Historias de Kid Crimson: Capítulo 06

HISTORIAS DE KID CRIMSON
Capítulo 6

Contemplé a través de la mira de dos pistolas al chico que había estado usurpando mi identidad. Mi falso yo tembló y balbuceó, pero no hizo ningún otro movimiento. Al cachearle, encontré una pistola barata que probablemente explotaría antes que disparar correctamente, y un bastón extensible en la bota. Tiré ambos al río.

-Por favor, tío, no he… -su voz era débil, temblorosa. Le di un puñetazo en la parte posterior del cuello. Cayó al suelo donde se hizo un ovillo. Entonces fue cuando empezó a llorar de verdad. El chico creía saber cómo terminaría esto, pero había asuntos más importantes en juego. Eso es lo que tenía que decirme a mí mismo, porque no podía evitar pensar en ella, y eso era muy malo para Falso-yo.
-Créetelo o no, pero hoy es tu día de suerte –dije, poniendo la pistola ante su cara-. Verás, normalmente, los traficantes sin redaños como tú reciben lo que lo llamo “el tratamiento habitual”. Sin entrar en detalles, es un proceso muy largo y desagradable que a veces dura días.
Empezó a balbucear incoherencias a medida que su mente corría demasiado rápido como para formar palabras. Desenfundé mi cuchillo. Se calló.
-Y lo peor de todo, has estado utilizando mi nombre, así que podríamos decir que, en tu caso, el “tratamiento habitual” será mi punto de partida para ir a lugares más oscuros de los que hasta yo tengo miedo.
Cerró los ojos mientras su imaginación se ponía a trabajar. Le dejé cocerse en su propia salsa por un segundo.
-Pero voy a por quienquiera que esté detrás de este negocio. Así que míralo de esta forma, cuanta más información me des, menos dolor sufrirás.
Apunté la pistola contra su mano y le volé un dedo.
-Ese es el trato –dije mientras gritaba y se apretaba la mano-. Empieza a hablar.

Y habló por los codos. Me lo contó todo. Me dio los nombres de los ojeadores que enviaban en busca de potenciales víctimas, junto con los de los policías y agentes de transporte corruptos a los que pagaban para que miraran a otro lado. Lo apunté todo. Estaba bien saber eso, pero eran criminales de poca monta. Yo quería a los peces grandes.
Entre sollozos y balbuceos, Falso-yo me proporcionó un nombre. Quizás el más grande de todos:
-Caro – susurró como si pronunciar ese nombre fuera a invocar al diablo.
El estómago me cayó hasta los pies y volvió a subir. Caro es un fantasma, uno de esos poderes en la sombra que hay ahí fuera para quien nadie trabaja pero todo el mundo conoce. Él (o quizá ella) es intocable, letal, y el mayor traficante que existe. Esto era enorme. Y también terrorífico.
Le obligué a ponerse en pie y apreté el cañón contra su cara.
-¿Le has visto? –siseé. Empezaba a asentir cuando una rápida andanada de disparos tableteó a través de la densa lluvia. Cuatro proyectiles cosieron la espalda de Falso-yo antes de que un último disparo a la cabeza lo hiciera callar para siempre.
Alcancé a ver al tirador. Alto, corte de pelo militar, una profunda quemadura de láser de la mejilla a la oreja. Estaba apuntando. Alcé mi arma y disparé primero. Desapareció a la vez que tres de sus amigos salían de detrás de su cobertura apuntando en mi dirección sus P4SC modificados. Oí pasos a mi izquierda. Supuse que alguien llegaba tarde a su posición de flanqueo.
Yo ya estaba corriendo antes de que sonara el primer disparo. Primera regla de ser emboscado: sal de la emboscada. Suena obvio, pero te sorprendería cuanta gente se atrinchera e intenta responder al ataque.
Corrí a través de estrechos pasajes entre naves aparcadas. Oí más pasos a mi alrededor, pero ninguna voz. ¿Comunicadores subdérmicos? Probablemente, no debí tirar todas esas armas arrebatadas a Falso-yo y sus matones.
Una lluvia de balas me adelantó silbando. Miré hacia atrás. Uno de los tiradores estaba apuntando. Disparé algunos tiros en su dirección. Se puso a cubierto con agilidad. Postura de disparo militar. Ráfagas cortas y controladas. Estos no eran sicarios de medio pelo. Esto no era bueno.
Disparé unas cuantas veces contra su cobertura antes de proseguir mi camino. Corrí todo lo rápido que pude, intentando recordar la disposición de esta pista de aterrizaje y mi posición en ella. Un rifle osciló ante mi cara. Marcadeláser estaba justo delante de mí. Agarré el cañón y lo retorcí antes de que apretara el gatillo. Los disparos impactaron en el suelo, las naves cercanas, en donde quiera que mi mano empujara el cañón. La piel de mi mano empezó a arder. Saqué la pistola y disparé unos tiros. Marcadeláser soltó su rifle para esquivar mis disparos. Me agarró por la muñeca, golpeó mi mano, y luego arrancó la pistola de mi aflojada presa.
Sacó un cuchillo de combate. Por un rato dimos vueltas uno alrededor del otro, sin que ninguno de los dos lograra asestar un corte serio. Podía darme cuenta de que era bueno, probablemente más que yo. Se movía con velocidad, precisión y experiencia. Por desgracia, yo no tenía tiempo para perder con este tipo. Sólo quería retrasarme. Darle a su equipo tiempo para alcanzarnos.
Di un golpe amplio. Saltó hacia atrás, pero yo no le estaba apuntando a él. Corté algunos tubos de la plataforma elevadora para naves a mi izquierda. Empezó a derramarse fluido hidráulico. La esquina de la plataforma siseó y luego se hundió. La nave empezó a deslizarse. Marcadelásder se apartó de su camino antes de que se estrellara contra el suelo mientras yo salía por patas.

Salté la valla y seguí corriendo nada más volver a tocar el suelo. Dos manzanas más lejos estaba la marea del tráfico peatonal. Me mezclé con la corriente. Durante la siguiente hora me mantuve en movimiento, empleando todo mi repertorio de trucos para quitarme de encima cualquier perseguidor. Cuando me sentí satisfecho, entré en un pequeño restaurante de Kacho.
La anciana pareja que dirigía el lugar se pasaba todo el rato discutiendo y gritándose el uno al otro. Traté de ordenar mis pensamientos. La situación se estaba volviendo más y más interesante/peliaguda por momentos.
Por el rabillo del ojo, ví que la SSN/CAtv, con el sonido apagado, retransmitía en directo las celebraciones del Día de la Ciudadanía que tenían lugar en el centro de la ciudad. El senador Hannigan estaba dando un discurso, probablemente ensalzando las virtudes de la civilización y la necesidad de que cada Ciudadano hiciera su parte para algún disparate. El público se tragaba todas sus palabras.
Hannigan empezó a marcharse del escenario. Su séquito se cerró en torno a él. Entonces fue cuando lo vi. Casi me arrojé sobre el mostrador para coger el mando a distancia. La pareja de ancianos dejó de discutir para empezar a gritarme.
Rebobiné la retransmisión y le di a la pausa. Un nanosegundo antes de que Hannigan desapareciera de la vista, un hombre le susurró algo.
Marcadeláser.

CONTINUARÁ. . .

Original.