La Generación Perdida: Capítulo 04

La Generación Perdida
Capítulo 04

Tonya llevó a almorzar a Melvin Hartley Jr. El anciano parecía necesitarlo. A cambio, estuvo más que contento de compartir todo lo que sabía sobre el banco. Una de las instituciones más antiguas de la UEE, el Banco Nebula le había concedido a la tatarabuela de Hartley su primer préstamo para abrir el museo. Desde entonces, había ido creciendo hasta convertirse en un mastodonte financiero, volviéndose cada vez más despiadado a medida que pasaban las décadas. Ahora, según parecía, el Nebula poseía técnicamente la colección de reliquias de la Artemis embargadas que habían sido adquiridas por el Museo Hartley.

-Créame, a la representante no le gustó nada mi solicitud para un préstamo –dijo Melvin mientras soplaba para enfriar su taza de té-. Pero dado que el museo es uno de los primeros clientes del banco, sus manos estaban atadas. Es por eso que fueron intratables, totalmente intratables, cuando me salté un pago. Sólo uno.

Tonya iba asintiendo mientras escuchaba. Resultaba difícil no sentir simpatía por el hombre. Quizás le gustaba demasiado la teatralidad, pero incluso ella se daba cuenta de que amaba con pasión genuina el museo. Costaba no empatizar con ese nivel de desesperación. Deseó saber qué decirle. Lo más probable es que acabara perdiendo el museo. Expresar sus condolencias le parecía trivial y sin sentido. Hartley no la conocía de nada, ¿por qué iba a importarle que ella dijera que lo sentía? Su dolor comunal no iba a invocar místicamente una solución financiera. De nuevo, ¿para qué iba a servir?

Así que lo dejó a solas. Hartley se quedó sentado en silencio, soplando sobre su té, antes de tomar finalmente un sorbo.

* * * * *

Hartley le dio las gracias por el almuerzo y regresó al museo. Tonya le vio alejarse por la calle hasta desaparecer tras una esquina. Entonces centró su atención en el Nebula.
El banco era un obelisco de metal y vidrio. Sólo en el camino que llevaba al vestíbulo, contó dieciséis dispositivos anti-intrusión dentro del edificio. Había cámaras, sensores de movimiento, de imagen térmica, zarcillos de micrófonos en el suelo, y recargadores de nanodrones incrustado en cada panel. Esto sólo en el vestíbulo. Le dolió la cabeza al pensar qué podían tener en mente para la bóveda de seguridad.

El centro del vestíbulo estaba lleno de cubículos y cabinas abiertos. Del suelo de mármol se alzaban estrados para efectuar transacciones sencillas o buscar información sobre cuentas. Todos los empleados del banco vestían los mismos uniformes de color azul oscuro. Todos ellos mostraban la palidez de la cera, y llevaban el pelo engominado o peinado hacia atrás. Parecían humanos condicionados para actuar como robots. Resultaba desconcertante.

-Buenas tardes, señorita Oriel –le dijo un joven de veintipocos años mientas se acercaba. Debían tener también escáneres de retinas-. ¿Puedo interesarla en una cuenta de ahorros –con unas tasas modestas?
-Claro que sí –contestó Tonya con una sonrisa. El empleado del banco la llevó a través del laberinto de cubículos hasta su diminuta oficina donde se sentaron. Empezó su discurso de ventas, comparando y contrastando las diferentes cuentas de transacciones y ahorros que el banco ofrecía, el número de sucursales que el Nebula ofrecía actualmente, etcétera. Tonya no prestó atención a la mayor parte del discurso, aunque se percató de que las cargas por el servicio eran ridículamente elevadas. Estaba más atenta a obtener datos por su cuenta. A juzgar por la pantalla del empleado, el banco utilizaba una Red Kraken –un sistema bastante complicado con un amplio repertorio de añadidos de seguridad, pero en su mayor parte de código abierto. Parecía que en los sistemas de sus empleados no utilizaban paneles de acceso por huellas dactilares o escáner de retina.

-Así que, ¿podemos proceder a la firma? –preguntó el empleado sonriendo categóricamente.
-Esta es una decisión financiera realmente grande. Se trata de mi futuro, ¿sabe? –respondió Tonya ofreciéndole su mejor expresión de reflexión y consideración-. Voy a tener que pensar con detenimiento sobre esto.
-Pero…

Tonya se fue. Había sido un poco demasiado optimista al asumir que sería capaz de irrumpir en el banco. Cuanto más veía, menos le gustaban sus probabilidades.
Fuera, se puso en contacto con un miembro de la legión de ayudantes de Gavin Arlington y le explicó sus motivos para adquirir los artefactos directamente del banco. El ayudante fue seco pero educado. Le dijo que transmitiría su mensaje a Arlington y se pondría en contacto con ella cuando tuviera su respuesta.

