El Primer Encargo: Capítulo 09

EL PRIMER ENCARGO

UNA ENTREGA DE SORRI LYRAX

CAPÍTULO 9

Tenemos mil años de literatura y holovídeos glorificando las maravillas de las batallas espaciales. Yo misma había devorado durante mi infancia todo lo que había caído en mis manos sobre el tema, acurrucada a mis ocho años de edad bajo las mantas a horas en las que se suponía que yo debería estar dormida, contemplando los rayos resplandecientes cruzando la oscuridad que me mostraba mi MobiGlas.

Los bandos enfrentados se organizaban siguiendo complicadas maniobras, dando vueltas y girando uno en torno al otro siguiendo una danza señalada por explosiones y el resplandor de los propulsores. Los héroes y villanos se burlaban uno del otro a través del frío vacío del espacio, como si estuvieran charlando en la mesa de un bar mientras bebían un par de cervezas.

Mi batalla espacial no se pareció en nada a eso.

Si te encerraras dentro de una secadora de gran tamaño, llenarás su interior de luces destellantes inducidoras de migraña, la pusieras a girar a toda potencia, y luego arrojarás el aparato por la ladera de una montaña, entonces tal vez notarías una décima parte de lo que yo sentí.

La suave gravedad artificial se había transformado en las bruscas G provocadas por las maniobras a alta velocidad. En un instante, nos dirigíamos directamente hacia el costado de la Idris, al siguiente, un resplandor de intenso color blanco nos cegó y fragmentos de una nave reventada rebotaron en nuestros escudos, empujándonos en una dirección completamente diferente.

Dario nos hizo culebrear a través de la batalla espacial, siempre atento a una forma de salir de allí, pero cada vez que lo intentaba el combate volvía a recrudecerse a nuestro alrededor y nos cortaba nuestra vía de escape.

Hubo dos veces en las que pensé que nuestra planta de potencia se había apagado, pero resultó tratarse de mi corazón dejando de latir momentáneamente, o mis oídos quedando ensordecidos por el retumbar del combate.

No hay mayor mentiroso que el tipo que dijo que las batallas espaciales eran un silencioso ballet de la muerte. Retumbaban avisos de emergencia, sonaban alarmas, y la voz que anunciaba alertas de proximidad parecía que iba a enronquecer por exceso de uso.

Por fin, Dario nos coló por entre un feroz duelo entre un Avenger de los Hijos Silenciosos y dos Hornets de la UEE, y pudimos alcanzar una parcela de espacio vacío, lo que hizo que ambos soltáramos un suspiro de alivio.

– ¿Te encuentras bien, Sorri? – me preguntó Dario mientras comprobaba las consolas de instrumentos y los informes de daños.

– Sí, creo que sí – contesté con una voz que me pareció inesperadamente ronca, hasta que me di cuenta de que probablemente había estado gritando todo ese rato.

A pesar de que el aire estaba frío, la frente de Dario estaba empapada de sudor. Se restregó la cara con el hombro y dio un golpecito en una pantalla de visualización delante de mí que mostró las vistas a babor y estribor de la Fardancer.

– Todavía no hemos salido de ésta. Tenemos que volver al punto de salto y escapar de regreso a Oya. De lo contrario, esas naves de la UEE nos perseguirán cuando la batalla haya terminado. Avísame si ves a alguien apuntándonos, y ajusta los escudos para compensar. Sólo tienes que pulsar en ese panel para desviar la potencia a cualquier flanco.

Ante nosotros podía ver una creciente esfera de explosiones y escombros.

– ¿Vas a hacernos volar a través de eso? – pregunté.

La sonrisa normalmente afilada de Dario había quedado un poco embotada por los recientes acontecimientos: – Mejor eso que pasar el resto de tu vida en una prisión de la UEE.

Junté las palmas de las manos y las apoyé contra mis labios: – Vale, puedo hacerlo – y luego dirigiéndome a Dario – De acuerdo. Vamos.

Me incliné hacia adelante, apoyando mis manos sobre la pantalla que mostraba los escudos, vigilando atentamente al mismo tiempo las dos pantallas que mostraban los laterales de la nave. Dario volvió a meternos en el tumulto de naves, lo que me produjo un momento de vértigo cuando el extremo trasero de una Freelancer destruida pasó a nuestro lado, fallando por poco la Fardancer.

Nuestro regreso a la batalla tuvo una respuesta inmediata, puesto que dos naves de la UEE cambiaron de rumbo para interceptarnos. Desvié la potencia hacia el costado de babor a medida que nuestros escudos empezaban a encajar disparos.

Dario nos hizo girar en tirabuzón, lo que estuvo a punto de partirme el cuello mientras yo intentaba no perder de vista la pantalla de visualización y mantener mis dedos sobre los controles de los escudos, desviando la potencia de babor a estribor mientras seguíamos girando. Cuando terminamos la maniobra, tuve que volver a desviar toda la potencia al costado de babor mientras intentábamos mantener las distancias con una nave de los Diablos estelares.

A la vez que intentaba que mi estómago volviera a su lugar habitual, mis esperanzas de que pudiéramos huir se desvanecieron cuando vi que la fragata Idris se dirigía hacia nosotros. Hasta yo sabía que nuestros escudos no estaban diseñados para desviar la magnitud de daño que podía infligir esa nave.

Justo cuando la Fardancer volvía a hacer sonar sus alarmas, avisándonos de nuestra muerte inminente, entramos en el interespacio.

Aliviada por nuestra huída en el último momento, dejé caer mi cuerpo contra el respaldo de la silla, mientras Dario daba instrucciones a la Fardancer. Cuando terminó, los dos nos quedamos contemplando en silencio la pantalla vacía hasta que abandonamos el interespacio.

