidad de decirles nada. Buena suerte, Sorri, y lo siento.

Los archivos que me había prometido acabaron de descargarse en mi MobiGlas, pero no me atreví a tocarlos. Me limité a mirar el aparato como si tuviera una enfermedad contagiosa. ¿Estaba Dario intentando proporcionarme una manera de escapar, tal y como había prometido, o sólo estaba intentando atraerme hasta él para atacarme con mis escudos bajados? Fuera cual fuera mi decisión, tenía que tomarla en seguida.

Continuará…

Original.

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