La Generación Perdida: Capítulo 08

La Generación Perdida
Capítulo 08

El púrpura probablemente no era un color que representaba la felicidad. Los exobiologos seguían sin poder determinar si los destellos de color bioluminiscente eran una forma de comunicación entre los osolanos o simplemente un indicador externo de su humor.

En estos momentos, Tonya se inclinaba hacia lo último. La aldea osolana entera la estaba apuntando con sus armas mientras sus frentes latían con el mismo color violeta agitado.
Tonya sopesó sus opciones por un momento. No encontraba nada que pareciera realmente una buena idea, así que decidió probar una idea estúpida.

-¡He regresado! –dijo levantando los brazos hacia arriba y poniendo su mejor pose de mesías de pacotilla. Todos los osolanos dieron un salto hacia atrás y se escondieron detrás de sus armas alzadas. Se miraron los unos a los otros, la bioluminiscencia colectiva fue cambiando a un azul más pálido. La de uno se volvió verde poco antes de salir corriendo.
El osolano adornado con pequeños abalorios apartó a un lado unas cuantas de las lanzas y se acercó a Tonya. Mientras la tanteaba con su bastón iba haciendo un débil ruido chasqueante que casi parecía una oclusión glotal.

-Soy yo… ¡Kenlo! –Tonya esperaba que invocar el nombre del ingeniero jefe de la Artemis serviría para algo. El anciano/chamán pareció animarse un poco. Ladeó la cabeza y volvió a emitir un chasquido.
-Uh… ¿contemplad mi gloria? -dijo Tonya mirando a su alrededor. Los osolanos parecían estar intercambiando miradas. Se dio la vuelta y caminó orgullosamente hacia la caverna.
El chamán siguió con cautela a Tonya. El resto de la aldea se apiñó ante la caverna, algunos más a la defensiva que otros.
Tonya estaba intentando no pensar en cuánto daño le estaba haciendo a esta cultura. En su defensa, no se trataba de un Primer Contacto. Esa distinción pertenecía a la Artemis original.

En la antecámara con el motor de la Artemis, Tonya encontró el pictograma con Kenlo. Se volvió hacia el chamán que la estaba contemplando. Su frente latía con un rojo oscuro. Tonya imitó la pose en la pared.
De repente el chamán se puso verde. Se giró hacia los demás osolanos y empezó a emitir chasquidos febrilmente. Chasquearon entre ellos antes de alzarse sobre las puntas de sus pies, estirándose todo lo que podían en algún tipo de saludo.

El osolano que había salido corriendo un poco antes volvió apresuradamente aferrando en sus manos cuatro puñados de los mismos gusanos grises retorciéndose que Tonya había visto antes en el bosque. Los puso ante la placa facial de Tonya.
-Oh… genial. Gracias –dijo Tonya apartándolos a un lado. Al menos no estaban intentando matarla.

El chamán parecía estar en algún tipo de trance, balanceándose adelante y atrás mientras emitía chasquidos rítmicamente. Los demás osolanos respondían a sus chasquidos y se apiñaban alrededor de Tonya, ansiosos por poner sus manos sobre un dios.
-Calma, chicos –dijo Tonya intentando zafarse de ellos, pero eran demasiados. Subió al máximo el volumen del altavoz externo-. ¡Basta!

Su voz atronó por la caverna. Los osolanos se dispersaron buscando lugares donde esconderse. Uno de los más grandes enarboló su lanza, esperando a que ella atacara.
La idea de salir corriendo pasó por su mente, pero teniendo en cuenta lo mucho que la ralentizaba la gravedad superior, se dio cuenta rápidamente que “correr” sería una exageración. Si acababa cabreando a los osolanos, no había ninguna posibilidad de que pudiera escapar de ellos corriendo, y aún menos posibilidades de que pudiera luchar contra todos ellos.

