El Primer Encargo: Capítulo 08

EL PRIMER ENCARGO

UNA ENTREGA DE SORRI LYRAX

CAPÍTULO 8

– ¿Por qué no nos movemos? – murmuré para mis adentros, como si el menor ruido pudiera hacer que empezaran los fuegos artificiales entre las dos jaurías piratas.

Los dedos de Dario volaron sobre los controles, uno detrás de otro, y sobre la consola fueron apareciendo y desvaneciendo una serie de lecturas. Pareció tardar un poco en darse cuenta de mi pregunta, momento en el que interrumpió lo que estaba haciendo, su dedo paralizado encima de un semicírculo resplandeciente que a mí me parecía que indiciaba nuestra potencia de escudos. Sus cejas se alzaron cuando me dirigió la mirada.

– ¿Has visto alguna vez un perro callejero rabioso? Pues mira, ahora mismo estamos atrapados entre dos de los peores, y cualquier movimiento podría enfurecerlos.

Abrí la boca para decir algo, pero la voz de Pushkin sonó entonces por los altavoces, y su tono me pareció realmente el de un perro rabioso.

– ¿Estás intentando liquidarnos a todos? ¿Invitando a los Diablos Estelares? Ya sé que no te gusta el trato que te estoy ofreciendo, pero meterlos a ellos en esto ha sido una estupidez. Una estupidez mayor de las que te creía capaz, Dario.

Dario paseó su mirada por el interior de la cabina de pilotaje antes de contestar: – Yo no les he invitado, Pushkin.

– ¿¡Pues entonces qué están haciendo aquí!?

Dario se pasó la lengua por los labios: – Deja que me encargue yo.

– Será mejor que lo hagas.

Me dio la impresión de que Dario no le había contado que los Diablos Estelares iban tras mi rastro. Eso explicaba por qué tenía tanta prisa por cerrar el trato, pero había una parte que seguía confundiéndome.

– No estaban tan cerca de mi cola, ¿verdad?

Dario hizo un gesto de asentimiento con la cabeza: – Seguramente han utilizado sus motores cuánticos cuando se han dado cuenta de que te dirigías hacia el punto de salto. En cualquier caso, ahora están aquí y tenemos que tratar con ellos.

En el panel de control se encendió una luz roja parpadeante. Dario frunció el ceño. Eran los Diablos Estelares. Presionó ese tablero y la voz de Synthia sonó por los altavoces:

– ¿Dario Oberon?

– Ese soy yo – contestó Dario con un encogimiento de hombros.

– Tienes en tu poder algo que me pertenece – dijo Synthia.

Dario me sonrió y puso cara de “¿Puedes creerte lo que acaba decir?”.

– ¿Una invitación? Porque estoy seguro de que no te he dado ninguna. Tenemos aquí una reunión privada.

Synthia hizo un ruido como si acabara de escupir.

– Tu pequeña zorra robó algo que me pertenece.

– Todo vale en el amor y la piratería. Creo que lo que en realidad hemos hecho – Dario me guiñó el ojo – ha sido recuperar algo robado. Estoy seguro de que el viejo muslos de vaca está por aquí al acecho.

El comentario pareció desconcertar completamente a Synthia, lo que supongo que era la intención de Dario.

– ¿Muslos de vaca?

– Mi viejo amigo Burnett. ¿O lo has tirado por la esclusa de aire como haría cualquier ser humano racional?

– Está aquí – gruñó Synthia -. Y queremos que nos devuelvas los datos, y a ella también.

Dario enarcó una ceja y levantó un pulgar como si estuviera felicitándome. Mi anterior temor a que me liquidaran no había desaparecido del todo, pero al menos podía volver a respirar con algo de tranquilidad.

– ¿Y por qué querría hacer eso? – preguntó Dario.

– Porque si no lo haces, abriremos fuego contra los Hijos Silenciosos, y tras eso quedarás convertido en polvo espacial en cuestión de segundos.

La sonrisa desapareció de los labios de Dario: – Y tú te quedarás sin trato.

– A veces se gana y a veces se pierde. Como tú mismo has dicho, todo vale en el amor y la piratería. Prefiero que la gente sepa que no se pueden burlar de nosotros que acordar un trato por algo que ni siquiera sé lo que es. Y aparte de eso, Burnett dice que me puede conseguir algo mejor, que este trabajo no es más que algo que le salió al paso y que puede afanarme un sistema de armamento que hará que me desmaye de la impresión.

Me levanté como un resorte de mi asiento y Dario alargó la mano y apagó la pantalla.

– ¡Burnett le está mintiendo! – exclamé tan pronto como las comunicaciones quedaron silenciadas.

– ¿Cómo lo sabes? – preguntó Dario arrugando la nariz.

– Simplemente lo sé. Lo noto – contesté, aunque a decir verdad, no era más que una intuición surgida del breve tiempo que había pasado con él.

Mi argumentación fue interrumpida por el pitido que volvió a emitir el panel de control. Esta vez se trataba de Pushkin, el de los Hijos Silenciosos.

– ¿Por qué estás tardando tanto? ¿Por qué no se marchan? No quiero por aquí a nadie con ganas de apretar el gatillo. Terminemos el trato y acabemos de una vez. Hoy me siento generoso y estoy dispuesto a darte un treinta y ocho por ciento del acuerdo original.

Dario se frotó la nuca. Yo sabía lo que él estaba pensando. Exactamente lo mismo que yo. Si alguien intentaba marcharse, Synthia y los Diablos Estelares abrirían fuego. De no ser por eso, lo más seguro era que Dario se apresurara a aceptar el trato, aunque sólo fuera para dejar de estar en peligro.

– Ya están a punto de irse, Pushkin. Déjame terminar – contestó Dario, y la luz roja de comunicaciones volvió a parpadear –. Estoy seguro de que podemos llegar a un acuerdo.

