El Primer Encargo: Capítulo 07

EL PRIMER ENCARGO

UNA ENTREGA DE SORRI LYRAX

CAPÍTULO 7

Mi padre era el estereotipo del dueño de un bar. Rudo pero simpático. Campechano pero tremendamente inteligente. Tenía buen ojo para los negocios, sacando siempre el máximo beneficio, pero sin llegar nunca a un extremo en que el cliente acabara perdiendo con el trato.

Una vez, cuando en la Horda Dorada entró un rico hombre de negocios que se había perdido, mi padre entabló conversación con él. Todavía podía verle apoyado sobre la barra, limpiándose las gafas con un trapo, con un brillo en los ojos.

Cada vez que el ricachón, un hombre de Terra con ojos aumentados que brillaban tenuemente como el fósforo, tomaba un trago de vodka centauriano de excelente calidad, mi padre llenaba el resto de su vaso con gran ceremonia, sin añadir esa parte adicional de bebida a la cuenta del hombre.

Mi padre se rió de las bromas del hombre de negocios, se frotó la mandíbula mientras el hombre divagaba interminablemente sobre derivados socio-primales (un tema sobre el que mi padre no sabía absolutamente nada) y, en general, ignoraba a todos los demás clientes de la Horda Dorada.

Más tarde, cuando le pregunté a mi padre porqué había agasajado de esa manera a ese hombre y cobrado sólo una cuarta parte de lo que había bebido, sobre todo teniendo en cuenta que esa botella de vodka valía veinte veces una botella normal, mi padre me respondió con su típica mirada de “espera y verás” y se puso a limpiar la barra.

Dos meses después, se presentaron otros hombres de negocios vestidos de forma parecida al primero y se gastaron una pequeña fortuna. Cuando estaba haciendo la cuenta de lo ganado en esa noche, mi padre me guiñó el ojo y me preguntó si había aprendido algo.

– Todo el mundo quiere algo, incluso los que parece que no necesitan nada.

Estuve furiosa con mi padre durante una semana. Pero yo era joven, y por entonces las reglas del negocio no significaban realmente mucho para mí: el que todo era una transacción, o que todo tenía un precio.

Pensé en esta lección mientras modificaba el motor siguiendo las instrucciones que Dario me había enviado. Incluso aunque no pasara por el punto de salto, la velocidad adicional era útil y me proporcionaba más opciones.

El quid de mi decisión era el siguiente: o bien todo el asunto de los archivos en el MobiGlas se le había escapado de las manos a Dario y estaba intentando eliminar la fuente del problema, o estaba realmente intentando recuperarlos (y quizás ayudarme a mi en el proceso).

No me hacía ilusiones respecto a que tuviera algún interés en mi bienestar. En ese caso, jamás me habría utilizado como medio para pasar los archivos por el puesto de seguridad de la estación de Oya.

Sentada en la silla del piloto con los pies apoyados sobre el panel de control, chupando de una bolsa de agua y masticando una barra alimenticia sin sabor alguno, contemplé cómo la pequeña esfera azul y marrón se iba haciendo más grande, mientras los puntos rojos en la pantalla de sensores parpadeaban cada vez más cerca.

Al final me había decidido por dirigirme hacia el punto de salto como Dario me había indicado. Sin embargo, me proponía hacer unos cuantos cambios a su plan. El punto de salto conducía a Gurzil. El protocolo habitual era entrar en el punto de salto a una velocidad razonablemente baja para evitar colisiones con el tráfico de entrada o las estaciones de control cercanas.

En lugar de eso, me proponía entrar en el punto de salto a velocidad casi máxima, y con los escudos a plena potencia, por si acaso Dario se había repensado lo de ayudarme. Sabía que mi plan era arriesgado y no estaba basado en ningún conocimiento técnico sobre naves, pero odiaba no hacer nada y limitarme a confiar en la suerte.

Cuando la Night Stalker llegó por fin al punto de salto, yo había devorado toda la comida y agua del kit de emergencia, había disfrutado de toda una buena noche de reposo, y estaba ahora en la silla del piloto con el arnés atado y la mochila a mis pies.

Durante el viaje al punto de salto, el ordenador me había pedido tres veces que redujera la velocidad, pero yo había invalidado sus instrucciones cada vez. Tras un espeluznante viaje por el interespacio, aparecí al otro lado del punto de salto y casi al instante mis escudos absorbieron los disparos de un trío de Avengers que me acribillaban con sus cañones de distorsión… buena idea lo de poner los escudos a tope.

Empecé a hacer maniobras evasivas con la Night Stalker, lo que en este caso significaba zarandear los controles de un lado a otro y tener esperanza. Todas las alarmas del panel de control se dispararon a medida que la tensión de mis maniobras iba agravando los desperfectos en las secciones ya dañadas de la nave.

De alguna manera, la voz de Dario empezó a sonar por los altavoces de mi nave: – ¡Deja de maniobrar! ¡Deja de maniobrar!

– ¿De qué espacio estás hablando? ¡Me están acribillando! – contesté a gritos.

– ¡Se han retirado! ¡Se han retirado! – replicó él.

