Historias de Kid Crimson: Capítulo 05

HISTORIAS DE KID CRIMSON
Capítulo 5

No me considero una persona vanidosa, pero está el orgullo, un cierto valor, que le das a tu reputación. La idea de que algún desecho ande por ahí utilizando tu nombre ya es lo bastante mala, pero ¿secuestrar críos para venderlos como esclavos? Eso me da ganas de derramar sangre.
Todos mis relojes recalibraron su hora cuando entré en el sistema Terra y el sonido que emitieron para avisarme de ello logró sacarme de mi furia homicida. A esta velocidad debería alcanzar Terra a la medianoche local. La hora punta de los clubs.
Durante mi aproximación, unas seis pistas de aterrizaje se fijaron en mi trayectoria y empezaron a competir por mi atención, cada una ofreciendo tarifas cada vez más baratas, autorizaciones aduaneras más rápidas, etc. Una incluso llegó a ofrecerme echar un vistazo a su mercancía robada.
Transmití una de mis identificaciones más infames. A esos tipos no podía importarle menos. En un planeta con 23 billones de habitantes, cogerían los créditos de donde pudieran.
-Muy bien, señor Dulli. Ya está en posición. Gracias por escoger Fisk Landing… -corté la comunicación y descendí.

Diez minutos más tarde estaba a pie de calle. La lluvia caía sobre la ciudad, pero estaba claro que no bastaba para mantener a la gente dentro de los edificios. En el centro urbano se celebraba algún tipo de festival o manifestación que los había hecho salir en masa; me fui abriendo paso entre la negra marea de impermeables hasta llegar a uno de los clubs de los que me había hablado el chaval capturado por los esclavistas. Tras pasar ante el matón de la puerta me topé con un muro de sonido.
Necesitaba tapones para los oídos. No sé cómo estos críos podían soportarlo. Dicen que la juventud es un poderoso antídoto para la vida. Todo lo que sé es que cuando a los doce años de edad te han vendido para picar piedra en un mundo a medio formar, no hay tal cosa como la juventud.

Los primeros dos clubs parecían y sonaban casi idénticos. Las luces eran de colores diferentes, supongo. En todo lo demás, ambos tenían el mismo ambiente de desesperación y escapismo. El licor les permitía olvidar la vida que les estaba esperando durante el día. Bailaban, bebían, y se metían mano como si eso fuera a hacer desvanecerse todo lo demás. Para los desafortunados que llaman la atención de los ladrones y esclavistas que vigilan a multitud, supongo que tiene razón de ser.

Hice algunas preguntas discretas para intentar averiguar quién estaba vendiendo material. El chavall había dicho que su camello estaba ofreciendo Neón, pero cuando estás dentro de un club, todo el mundo está puesto o buscando con qué ponerse, y por desgracia la descripción que me había dado de su camello, Kendrick, era de lo más básico. Así que iba a llevarme un buen rato. Tras un par de horas, me di cuenta de que procuraban evitarme. Quizás se pensaban que yo era un policía de paisano, o la expresión de mi rostro les decía que yo no había venido aquí a pasarlo bien. Fuera cual fuera la razón, yo tenía que cambiar mi enfoque, así que empecé a seguir gente, blancos potenciales. Hay un par de cosas en las que los tratantes de personas siempre se fijan, como tatuajes de la cárcel o de un centro juvenil, o ropas andrajosas entre las que se vislumbren adornos caros (robados); cualquier cosa que pueda indicar que la sociedad probablemente no se preocupará por tu desaparición.

Seguí al exterior a una pareja que estaba definitivamente de caza. Se reunieron con un tipo que encajaba con la descripción del chaval. La chica estaba visiblemente nerviosa. Pasaron unos quince segundos antes de que la vida volviera a ponerse alegre.
-Venga, Kendrick, pásame algo ahora que mañana te lo pago –dijo el hombre.
-¿Te crees que estoy aquí para alegrarte la noche? ¿Es eso? –contestó Kendrick, despidiendo a la pareja con un ademán. Pero cuando pudo ver mejor a la chica, empezó a sonreír-. Bueno, vale. A lo mejor podemos arreglar algo.
Al infierno con esto. Me acerqué al grupo. Estaban todos tan ebrios que no me vieron hasta que estuve justo a su lado.
-Largo de aquí, niños, dejad que hablen los adultos –murmuré con los ojos fijos en Kendrick. El chico se giró y dio un paso hacia mí.
-¿Quién diablos eres, capullo? –dijo, impulsado por esa confianza que sólo pueden darte una dama y un par de botellas.
-A menos que quieras pasar el resto de la noche en un medicentro, yo me largaría. Ahora –la chica acudió para intentar meterle algo de sentido común y se lo llevó. Kendrick me clavó su mirada.
-¿Quieres comprar?
-No. He oído decir que conoces a Kid Crimson.
Kendrick se puso tenso.
-He trabajado con el hombre de tanto en tanto. ¿Y a ti, qué?
-Tengo trabajo para él.
-Bueno, ya sabes, cobro un diez por ciento a cambio de presentarlo… -dijo acompañando sus palabras con una sonrisa de borracho.
-¿Sabes qué te digo? Llévame hasta él. Te daré un veinte por ciento.

Dos horas después, estábamos los dos en una pista de aterrizaje cercana a un puente. El lugar me estaba empezando a parecer familiar. Probablemente era el mismo sitio donde pillaron al chaval. Kendrick se estaba quedando dormido encima de una pila de cajas. Escuché pasos.
Debía tener dieciocho años, diecinueve como mucho. Caminaba como si estuviera intentando demostrarle algo a la gravedad. Incluso con tan poca luz, pude ver líneas negras recorriendo sus venas. Así que también era un usuario de WiDoW. Encendió un Estim y le dio una calada.
-Me han dicho que buscas a Kid Crimson –dijo mientras lanzaba una bocanada de humo hacia el cielo.
Esto tenía que ser una broma.
-Sí.
Oí dos pares de pisadas que se me acercaban por detrás. Una pistola empezando a cargarse. Miré hacia atrás. Dos idiotas musculosos estaban chasqueando los nudillos. El impostor delante de mí sonrió, como si yo fuera algún pringado que había apuntado demasiado alto.
-Bueno, pues hoy no es tu día, porque Kid Crimson no trata con perdedores.
-Que gracia, yo iba a decir exactamente lo mismo.
Di un golpe hacia atrás con el codo, dándole al matón de la pistola en la garganta. Lo agarré por la muñeca y se la retorcí hasta romperla mientras desenfundaba mi pistola y le pegaba un tiro en el pecho a su compañero.
Le di una patada a la rodilla del matón de la pistola. Le disparé. Cogí su arma. Disparé a Kendrick. Luego apunté ambas pistolas al impostor que decía ser yo.
Estaba paralizado. Se le había caído el Estim.
-¿Quién eres? –logró balbucear.
-A ver si lo adivinas.

CONTINUARÁ. . .

Original.