De nuevo en la Beacon II, Tonya empezó a examinar las redes del Banco Nebula. Nada serio, sólo un par de toques y sondeos para poner a prueba su tiempo de reacción. No le ayudó mucho a calmar sus temores. Pero encontró algo de interés mientras revisaba las últimas novedades sobre los accionistas públicos:
El Banco Nebula poseía una participación mayoritaria en una empresa llamada Reclamaciones Públicas, una instalación de almacenamiento local. Era un detalle curioso que se hacía aún más interesante cuando descubrió que sus servicios privados mencionaban como su especialidad la reposesión de bienes y propiedades.
Además, su sistema de seguridad era una basura. A Tonya le llevó menos de una hora poder acceder a su red interna. Hizo una búsqueda utilizando el número del expediente de Hartley que tenía el Nebula y obtuvo un resultado. Había seis cajas almacenadas en su almacén en Kensington. Quinto piso. Lote #45ZB.

De repente, el plan de Tonya volvía a parecer viable.

* * * * *

Desgraciadamente, la seguridad en el almacén de Reclamaciones Públicas no era tan endeble como la de su red. Estudiando la arquitectura desde un tejado al otro lado de la calle, distinguió guardias de seguridad haciendo la ronda, cámaras visibles, y ventanas con alarmas. El edificio en sí tenía forma de cubo gigantesco, aislado en mitad del bloque de la manzana. No era de acceso fácil, especialmente para una autoproclamada “ladrona con motivos en sus ratos libres” como Tonya.

En el lado positivo, parecía claro que entre los encargados había alguien con problemas de confianza, porque Tonya encontró un acceso remoto a un canal de seguridad separado que parecía estar centrado en los empleados. Transfirió de su MobiGlas al HUD del que estaban provistas sus gafas el acceso a la red. Ahora podría ver alternativamente a los guardias que estaban de patrulla, los del centro de seguridad, incluso los de la sala de personal. Aunque todavía no podía afectar los sistemas de seguridad del edificio, era mejor que nada.
Tonya abandonó el almacén para ir a buscar sus herramientas.

Una hora después, posó la Beacon II en la bahía de aterrizaje privada. Un representante de ventas le dio la bienvenida mientras los motores todavía estaban apagándose.
-Hola, ¿puedo ayudarla? –este representante era todavía más jovial que el anterior.
-Sí, necesito algo de espacio de almacenamiento –contestó Tonya mirando a su alrededor, como si lo estuviera viendo por primera vez. Se estaba esforzando al máximo para imitar a ese viejo transportista que estaba acostumbrada a oír en el Torchlight Express-. Ustedes hacen eso, ¿verdad?
-Eso es lo que pone en el letrero –bromeó el representante riendo nerviosamente. Tonya ni siquiera esbozó una sonrisa. El representante descartó cualquier otra futura broma-. Sí, está en lo cierto.
-Bien. Tengo cuatro coma setenta y ocho toneladas métricas de carga sin especificar que necesito descargar. ¿Cuentan con esa cantidad de espacio?
-Por supuesto, la instalación está equipada para…
-Vale, pero yo no lo sé. Tendré que echarle una ojeada primero.
-Por supuesto. Sígame.
El representante la llevó al interior.
-¿Tienen algo en el quinto piso? –preguntó Tonya mientras buscaba las cámaras de seguridad. El representante tartamudeó por un segundo y luego comprobó su Glas.
-Um. Tenemos algo, pero hay unidades disponibles en pisos inferiores.
-Sí, bueno, en mi experiencia, cuando la gente entra en un lugar, llegan primero a los niveles inferiores.
-Le aseguro que somos bastante seguros.
-Oh, estoy segura de que lo son. Complázcame.

El representante la llevó hasta el quinto piso, dándole su discurso de ventas durante todo el trayecto. La condujo por pasivos estrechos, todos ellos iluminados con los mismos fluorescentes planos. Atravesaron un conjunto masivo de puertas enrollables. A su lado había una pantalla enumerando un montón de números, incluyendo el de Hartley. Debía tratarse del almacén del Nebula.
Tonya se detuvo ante la puerta del siguiente compartimento de almacenamiento. El mecanismo de cierre no estaba activado. Miró a ambos lados del pasillo. Había dos cámaras apuntadas al espacio de almacenamiento del Nebula y ni siquiera tenían una cobertura superpuesta. Podría permanecer debajo de una de ellas sin ser vista por la otra.
-¿Está disponible esta? –preguntó tocando la pantalla. La puerta subió enrollándose. El representante estaba unos cuantos pasos por delante de ella.
-Sí, señora –respondió mientras volvía hacia atrás apresuradamente-. Pero no creo que sea lo suficientemente grande para sus requisitos de tamaño.
Tonya entró dentro de la pequeña habitación polvorienta y miro a su alrededor.
-Esta me irá bien.
-Yo…
-Ya sé cómo trabajáis, chicos, intentaréis venderme un espacio que no necesito.
El representante parecía dispuesto a discutir, pero se arredró ante la amenaza de perder la venta. Tonya tenía la sensación de que estaba pillándole el truco a esto de la manipulación social.