De vuelta al sistema Oya, Dario dispuso nuestra ruta de vuelo para que nos pusiera en órbita alrededor del tercer planeta, y luego se volvió hacia mí.

Su frente estaba fruncida como si estuviera soportando un peso tan grande como indeseado, y tenía las manos entrelazadas y apretando con fuerza. Sus ojos verdes y grises brillaban y parecía casi incapaz de mirarme.

Me encogí en mi silla temiendo lo que iba a decirme.

– Lo siento, Sorri.

– ¿Lo… sientes? – contesté echándome todavía más para atrás.

Dario soltó un suspiro.

– Podría haberte rescatado antes de que alcanzaras el punto de salto, y haberte llevado de vuelta a Oya III, pero no quería perder la oportunidad de llegar a un trato con los Hijos Silenciosos.

– Supongo que ahora tu trato se ha esfumado, ¿no?

Dario se pasó la mano por la cara y se encogió de hombros: – Hay otras jaurías y otros tratos. No serán tan lucrativos, pero me sacarán del apuro.

– ¿Por qué me estás contando todo esto? – le pregunté.

– Eres una chica lista, o tal vez debería decir joven dama. Dímelo tú.

Apreté los labios y la respuesta acudió a mi mente con la voz de mi padre: Todo el mundo quiere algo, incluso los que parece que no quieren nada.

– Quieres que mantenga la boca cerrada respecto a todo este asunto – dije.

– Sabía que eras lista. Sigue.

Suspiré: – No va a ser fácil. La UEE podría venir a por mí. Y puede que quieran que les explique lo que ha sucedido.

– Y la UEE puede ser bastante persuasiva cuando quiere – añadió él, recostándose en la silla -. Pero tengo otra opción para ti. ¿Alguna vez has oído el dicho: “dos cabezas piensan mejor que una”? Bueno, el espacio se vuelve bastante aburrido cuando estás viajando solo, y a mí me iría muy bien contar con un socio capaz de pensar rápido.

– ¿Socio?

Dario sonrió.

– Bueno, sería un socio minoritario, pero bien pagado. Cobrarías mucho más de lo que conseguirías como mensajera, y al mismo tiempo podrías ver todo el Imperio.

Las palabras se me atoraron en la garganta. ¿De mensajera a delincuente en sólo una semana? Parecería risible si no fuera cierto. En cualquier caso, era una opción.

Dario puso una mano sobre mi hombre.

– No te mentiré. No es una vida fácil. Pero no puedo imaginarme haciendo otra cosa. Tengo la intuición de que tú sientes algo parecido, aunque tal vez te resulte algo un poco confuso después de todo este jaleo.

– ¿Confuso? – contesté -. Me han engañado, robado, secuestrado y torturado, por no hablar de que estado a punto de morirme de hambre y de que me volaran en pedazos. Esa batalla, si es que doce gatos rabiosos encerrados en un barril cuenta como algo tan organizado como una batalla, es probable que me haya dejado con vértebras dañadas y todo el miedo que he pasado me haya provocado úlceras.

La sonrisa de Dario se desinfló rápidamente y retiró su mano de mi hombro. Yo cerré un ojo y me lo froté con el nudillo, no queriendo que él viera la lágrima que se me había formado. Al igual que un pajarito, el corazón me estaba palpitando en el pecho y, si hubiéramos estado posados sobre un planeta, habría salido afuera para recuperar el aliento.

– Pero para serte sincera, en algún momento de todo este lío, lo disfruté – añadí para sorpresa de Dario.

– ¿Entonces, lo considerarás?

Me froté los labios antes de contestar.

– No estoy segura de si me siento honrada u horrorizada de que me hayas pedido que me una a ti, y una gran parte de mí querría unirse a tu tripulación a bordo de la Fardancer.

Dario entrecerró los ojos y hizo un leve gesto de asentimiento como si ya supiera lo que yo estaba a punto de decirle.

– Pero – proseguí – me he inscrito como mensajera y eso es lo que yo quiero hacer, al menos por un tiempo. Quizás dentro de un par de años, si todavía tengo ganas, me una a ti, si tú sigues estando interesando.

– Dos años es mucho tiempo en mi vida. No puedo prometerte nada.

Me encogí de hombros.

– Ya lo pensaba. Así que supongo que mi respuesta es “no”. Pero no te preocupes por la posibilidad de que le cuente nada a nadie. No lo haré.

Dario tecleó algo en el panel de control: – Haré todo lo posible para dejarte en el planeta sin que nos vean.

Tras eso, ya no hablamos mucho más. Era como si ambos supiéramos que era mejor así. Yo no quería cogerle mucho cariño en caso de que la UEE acabara echándome el guante. ¿Y Dario? No estoy segura de en qué estaría pensando, pero se mantuvo concentrado en la tarea de devolverme a Nueva Alejandría.

Yo estaba esperando una despedida lacrimógena, pero Dario se limitó a despegar tan pronto como me hubo dejado en tierra, dándome apenas tiempo para apartarme del chorro de los propulsores antes de que su nave empezara a ascender. ¡Al menos podría haberme dado unos cuantos créditos para que pudiera pagar el trayecto de regreso a la ciudad!

Media hora después de que me hubiera dejado en tierra, apareció un hovercraft de la UEE. Al principió pensé que podría tratarse de un funcionario amistoso parándose a ayudar a un turista perdido, hasta que se abrió la puerta del vehículo y vi a la capitana Hennessy devolviéndome la mirada, con unas profundas y oscuras ojeras en su rostro. La capitana bajó del vehículo y cerró su mano sobre mi muñeca antes de que yo pudiera decir siquiera “Hola”.

– Como agente de la UEE, la pongo bajo arresto por crímenes contra el Imperio.

Continuará…

Original.

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