La Generación Perdida: Capítulo 07

La Generación Perdida
Capítulo 07

Si la gravedad de Oso II no fuera ya tan aplastante, Tonya sería quién estaría aplastando algunas cosas ahora mismo. Como a Senzen. Con una piedra o una rama gruesa. En lugar de eso, apenas lograba mantenerse en pie. Su traje ambiental emitía zumbidos a medida que iba reciclando sus chorros de sudor en agua potable.

-¿Qué estás haciendo aquí? –preguntó Senzen mientras caminaba a través la maleza hacia ella.
-¿Cómo me has encontrado? ¿Ha sido Nagia? –contestó Tonya, sintiendo las primeras pulsaciones de una migraña provocada por la rabia -¿Puso un rastreador en mi nave? ¿O qué?
-Cálmate, Tonya. Vas a perder el conocimiento.
Senzen extendió la mano para poder darle a Tonya unas fuertes palmadas en el hombro mientras seguía acercándose. Ella se la apartó de un manotazo y siguió insistiendo.
-Dímelo.
-¿Es que no puedo haber encontrado este sitio por mí solo?
-No.
Senzen se giró para mirarla. Con profunda tristeza.
-Eso ha herido mis sentimientos.

Una sonrisa fue apareciendo en el rostro de Senzen, pero Tonya no se reía. Senzen se dejó caer sobre el tocón de una planta para tomarse un respiro antes de continuar. Extrajo un escáner y abrió un archivo. Al principio sólo hubo silencio, luego un estallido de distorsión digital, sonidos dispares y los chasquidos de una reconstrucción de audio. Tonya se inclinó hacia adelante instintivamente para oírlo mejor…, había algo enterrado en la caótica señal, la estática interrumpiéndose por breves momentos para revelar palabras.
-… daño… adicionales… necesario… situación… 2456.432.1234.
Senzen paró la reproducción. Tonya lo miró, su rabia sustituida repentinamente por curiosidad.
-¿Qué era eso?
-Eso, Tonya, era Janus –respondió Senzen inclinándose hacia atrás con una sonrisa de satisfacción en el rostro-. ¿Todavía no estás impresionada? –Tonya le clavó la mirada-. Una de sus directivas de programación era la de enviar periódicamente a la Tierra informes sobre su estado tanto por radio como por FSO. Es cierto que ninguno de estos mensajes llegó a su destino, pero eso no quiere decir que no llegarán a alguna parte.
-Entonces, ¿cómo los conseguiste?
-Es muy complicado. No querría aburrirte.
-Senzen, te pegaré hasta matarte.
-Está bien, está bien –Senzen rió y alzó las manos en gesto de rendición-. La respuesta corta; la FSO de esa época consistía en paquetes de comunicaciones transmitidos mediante haces de infrarrojos, así que empecé a buscar concentraciones densas de gases criogénicos situados entre la Tierra y la senda de vuelo que iba de Stanton al destino original de la Artemis.
-Los gases criogénicos pueden ralentizar los haces de infrarrojos –dijo Tonya continuando la cadena de lógica-. Pero no por cientos de años.
-Parece ser que, si se trata de una concentración lo suficientemente densa, sí que puede. Y por eso, quiero decir tras una reconstrucción digital masiva y dos naves congeladas.
Por mucho que ella nunca llegaría a admitirlo, Tonya tenía que concedérselo a Senzen. Se trataba de todo un descubrimiento.
-Así que… es tu turno – dijo Senzen tras tomar un sorbo de su suministro de agua.
-¿Mi turno para qué?
-¿Cómo has llegado hasta aquí?
-Oh –Tonya se levantó y empezó a alejarse– Lo adiviné.
Senzen se apresuró a ir tras ella. Tonya se detuvo llena de frustración y le miró.
-¿Dónde crees que vas?
-Llámame loco, pero apuesto a que nuestros escáneres están centrados en la misma cosa. A menos que eso también lo hayas adivinado.
Ella no dijo nada, lo que él tomó como una afirmación.
-Bien. Así que voy a ser yo quien lo diga. Estoy cansado y dar paseos por este planeta me está matando –Senzen volvió a apoyar la espalda contra el tronco de un árbol-. Voy a suponer que has encontrado alguna forma increíblemente impresionante de averiguar que tenías que venir aquí, así que, ya que estamos empatados, voy a pedir una tregua.

Tonya lo miró con suspicacia mientras consideraba la idea. Aunque seguía sin fiarse de él ni por un segundo, tenía que admitir que le resultaría agradable reducir un poco su nivel de paranoia por lo menos por un breve espacio de tiempo. Senzen también tenía razón en una cosa, Tonya estaba desesperadamente ansiosa por abandonar este planeta. Además, a lo mejor se le ofrecía una buena oportunidad para dejarlo tirado. Después de todo, era el turno de ella.
-Has hecho un amigo –dijo Tonya dándose la vuelta y empezando a caminar.
-Genial. Gracias, Tonya. Eres una joya.
-No estaba hablando de mí.
Senzen notó que algo daba un golpe contra la parte superior de su casco. Se dio la vuelta. Lo que al principio le había parecido que era una raíz gigantesca enrollada alrededor del tronco del árbol era en realidad una criatura parecida a un gusano. De casi cinco metros de largo, tenía un duro caparazón que la camuflaba perfectamente con el árbol. El caparazón podía abrirse para revelar un amasijo de tentáculos cuya función era presumiblemente aferrar a las desafortunadas criaturas que aterrizaran sobre su superficie. Ahora estaban tanteando el traje de Senzen, probablemente para ver si era comestible.
Senzen se apartó del árbol y se apresuró a alcanzar a Tonya. La enorme criatura tanteó el aire por unos instantes y luego volvió a desaparecer bajo su caparazón.