Así que tendría que esperar al momento adecuado. El chamán había retrocedido hasta ponerse de rodillas y escondía la cabeza. Tonya se inclinó y lo acarició con suavidad, sin tener ni idea de qué hacer.

* * * * *

En las horas siguientes, los osolanos prepararon un festín colosal. El chamán iba y venía, dirigiendo a los alienígenas en sus tareas. Desde su roca de honor, Tonya tenía un ojo puesto en todas las ollas de cocina para asegurarse de que no planeaban utilizarla a ella como uno de los ingredientes. Le presentaron bebés alienígenas que no dejaban de retorcerse. Confeccionaron abalorios para ella.

El guardia más grande que había mantenido su posición cuando Tonya gritó aguardaba desde la sombra de una choza cercana, vigilándola. Tonya podía darse cuenta de que el guardia no estaba contento con lo que estaba sucediendo.

Tonya tenía la misma opinión. Lo único que quería era irse de este lugar lo más rápidamente posible. Lo más probable es que Senzen ya estuviera en el espacio acelerando hacia el sistema Kallis. Tonya repasó lo que sabía sobre ese sistema, intentando figurarse porqué la Artemis querría ir allí.
Astrográficamente hablando, Kallis estaba relativamente cerca de Oso. Quizás el Janus original y el personal de ingeniería habían modificado y/o mejorado sus escáneres y vieron algo de lo que ella no estaba enterada, algo que indicaba la posibilidad de un planeta habitable. El problema estaba en que, dado que Kallis era más joven en su desarrollo que cualquier otro sistema conocido en la UEE o más allá, había estado bajo observación casi constante por parte de la comunidad científica ansiosa por estudiar de cerca la formación de los planetas. Sin duda alguno de ellos habría acabado descubriendo cualquier indicio de un asentamiento de la Artemis. Lo más probable era que Tonya tendría que conformarse con encontrar otra pista en ese sistema.
De nuevo, todo esto era mera especulación. Tonya necesitaba ir allí, evaluar la situación, y procesar los hechos. Si ese era el destino de la Artemis, había nueve planetas en ese sistema. De forma que eso era un punto a su favor: Senzen tendría muchísimo terreno por cubrir.

Un crujido resonó por todo el cañón. Los osolanos miraron hacia las copas de los árboles que tapaban el cielo y luego volvieron a su trabajo. Tonya reconocería ese sonido en cualquier sitio.

Alguien acababa de abandonar la atmósfera.

Una chispa de optimismo animó su corazón. Quizás Senzen acababa de partir. Quizás no le llevaba tanta ventaja después de todo.

Su optimismo se desvaneció con rapidez cuando escuchó seis crujidos más levantando ecos por los árboles desde todas las direcciones.
Esto no era bueno. Esto sólo podía significar una cosa…

Los militares estaban aquí.

Tonya se levantó lentamente de su trono de roca con los ojos fijos en el cielo. Podía escuchar el retumbar de potentes propulsores acercándose. Los gigantescos árboles empezaron a agitarse con el viento.
Probablemente Senzen les había dado la posición exacta de Tonya mientras él se iba del sistema.

El chamán se acercó con rapidez, intentando respetuosamente que volviera a sentarse en su roca. El guardia más grande alzó sus armas, paseando su mirada de Tonya al cielo.
-Gracias, pero probablemente debería irme –dijo Tonya empezando a alejarse de los osolanos, la mayoría de los cuales estaban mirando ahora en dirección a los ominosos ruidos procedentes de más allá de las copas de los árboles.

El guardia bloqueó el paso a Tonya, apuntándola con sus dos armas. El chamán se interpuso rápidamente entre ellos, chasqueando frenéticamente al guardia y apartando las hojas de piedra con su bastón.