El pulso me atronaba en la cabeza, y me llevó unos segundos encontrar el panel correcto, pero pude ver que los Avengers ya no me perseguían. Eso era positivo, pero la Night Stalker había sufrido daños adicionales y los propulsores de maniobra funcionaban sólo al quince por ciento de su capacidad. Me encontraba casi a la deriva.

– Vengo a recogerte, Sorri – dijo la voz de Dario -. Coge tus cosas y detén por completo tu nave para que yo pueda alinearme y acoplarme contigo.

Mirando por la pantalla de visualización, podía ver lo que supuse que era la Fardancer. Parecía ser una Freelancer sumamente modificada, o algún otro modelo con el que yo no estaba familiarizada.

Las dos naves se acoplaron y yo pasé por las esclusas para entrar en la nave de Dario. Me recibió en los camarotes, vestido con una camisa gris clara de cuello abierto y pantalones de trabajo. Me saludó con una sonrisa y sus ojos verde grisáceos brillaron al verme.

– Lo siento, Sorri.

Vi que algo se movía en una jaula cerca de la mesa.

– ¡Eh, es el lince!

– Sí.

Me crucé de brazos: – Supongo que quieres el MobiGlas.

– Sería de ayuda.

Se lo arrojé, y lo atrapó en pleno aire: – Gracias, esto hace las cosas mucho más fáciles. Luego podré llevarte a casa, pero ahora mismo tengo un negocio por concluir.

Me uní a Dario en la cabina de pilotaje, y aunque a un nivel técnico no era muy diferente de la de Burnett, había pequeñas diferencias en todas partes que mostraban la personalidad de Daria. Del techo colgaban pequeñas baratijas sujetas por cordeles: una primitiva talla de hueso, una antigua moneda circular banu, un dardo de caza vanduul. Los asientos de pilotaje tenían cojines cosidos a mano en lugar de respaldos de duro metal.

– Muy bien, Juliet – dijo Dario a su nave – ¿cuál es la situación?

Mientras Dario mostraba las lecturas de los escáneres en la pantalla principal, yo me imagine a la nave respondiendo con una áspera voz de mujer. Los Hijos Silenciosos se han desplegado una formación de fuego cruzado. No están esperando pacientemente, querido.

– ¿Los Hijos Silenciosos son esos Avengers? – pregunté. Dario asintió distraídamente como única respuesta. Cruzó una pierna sobre la rodilla y tableteó con los dedos sobre el reposamanos: – Abre un canal de comunicación con Pushkin, sólo voz.

En la pantalla apareció un hombre con cara de comadreja, pelo negro y grasiento, y orejas como de murciélago.

– ¿Sin imagen visual, Dario? Esto no es propio de ti.

Dario me guiñó el ojo: – Hoy no tengo el mejor de mis aspectos, y preferiría no hacerte soportar semejante atrocidad. ¿Podemos hablar de negocios? Esto ya nos ha llevado demasiado tiempo.

– ¿Tienes ahora los diseños de armas? – preguntó Pushkin con el rostro contraído por la preocupación.

Dario sostuvo en alto el MobiGlas, incluso aunque no había imagen visual -: Justo aquí.

– En ese caso estoy dispuesto a ofrecerte una tercera parte del precio del que hablamos originalmente – contestó Pushkin.

Dario puso ambos pies en el suelo y se levantó del asiento: – ¿Una tercera parte? ¿Te has vuelto loco? Ha habido complicaciones y retrasos, es verdad, pero nada que justifique un descuento a esta escala.

Pushkin se echó para atrás en su silla y puso ambas manos detrás de la cabeza: – También podríamos limitarnos a inutilizar tu nave, abordarla y quitarte los planos. Una tercera parte es una buena oferta.

– Pensaba que teníamos un trato.

Pushkin enseñó los dientes: – El plazo del trato ha terminado. El cambio en los planes ha supuesto un coste para los Hijos Silenciosos y nos ha puesto en situación de riesgo. La próxima vez haz los deberes.

Masajeándose las sienes con los dedos, Dario cerró los ojos y asintió. Parecía que iba a acceder a los términos revisados del trato, lo que a mí me parecía bien. Yo sólo quería volver a un lugar seguro. Y cuanto antes les diera los archivos, antes podríamos irnos.

Me dirigió un encogimiento de hombros bastante desganado y empezó a abrir la boca cuando se activaron una multitud de alarmas de proximidad. Pushkin desapareció de la pantalla.

De repente, el área alrededor del punto de salto estaba repleta de naves. Naves de los Diablos Estelares.

Y lo peor de todo era que la Fardancer estaba justo en medio, atrapada entre las naves de los Hijos Silenciosos y las de los Diablos Estelares.

Mi pulso se desbocó de inmediato, pero no empecé realmente a sentir pánico hasta que Dario empezó a atarse frenéticamente el arnés de la silla del piloto, con su cabellera normalmente peinada hacia atrás cayéndole sobre el rostro mientras murmuraba: – Esto no va bien, esto no va bien, esto no va bien…

Continuará…

Original.

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