* * * * *

Incluso bajo el dosel de los árboles, el tremendo calor había hecho desaparecer cualquier indicio de lluvia. Una cacofonía de extraños cantos y llamadas levantaba ecos por todo el bosque. Tonya y Senzen caminaron en silencio, conservando el aliento. Tonya comprobó su escáner para asegurarse de que seguían avanzando en la dirección correcta.
-¡Tonya! –susurró Senzen. Ella levantó la mirada para ver a Senzen agachándose entre el follaje y haciéndole señas para que ella hiciera lo mismo.
Tonya se tiró al suelo sin vacilar. Cuando estuvo completamente rodeada de plantas, se sentó lentamente para poder echar un vistazo. Al principio no podía ver nada a través de las lianas colgantes y troncos retorcidos. Entonces oyó el chasquido de algo al romperse, junto con el silbido de algo al moverse a través de las hojas.

Era un osolano. Al menos ese era el nombre que la UEE usaba para referirse a ellos. Con diferencia la especie más evolucionada del planeta, el Senado y la comunidad científica estaban esperando con gran expectación descubrir cómo se denominaban a sí mismos. Cubierto por un pelaje grueso y puntiagudo con el que recoger agua, el osolano medía casi metro y medio de alto. Para contrarrestar la gravedad, sus poderosas piernas eran las extremidades más grandes de la especie. Se conectaban al cuerpo en lo que equivaldría al hombro de un humano. Cuatro brazos se extendían desde el torso, los dos superiores mucho más desarrollados que los dos inferiores.
Los seis ojos de diferentes tamaños en la cabeza parecida a la de un insecto escudriñaban el bosque. La piel expuesta en la frente de la criatura pulsaba con un amarillo opaco mientras empuñaba en sus manos principales un par de hojas curvas de piedra.
Tonya y Senzen se miraron el uno al otro. Senzen sonreía como un niño y le hizo un gesto entusiasta con el pulgar hacia arriba.
Tras unos pocos instantes más de vigilancia, el brillo amarillo en la frente del osolano cambió a un azul neutral. Volvió a concentrarse en examinar las plantas en busca de hojas concretas.
Durante una hora, Tonya y Senzen lo vieron forrajear. Por fin, guardó todas los hojas dentro de una bolsa hecha de algún extraño tejido y se alejó entre los árboles hasta desaparecer.

La débil señal en los escáneres venía de la misma dirección que el osolano. Tonya y Senzen le concedieron unos cuantos minutos de ventaja antes de seguir adelante. Más rocas iban asomando por entre la maleza a medida que el espeso bosque se iba transformando gradualmente en un cañón arbolado.
Senzen hizo un gesto a Tonya para que lo siguiera mientras escalaba las rocas hasta la parte superior de la pared del cañón. Se mantuvieron agachados y reptaron a lo largo del borde del abismo. Por último se detuvieron, asombrados ante lo que tenían delante.
El estrecho cañón se iba ensanchando hasta convertirse en un callejón sin salida circular. Enclavada entre las rocas curvas había una aldea. Osolanos de todos los tamaños se desplazaban entre la quincena de estructuras edificadas mediante una combinación de piedra y madera.
Tonya comprobó dos veces la señal. Su escáner situaba el siguiente fragmento de la Artemis en algún sitio al otro lado de la aldea. Senzen miró la pantalla por encima de su hombro.
-Bien, eso es también lo que dice mi escáner. Podemos ir por ahí.
Senzen empezó a moverse. Tonya lo detuvo.
-Espera –le dijo. Pasó la señal por unos cuantos filtros–. No creo que esté en la superficie.
Tonya miró más allá de la aldea. Señaló un punto. En el otro extremo había un túnel que parecía llevar al interior de la pared del cañón.
-Por eso la señal es tan débil. Está siendo amortiguada por la roca.
-Genial –dijo Senzen dejándose caer y poniéndose cómodo entre las rocas mientras tomaba un sorbo de agua-. ¿Alguna idea de si los osolanos tienen una visión nocturna decente?
-Ni idea.
Tonya se trasladó a un buen punto de observación de la aldea y se acomodó en él. Comprobó dos veces la hora. La configuración automática del reloj de su Glas se había ajustado a primera hora de la tarde según Tiempo Estándar de la Tierra. Los segundos parecían interminablemente largos comparados con el segundo normal de la Tierra.
Tonya pasó el rato observando los osolanos. En general prefería la historia al presente, pero no podía negar lo fascinante que resultaba observar alienígenas primitivos ocupados en sus rutinas diarias. Empezó a discernir las estructuras familiares básicas. Uno de los osolanos se cubría con pequeños abalorios hechos a manos. Supuso que debía de ser el jefe o algún tipo de chamán.
-Resulta bastante increíble, ¿verdad? –dijo finalmente Senzen.
-Sí, lo son –murmuró Tonya con tranquilidad.
-No, ellos no. Bueno, supongo que en parte también. Quiero decir todo esto –Senzen se había relajado contra las rojas, dejándole a ella la observación-. Quiero decir, ¿alguna vez pensaste que llegarías a estar a punto de descubrir la Artemis?
-Todavía no la he encontrado.
-Sí, pero estamos más cerca de lo que nadie ha estado en los últimos setecientos años. No me digas que no puedes sentir eso en tu alma.
Tonya le miró. Resultaba extraño oírle hablar con tanta esperanza y optimismo.
-No me digas que tienes un alma ahora – le replicó con una sonrisa desdeñosa.
-Siempre he tenido una, cariño. Simplemente la reservo para ocasiones especiales.