– Será mejor que no me estés… – la réplica de Pushkin quedó sin terminar cuando Dario apagó la pantalla.

– Burnett está mintiendo – susurré rápidamente antes de que Dario volviera a ponerse en contacto con los Diablos Estelares.

– A ver qué te parece esto – empezó Dario yéndose un poco por las ramas -. Te vendo una copia de los diagramas de armamento a mitad del precio por el que iba a vendérselos a los Hijos Silenciosos.

Tragué saliva. No me podía creer que siguiera intentando negociar en una situación así. Y si aceptaban el trato que estaba ofreciendo, recibiría más dinero del que los Hijos Silenciosos le estaban ofreciendo actualmente.

Fue entonces cuando Synthia empezó a despotricar, soltando improperios con más rapidez que la rotación de una estrella de neutrones. Dario apagó el sonido y se volvió hacia mí:

– ¿Por qué crees que Burnett está mintiendo? Cuéntamelo. Dame una razón y te creeré.

Volví a tragar saliva. ¿Me creerá?

– Bueno… yo… simplemente lo noto.

Dario se inclinó hacia adelante y meneó lentamente con la cabeza.

– Necesito algo mejor que eso. Necesito mejores cartas para ganar esta partida.

Me apreté las sienes con los dedos y cerré los ojos, intentando obligar a mi cerebro a escupir una respuesta.

– Está mintiendo porque… – la respuesta estalló en mi cabeza – no tiene ningún otro trabajo por hacer. Él mismo me lo dijo. Y su nave no es nueva ni está personalizado. Todavía la llama simplemente “Nave” y ni siquiera se ha molestado en instalar bloqueos por voz. Y cuando me robó el MobiGlas en Oya III estaba conduciendo un electrociclo tres tallas demasiado pequeño. Es como si se hubiera enterado en el último segundo de lo que estabas haciendo y dejado todo lo demás que tenía pendiente para ir a por ti. Tú no harías eso si tuvieras algún trabajito pendiente con buenas perspectivas, ¿verdad?

Los labios de Dario se curvaron en una sonrisa y me palmeó la pierna: – Eso es todo lo que necesitaba saber. Gracias.

Dario volvió a apretar el botón de comunicaciones.

– ¿Has terminado ya? Mira, he cambiado de idea. Te lo venderé al setenta por ciento, pero primero tendréis que retiraros. Encended los retros y poned algo de distancia entre vosotros y los Hijos.

– ¿Setenta por ciento? ¿Te has vuelto loco? Me limitaré a hacer el trabajito de Burnett – dijo Synthia.

– No sé si el que está mintiendo eres tú o él, pero no hay ningún trabajito. Si lo hubiera, mi viejo no se habría molestado en interferir con el mío. Está sin blanca y desesperado. ¿Estás segura de que esa es la carga que quieres fletar en tu transporte?

– Bueno, pues entonces nos limitaremos a abrir fuego para ver qué tal te sienta– replicó Synthia.

La sonrisa de Dario no vaciló ni por un instante.

– No harás nada de eso. Sí, puede que nos conviertas en polvo espacial, pero tendrás pérdidas, y las pérdidas nunca son buenas para el negocio. Synthia, a diferencia de Pushkin y de los Hijos Silenciosos, tú no eres ninguna tonta. Estás jugando una mano vacía, y la estás jugando bien, pero sigues sin tener nada. Acepta el trato. El setenta y cinco por ciento.

– ¿Setenta y cinco? Te daré sesenta.

– ¿Sesenta y cinco?

– De acuerdo – escupió Synthia -. Trato hecho. Te transferiré el dinero tan pronto como haya recibido tu transmisión.

– Genial. Estupendo. Pero por ahora, sólo para asegurarnos de que no empezamos una pequeña guerra aquí, enciende los retros, por favor.

– Muy bien.

A continuación Dario se puso en contacto con los Hijos Silenciosos, en el preciso momento en que los Diablos Estelares empezaban a retirarse.

– Te pido perdón, Pushkin – dijo Dario -. Los Diablos Estelares no son precisamente los piratas más listos de la galaxia. No se daban cuenta de la facilidad con la que habrías podido destruirlos hasta que se los he explicado.

– Se han rajado, ¿verdad? – dijo Pushkin.

– ¿Podemos cerrar por fin el trato? ¿El cincuenta y cinco por ciento?

Casi podía oír a Pushkin asintiendo: – Sólo porque quiero irme por fin de este maldito lugar. Este rincón apesta a caballo de Diablo Estelar. Cuarenta y cinco y tenemos un trato.

– Eres un negociador duro – reconoció Dario mientras me guiñaba un ojo.

Cuando el comunicador estuvo apagado y los puntos rojos en la pantalla alejándose, Dario apoyó los pies en el panel y puso las manos detrás de su cabeza.

– Demasiado cerca, tío. Demasiado cerca.

Mi mandíbula colgaba por la sorpresa: – Has conseguido tu acuerdo original y un poco más.

Dario parecía a punto de responderme con alguna frase ingeniosa cuando las alarmas de proximidad empezaron a sonar de nuevo.

– Genial. ¿Qué es lo que tenemos aquí, otra jauría de piratas?

Dario pasó la pantalla de visualización a imagen visual en el momento en que las naves recién llegadas aparecían por el punto de salto. Se puso en movimiento incluso antes de que yo identificara la silueta de lo que era probablemente un Hornet militar.

La mirada gélida que me dirigió Dario me explicó todo lo que necesitaba saber acerca de lo mucho que acababan de empeorar las cosas.

Y fue entonces cuando una fragata Idris con enseñas similares en su casco surgió del punto de salto y empezó a disparar.

Continuará…

Original.

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