Un mes de alquiler por adelantado y un nombre falso fue todo lo que necesitó para que el representante le diera las gracias repetidamente y que desapareciese de su vista.
Tonya regresó a su nave. Cargó un par de cajas en su carrito antigravedad y volvió al interior del edificio. Una vez en su espacio de almacenamiento, abrió las cajas. Estaban vacías a excepción de algunas herramientas de intrusión y su MobiGlas.
Comprobó su enlace con el centro de seguridad. Los guardias estaban ocupados hablando con el representante de ventas, quién se estaba pavoneando como si acabara de hacer la venta del siglo.
De nuevo en el exterior, fijó su MobiGlas al extremo de una vara extensible y sacó una foto del ángulo de la cámara más cercana a la bahía de almacenamiento. Pasó la imagen a una pequeña pantalla portátil. Comprobando por segunda vez que los guardias seguían distraídos, colocó la fotografía a unos pocos centímetros delante de la cámara. En enlace que mostraba la imagen del monitor se puso negro a medida que la exposición automática se recalibraba, pero tras un breve espacio de tiempo recuperó la imagen.
Los guardias no se dieron por aludidos. Tonya repitió el procedimiento con la segunda cámara. Hizo una derivación del mecanismo de cierre y en diez minutos la puerta estaba subiendo enrollándose.
La bahía de almacenamiento del Nebula ocupaba el resto del piso. Era un laberinto de antigüedades y muebles embargados.
Tonya maniobró el carrito antigravedad por los estrechos pasajes a medida que examinaba los números de lote. Finalmente encontró la colección de Hartley de reliquias de la Artemis apilada y envuelta en una lona.
Comprobó el estado de los guardias. Estaban riéndose en silencio por algo que había dicho el representante. Cortó la lona y cargó las cajas en el carrito, guardándolas dentro de las que había traído.
Mientras estaba volviendo a la bahía de aterrizaje de la Beacon II, el representante de ventas vino corriendo.
-¿Está todo en orden? –gritó.
-Sí, tenía usted razón. Mi material no cabrá.
-¿Quiere otro…?
-Está bien. Encontraré otro sitio.
-Pero…
Tonya cerró las puertas de la bodega y fue a la cabina. Los motores se encendieron y hizo despegar la nave, dejando en la bahía de aterrizaje a un representante muy confundido.

Con la Tierra a su cola y haciéndose cada vez más pequeña, Tonya fijó su rumbo y fue a ver qué había adquirido Hartley. Abrió las cajas con mucho cuidado: cuando tuviera más tiempo, lo catalogaría todo con más detalle, pero por ahora la colección parecía consistir en su mayor parte en transcripciones del lanzamiento y diseños preliminares antes de llegar a…
A juzgar únicamente por su apariencia, parecía un disco duro obsoleto suspendido dentro de un contenedor de archivos hermético y a prueba de golpes. Pero ella sabía lo que era: Janus. Una copia original de la IA que pilotó la Artemis.
Tonya disfrutó del momento. No duró mucho, ya que la intensa curiosidad que la impulsaba volvió a dominarla.

Quitó el polvo a un viejo sistema que podría aceptar el disco de Janus. Antes de pensar siquiera en activar a Janus, hizo todas las comprobaciones que se le ocurrieron, asegurándose de que el sistema huésped no estaba conectado directamente a su nave por nada más que cables de alimentación. Lo último que necesitaba era una IA apoderándose de su ordenador de vuelo.

Cuando se sintió satisfecha, Tonya inspiró larga y profundamente. Abrió el contenedor de archivos donde estaba el disco de Janus. Parecía no haber envejecido ni un solo día desde que lo habían guardado. Tonya ordenó los cables y los enchufó al sistema.
Por tercera vez, lo repasó todo y comprobó tres veces las conexiones.

Su dedo se posó sobre el botón de encendido del disco de Janus.

-Allá vamos –murmuró…
… y apretó.

. . . CONTINUARÁ

Original.