* * * * *

Por fin se hizo de noche. El bosque parecía hincharse de vida ahora que el sol había desaparecido. Grandes alas aleteaban por encima de las copas de los árboles.

Unos cuantos de los alienígenas de mayor tamaño parecían vigilar la entrada a la aldea a través del cañón, pero por lo demás la aldea osolana estaba tranquila.
Tonya y Senzen rodearon la aldea a lo largo del borde del cañón y descendieron con cuidado por las paredes hacia el túnel.
Visto desde cerca, sus paredes parecían haber sido excavadas. Quizás el túnel había sido originalmente una caverna que los osolanos simplemente habían ampliado. Tenía un poco más de un metro de ancho y dos metros de alto. Una luz parpadeaba más allá de una esquina.
La señal en su escáner se hizo más fuerte cuando entraron en la caverna. Senzen vigilaba detrás de ellos mientras Tonya avanzaba. Se acercó con cuidado a la esquina y la luz parpadeante.
Asomó la cabeza por la esquina. El túnel se abría a una gran antecámara. Las paredes estaban cubiertas de intrincados grabados y pinturas. Incluso el suelo de piedra había sido excavado formando círculos concéntricos que iban descendiendo hasta el centro de la sala.
En el centro había un gastado obelisco que sobresalía del suelo. Sus costados estaban cubiertos de pintura e inscripciones. Tantas que a Tonya le llevó un momento comprender qué era realmente.

Esto no era ningún monolito osolano. Era un propulsor de la Artemis. Se dio la vuelta para ver a Senzen contemplándolo con la boca abierta. Pasó a su lado para poder mirarlo más de cerca.

Tonya, mientras tanto, empezó a examinar las toscas inscripciones en la pared. Eran claramente pictogramas. Empezó a reír.
-¿Qué es lo que tiene tanta gracia? –preguntó Senzen volviéndose hacia ella. Era una historia de dioses apareciendo en el planeta para arreglar su carruaje o algo así. Senzen meneó la cabeza, confundido-. ¿Qué pasa?
-¿Reconoces los trajes? –dijo Tonya señalando uno en concreto. El “dios” iba vestido con un traje ambiental. Era uno de los tripulantes de la Artemis, uno de doce según el pictograma.
Fueron siguiendo la hilera de pinturas. En la última, antes de que los dioses se fueran, señalaron una estrella roja encima de una triple montaña. Tonya y Senzen se detuvieron.

-Le dijeron a los osolanos a donde pensaban ir –murmuró Senzen.
-Una estrella roja. O bien una moribunda… -empezó Tonya.
-O una nueva –terminó Senzen.
-Kallis –dijeron los dos a la vez.

Tonya empezó a hacer fotos de los pictogramas, el propulsor, todo.

-Venga, vámonos – dijo Senzen dirigiéndose apresuradamente hacia la salida del túnel.
Tonya era incapaz de marcharse. Una de las inscripciones mostraba a los dioses mostrando el fuego a los osolanos. Tras una inspección más cercana, pudo ver que la inscripción pintada incluía una palabra sobre el vestido del dios.

Kenlo.
Arthur Kenlo, el ingeniero jefe de la Artemis.

-Increíble –musitó Tonya riendo para sus adentros y tomando también una foto de eso. Miró a su alrededor para enseñárselo a Senzen, pero se dio cuenta de que se había marchado. Tonya hizo unas cuantas fotos más mientras se dirigía hacia la entrada de la caverna.

Salió del túnel para encontrarse con una espada curva de piedra apuntando a su placa facial.
El jefe/chamán y la aldea entera de osolanos la rodeaban empuñando armas. Sus expresivas frentes pulsaban con un agitado púrpura.
Un rápido vistazo hacia arriba le permitió ver a Senzen en lo alto de la pared del cañón. Alzó las manos haciendo un gesto de “qué quieres que haga” antes de desaparecer. Tonya se dio la vuelta para encararse a los enfurecidos osolanos.

-Hola.

. . . CONTINUARÁ

Original.