New Corvo en ruinas

06.10.2945 TET

por Sean Nazawa

 

NUEVA CORVO, AREMIS, VEGA – Ayer todo parecía indicar que iba a ser un día precioso.

Acababa de empezar un festival musical a primera hora del día en Beecher Park. El aire era sorprendentemente fresco a pesar de estar bien avanzada la estación de verano.

Los trabajadores de Nueva Corvo se disponían a volver al trabajo tras acabar su almuerzo.

Yo había dejado a mi familia en la estación Kiering. Era el cumpleaños de mi suegro, quien vive en Estilia, y mi familia se dirigía allí para darle una sorpresa. Se suponía que yo me reuniría con ellos más tarde.

Mientras caminaba por las ajetreadas calles de regreso a las oficinas del Aremis Post, un ruido sordo se alzó por encima del bullicio de la ciudad. Por todo mi alrededor, los mobiGlas comenzaron a emitir un parpadeante aviso de emergencia. Hacía tiempo que no veía uno de estos. Era un recomendación básica de no realizar ningún vuelo y añadía que no podía dar más detalles por el momento. Apenas había empezado a proseguir mi camino cuando las viejas sirenas de defensa civil empezaron a sonar; su bramido emitió ecos por los altos edificios a lo largo de la calle Mackelroy. De forma instintiva, alcé la cabeza para mirar el cielo.

Lo siguiente que supe fue que acababa de abrir los ojos para hallarme ante una ciudad envuelta en humo y llamas. Un cuerpo, carbonizado hasta quedar irreconocible, parecía devolverme la mirada. Me aparté de él y me di cuenta de que todos los sonidos parecían amortiguados, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo. Me levanté temblorosamente y me di la vuelta para ver qué era lo que me había derribado. Era una Aurora estrellada que todavía humeaba de los impactos de plasma.

Notaba cenizas en mi garganta. Mientras avanzaba tambaleante por la calle Mackelroy, los ojos me escocían por culpa de las espesas nubes de hormigón pulverizado y humo. Con cada paso que daba, el zumbido en mis oídos iba disminuyendo. No tenía ni idea de adonde iba. Tampoco la tenía nadie más. Estábamos desperdigados. Enloquecidos. Asustados.

Los cielos estaban repletos de vanduul. Fuerzas locales de la ley y algunos civiles estaban combatiéndolos encima de la ciudad mientras otros trataban de huir. Por los gritos que daba la gente con sus mobis, esto no estaba pasando solamente aquí. Se estaban produciendo ataques por todo el planeta.

Unidades de la policia recorrieron el barrio reuniendo a los superiviventes y escoltándonos a través de edificios derrumbándose hasta alcanzar un lugar más seguro. El hospital de San Aerik ya estaba a rebosar. Las personas se acurrucaban en el suelo, cubiertas de polvo y sangre. Chillidos y llantos acompañaban las órdenes de médicos y doctores luchando en medio del humo por salvar vidas. Resultaba difícil discernir quien estaba muerto y quien no.

Las paredes del hospital se sacudían con cada explosión ensordecedora. Cada vez que se producía una, yo pensaba que eso era el final. Que iba a morir allí.

Y todo en lo que podía pensar era en mi Casey y la pequeña Natalia y cómo habían dicho que nos veríamos más tarde.

Yo no tengo ninguna formación médica, pero ya no podía soportar limitarme a quedarme ahí sentado. Me levanté y empecé a buscar alguna manera de ayudar. Encontré un estante de comida abandonado. Estaba vacío excepto por un montón de cajas de galletas.

Unas cuantas personas más vieron lo que yo estaba haciendo y me ayudaron a coger todo lo que pudimos. Juntos, nos pusimos a recorrer el edificio y entregar las cajas.

Peter Marsters, un transportista local, estaba sujetándose un brazo fracturado. La tarjeta médica que le habían dado indicaba que era un caso de baja prioridad, pero tú no dirías eso por el aspecto que tenía. Marsters estaba en el tramo final de su ruta de transporte cuando entró en el sistema. Nada más hacerlo, detecto la 2ª Flota concentrándose encima del planeta, cerca del punto de salto Vega-Tíber. Dirigida por el almirante Ernst Bishop, quien lleva bastante tiempo sirviendo en este frente, el grupo de naves incluía un portanaves Bengal, varios destructores y unas cuantas naves capitales más pequeñas.

-He estado muchísimo tiempo en los sistemas fronterizos -me dijo Marsters, frotándose suavemente con su mano sana el corte que tenía encima de un ojo-. De manera que sé distinguir cuándo la Armada está haciendo simulacros. Esto no era ningún simulacro.

Marsters estaba dejando atrás la flota y a punto de entrar en la atmósfera cuando los vanduul iniciaron su asalto.

-Solía pensar que los Bengal se comen a los vanduul como si fueran palomitas de maíz, pero lo que ví salir de la negrura… nunca he visto nada igual.

La soldado Evey Ghora de los UEEM, de 26 años, estaba siendo atendida por tres médicos. Había sufrido múltiples heridas punzantes tras enfrentarse desarmada a un saqueador vanduul en la calle. Una vez lograron estabilizarla, fue capaz de ofrecerme un punto de vista opuesto.

-No suelo decir muchas cosas buenas de la Armada, pero ahí fuera está la gente de Bishop -me dijo, alegrando la cara cuando le ofrecí unas cuantas galletitas de chocolate cardol-. Esos duul no tienen ninguna oportunidad.

Tres horas más tarde, las explosiones cesaron. El personal de seguridad del hospital vigilaba las puertas, sin estar seguros de si el silencio anunciaba algo bueno o malo. Finalmente, un destacamento de la policía local llegó con noticias:

La fuerza principal vanduul había sido rechazada. El almirante Bishop había ganado.

Cuando llegó la mañana, todavía había incendios ardiendo descontrolados. Las comunicaciones no funcionaban, por lo que seguía sin poder contactar con mi familia. Oficialmente, todo eran números: número estimado de muertes, qué cantidad de personal era necesaria para las operaciones de búsqueda y rescate, y el verdadero símbolo de la devastación: cuántos créditos se habían perdido en daños. Todo lo que fuera por evitar poner rostros al horror que todos nosotros habíamos sufrido.

El almirante Bishop había descendido al planeta para inspeccionar personalmente la devastación. Parece ser que el héroe de Vega rechazó hacer ningún comentario.

Sin saber todavía nada de ningún tren en dirección a Estilia, acabé de vuelta en el San Aerik mientras esperaba a que los Equipos de Intervención en Desastres de la UEE anunciaran el protocolo para contactar con parientes desaparecidos. Dentro del edificio, me topé con uno de los médicos, que todavía no había dormido. El médico me informó que el estado de salud de la soldado Ghora había empeorado súbitamente y que había fallecido por culpa de sus heridas a primera hora de la mañana.

Dicen que podían haber sido mucho peor. Que si la flota del almirante Bishop no hubiera rechazado a los vanduul, la destrucción habría sido mucho mayor.

No sé si soy capaz de creerme eso.

Original. Revisión por Frost.