-¡Alto! –gritó una voz aumentada sónicamente desde lo alto del cañón que contenía la cueva. Tonya miró hacia arriba. Era un soldado de la UEE con un exotraje. Más y más soldados emergieron de lo alto del cañón. Los osolanos se dispersaron en un pánico desesperado ante la vista de extraños nuevos monstruos con negras armaduras militares-. Está violando la Ley de Oportunidad Justa sección…”

Una roca rebotó en el casco del soldado. Dio un grito, más por la sorpresa que por el dolor, y se agachó para ponerse a cubierto. Algunos de los osolanos empezaron a arrojar lanzar y rocas contra los otros soldados. Las pocas armas primitivas que impactaron rebotaron inofensivamente contra las modernas armaduras.
Tonya aprovechó la distracción para irse lo más rápidamente que pudo y meterse en el espeso bosque.

Oleadas de criaturas alienígenas aterrizadas huían del atronador ruido de motores. Tonya se abrió paso por entre el grueso follaje. Podía oír el sonido de armas paralizantes siendo disparadas en la aldea que había dejado atrás.

-¡Eh, tú! –gritó una voz lejana a la derecha de Tonya. Ella cruzó la mirada con un soldado a varias docenas de metros de distancia. El resto de su unidad estaba en una formación de avance escalonado, dirigiéndose hacia la aldea.

Tonya empezó a “correr”. El soldado hizo lo mismo, moviéndose para interceptarla. A pesar del dolor que sentía en las piernas por el esfuerzo que hacía, Tonya tenía que admitir lo extraño que esta persecución le parecería a un observador: por mucho que se esforzaran, ambos parecían estar moviéndose a cámara lenta.

Una descarga de energía adelantó rápidamente a Tonya y agujereó el troncó de un árbol.

-¡Para, maldita sea! –gritó el soldado mientras apuntaba para un segundo disparo.

Tonya se detuvo. No podía seguir y detestaba que la aturdieran. Se dio la vuelta y alzó las manos. El sudor le corría a chorros por la cara y la placa facial hacía todo lo que podía para mantener el cristal limpio de vaho.
Podía oír a través de los altavoces la dificultosa respiración del soldado. Le costaba hasta mantener el arma apuntada mientras iba acortando la distancia que los separaba.

-Aquí Blackbriar-Dos-Nueve, he detenido al sospechoso –dijo por su comunicador-. Enviando posición…

De repente, el chamán osolano surgió de un salto de la densa maleza. Blandió su bastón y lo dejó caer sobre las costillas del soldado.
-¿Qué demonios? –dijo el soldado, que empezaba a apuntar al chamán cuando el guardia emergió por el otro lado y agarró el rifle. Los tres cayeron al suelo y lucharon por el arma.
El guardia centró su atención en Tonya por un segundo. Ella le dedicó un guiño y una sonrisa y luego se marchó.

Tras cuarenta minutos de máximo esfuerzo y unos cuantos litros de sudor, Tonya llegó por fin al lugar donde estaba escondida la Beacon II. Entró en la esclusa de aire y la selló. La antecámara empezó a presurizarse mientras los respiraderos rociaban niebla de descontaminación. No podía esperar a quitarse el traje ambiental. Probablemente tendría que quemarlo por el sudor.
La compuerta interior se abrió por fin. Tonya entró dentro de su nave. Cogió una toalla y se limpió la cara mientras iba caminando hacia la bodega de carga.

-Hey, Janus, ¿te apetece volar un poco? Podría dormir durante una semana.

Ninguna respuesta. Tonya subió a la cabina. Fue reduciendo el paso hasta detenerse. Había un soldado de la UEE dormitando en la silla del piloto.
Escuchó pisadas sobre el enrejado detrás de ella. Tonya miró hacia atrás. Dos soldados más. Uno se estaba metiendo en la boca unos cuantos de sus aperitivos. El otro soldado apuntaba desmañadamente con su rifle a Tonya.

El soldado en la silla del piloto se despertó con el ruido del soldado comiendo. Estiró los brazos y bostezó antes de fijarse en ella.

-No muevas ni un pelo.

. . . CONTINUARÁ

Original.