Historias de Kid Crimson: Capítulo 08

HISTORIAS DE KID CRIMSON
Capítulo 8

Relámpagos amarillos centelleaban dentro de las espesas nubes de tormenta. La lluvia convertía el rojo barro en lodo resbaladizo. Ocultos en las oscuras profundidades del vasto cañón, esperamos. Comimos pequeños insectos. El frío se nos metía en los huesos.
Ella estaba cerca. Eso era todo lo que yo necesitaba. Toda la luz y calor en el mundo estaba aquí, entre mis brazos.

* * * * *

Mi cabeza rebotó contra una ventana. De vuelta al mundo real. Las gotas de lluvia resbalando sobre el plástico convertían en rayas las luces de los gigantescos edificios que pasaban a nuestro lado. Me tomó un segundo, pero todo me volvió a la cabeza: Hannigan, el plan, la bomba, la agente de la Fiscalía.
Probé los grilletes que tenía en las manos y los pies, con la esperanza de que estuvieran lo suficientemente flojos como para poder forzarlos. No hubo suerte, estaban bien apretados. La agente de la Fiscalía estaba sentada delante, pilotando, ya me estaba mirando por el retrovisor.
-Por un segundo temí haberte perdido –me dijo. Su tono de voz desapasionado me dio buena idea de lo profunda que había sido su preocupación. Esta era la primera ocasión en la que podía verla bien desde nuestro encuentro en el Centro de Carga Covalex. Sus ropas de aspecto impecable y su actitud calmada eran la seña de una profesional bien preparada.
-Apuesto a que sí –le contesté. Me senté, aunque mi cabeza me odió por ello.
-Así que el infame Kid Crimson…
-Nunca he oído hablar de él –fue mi respuesta automática. Me miró en el espejo, decepcionada.
-¿En serio? ¿Me vas a salir con eso? Siempre pensé que la mayoría de tipos como vosotros están impacientes porque les atrapen. Sólo para poder vanagloriarse de lo famosos que son. Huracán Wilcox era así… bueno, por lo menos lo fue hasta que le pegué un tiro.
Mi mente empezó a dar vueltas. Había oído hablar de ella. Su nombre era Raina Quell. Se había labrado una buena reputación como agente inflexible que había dejado fuera de juego a un par de jugadores importantes. Por lo visto, después de que hubiera pillado a Huracán, varios de sus chicos intentaron liberarlo. Ella se enfrentó a todos ellos y fue la única superviviente. Tomó nota de mi silencio.
-Así que supongo que no es necesario que me presente –me dijo.
-¿Me has estado persiguiendo desde Covalex?
-Sí.
-¿Cómo?
-¿Qué quieres decir? –preguntó a su vez mirándome con curiosidad.
-¿Estabas allí buscándome?
-Estaba siguiendo un soplo sobre un cargamento de esclavos. Eso me llevó hasta ti. Huíste. Te perseguí hasta pillarte.
No sabía nada sobre el borracho que había transportado originalmente los esclavos. Así que el soplo tenía que haberle llegado después de que yo le hubiera levantado la carga. Ese asesino invisible me había vendido a ella. ¿Por qué? ¿Para obligarme a huir?
-Supongo que no podré convencerte de que me han incriminado.
-Podrías si no me hubieran engañado con ese cuento demasiadas veces.
Me miró por unos instantes. Me recosté en el asiento y contemplé cómo iba pasando la ciudad.
-He comprobado tu nave. ¿Dónde entregaste los esclavos?
-Los liberé.
-Sí, claro.
-Están en Magnus. Los descongelé en la Instalación Minera Arshop. Compruébalo tú misma.
La mire directamente a los ojos. No parpadeó. No tenía nada de qué acusarme. Quizás de fuga de un Agente de la Fiscalía. Pero la mayoría de mis antiguos crímenes estaban cerrados.
-Sabías que te seguía el rastro y sabías que sería demasiado arriesgado viajar con esclavos, así que te deshiciste de las evidencias.
-No trafico con esclavos. Vine aquí a por quien lo hace.
-¿Era eso para lo que tenías la LR-620?
Odio las preguntas redundantes, así que me mantuve callado. Ella esperó.
- ¿Quién?
A lo lejos vi el campus de la Universidad Técnica. La entrega de diplomas ya estaba bien avanzada. A paseo mi plan.
-¿Has oído hablar de un hombre llamado Caro?
Eso llamó su atención.
-Estás bromeando.
Uno de los esclavos me dio una pista, la seguí hasta aquí, y fui subiendo por el escalafón. Ese era el nombre arriba de todo.
-¿Caro está aquí? –me preguntó, todavía guardándose sus expectativas. Consideré la idea de contárselo todo. En el mejor de los casos, quizás me creyera. Lo más probable es que me estuviera limitando a confesar el intento de asesinato de un Senador de la UEE. Opté por cubrir mis apuestas y callarme. No obstante, ella había mordido el anzuelo, y seguía tirando del sedal-. ¿Quién es?
En el exterior, habíamos pasado la Pista de Aterrizaje Oficial de la UEE. Presumiblemente, el lugar donde estaba su nave. La mire.
-Espera, ¿a dónde me llevas?
-A la policía local para que te fichen y luego a un puesto de la Fiscalía.
-No puedes llevarme a los policías locales –me quejé. En mi voz había cierto tono de urgencia. Esto era malo. Realmente malo.
-Es el procedimiento habitual. Fastídiate.
Quell pensaba que lo que me perturbaba era la perspectiva de la cárcel.
-Mira, en el instante en que me metas en el sistema, Caro enviará un equipo de asesinos para eliminarme.
-Estás hablando de canales seguros de la Fiscalía. Caro tiene contactos, pero no es todopoderoso.
-Piensa en ello. ¿Cómo ha sido capaz de eludir la captura, incluso la identificación, todo este tiempo?
-Dímelo tú –replicó. No tenía elección. Tenía que jugármela.
-Caro es el Senador Hannigan.
-Vale –dijo Quell y me dio la espalda.
-Lo digo en serio.
-Estoy segura de que sí.
-Mira, llévame a cualquier otro sitio: al cuartel General de la Fiscalía, tu nave, las fosas sépticas… no me importa. Te diré todo lo que sé. Pero si se enteran de que me tienes, soy hombre muerto.
Me volvió a mirar por un segundo y luego dejó de hacerme caso como si fuera cualquier otro criminal intentando escaparme del castigo.
-Informé al puesto en el instante en que te puse los grilletes.
Veinte minutos después, Quell entró en el puesto de policía local y me sacó del vehículo. Atado de pies y manos, podia darme por muerto si alguien intentaba alguna jugarreta.
Me mantuve alerta ante cualquier cosa sospechosa hasta que ella me empujó al interior del pequeño puesto. Dentro había tres policías de servicio. Parecían aburridos, como si no hubieran perseguido a nadie en los últimos diez o veinte años. Quell me dejó ante el mostrador. El sargento de guardia me ignoró y se quedó mirándola.
-¿Te puedo ayudar en algo, cariño?
Quell le asestó una mirada asesina. El policía tardó unos treinta segundos en acobardarse.
-¿Qué puedo hacer por usted, agente?
-Necesito que lo fichen y acceso a un terminal de comunicaciones.
-Sí, señora.
El sargento de guardia se apresuró en agarrarme. Se abrió la puerta. Una alta mole de aspecto siniestro vistiendo una gabardina empapada entró en la sala. Excepto por el ocasional crujido de sus zapatos, no hizo ningún ruido. En pocas palabras: problemas.
-Agente especial Quell –dijo la mole.
-¿Sí? –contestó Raina mirándolo con cautela. Por lo visto, sus instintos la estaban advirtiendo tanto como los míos. La mole se me quedó mirando. Podría haber estado en la refriega de la pista de aterrizaje.
-Tengo órdenes de tomar su prisionero bajo mi cargo –dijo mostrando una identificación de la Fiscalía.
-¿Bajo qué autoridad? –dijo riendo.
-Me temo que eso es clasificado –contestó, sin apartar en ningún momento su mirada de mi, hasta que Quell se interpuso en su línea de visión.
-Muy bien. ¿Quién es su superior? –dijo Quell, sin ceder ni un ápice. La mole la ignoró. Su mano empezó a moverse. Quell iba un paso por delante. Su pistola estuvo desenfundada en un instante. Tenía que concedérselo: esa mujer era rápida.
-Quieto ahí, campeón. Si esas manos desaparecen de la vista, te abriré un agujero de ventilación. ¿Lo captas? –su voz no vaciló. La mole sonrió y alzó sus manos-. Sargento, ¿le importaría coger por mí la identificación de nuestro amigo?
El sargento de guardia vaciló, claramente enojado por que le implicaran en esto. Se movió despacio hacia la mole y buscó dentro de su gabardina. La mole siguió sonriendo, con sus ojos ahora fijos en Quell. Di un vistazo a la ventana frontal. A través de las cortinas de lluvia, vi dos figuras avanzando. Estaban apuntando.
Tiré a Quell al suelo medio segundo antes de que un par de docenas de balas hicieran pedazos las ventanas. Los otros dos policías bailaron por las balas alcanzando sus cuerpos. La mole ni siquiera pestañeó. Agarró al sargento de guardia y le rompió el cuello. Quell me dio un codazo en la garganta, probablemente pensando que yo estaba intentando escapar.
La mole sacó una escopeta de entre los pliegues de su gabardina y quitó el seguro. Quell era más rápida con el gatillo, le hundió cuatro balas en el pecho. Se mantuvo de pie y alzó su arma. Ella le disparó dos veces más en la cabeza. Por fin pilló el mensaje y murió.
-Quítame las esposas –logré decir a pesar de la tos-. Puedo ayudar.
-Debes haberte vuelto loco –dijo mientras recargaba-. Fuera, los asesinos seguían perforando el edificio. Por el sonido de las baterías parecían MaxOx P4, básicamente barresalas de energía y disparo rápido. Lo que significaba que tardarían muchísimo tiempo en quedarse sin munición.
Quell reptó por encima del sargento de guardia muerto y agarró la identificación de la mole. Me arrastró hacia la parte posterior de la sala. Alrededor de nosotros, los disparos hacían volar papeles, atravesaban pantallas e hicieron trizas una lámpara.
Entramos agachados en la sala contigua donde había un par de celdas vacías. Quell continuó moviéndose. Alguien empezó a disparar a través de la puerta trasera. Nos separamos, cada uno con la espalda contra una pared. Un asesino con otra P4 abrió la puerta de una patada. Le sorprendió encontrarse con el cañón de la pistola de Quell. Lo derribó de un disparo y se apoderó de su arma mientras pasaba al lado del cadáver.
Mantuvimos la cabeza agachada y nos movimos hacia las naves, deslizadores, y coches del depósito municipal en el patio trasero. Los asesinos en frente del edificio dejaron de disparar. Les oímos entrar. Tuvimos un momento de quietud antes de escabullirnos.
-¿Me crees ahora? –susurré. Me miró. Casi podría jurar que parecía contrariada.
-Digamos que es un sí condicional.
Con eso me bastaba.

CONTINUARÁ. . .

Original.