Orbital Supermax: Capítulo 01

ORBITAL SUPERMAX

CAPÍTULO 1

La psicología es la guerra. Entras en una habitación, algunas veces por elección propia, otras porque te han pillado intentando colar en la enfermería de los presos suministros médicos del dispensario, y te sientes frente a un enemigo que hará todo lo que pueda por meterse dentro de tu cabeza.

– ¿Es necesario que le recuerde… – preguntó Cayla Wyrick, mi psicóloga – que la no asistencia a estas sesiones supone una violación del acuerdo al que usted llegó con el capitán Fieras para evitar acabar dentro de una celda de cuatro por cuatro?

Wyrick tenía un cuello largo y un rostro delgado pero bastante atractivo que la había convertido en la contratista civil favorita de todo el mundo. Llevaba muy corta su cabellera rubia, pero lucía muy elegante, y su maquillaje siempre estaba inmaculado, como si estuviera retando a cualquiera de los monos enjaulados en OSP-4 a intentar algo. Era joven para ser terapeuta, sobre todo una apostada en este rincón apartado del sistema Banshee.

– No entiendo por qué Fieras insistió en que asistiera a estas sesiones. Soy un contrabandista, no un enfermo mental.

Wyrick cruzó las piernas y se recostó en su silla.

– Si no fueras más que un contrabandista, estoy segura de que se habría limitado a despedirte. O meterte en una celda. Pero hay antecedentes a tener en cuenta, ¿verdad?

Tomé un sorbo de agua helada y dejé el vaso sobre una mesa cercana. Detrás de Wyrick había una enorme videopantalla mostrando un panorama de estrellas. Dentro de un par de horas, Lorona, el planeta en cuyo punto de Lagrange estábamos, aparecería por la esquina inferior derecha de la pantalla.

Por supuesto que ella había leído mi expediente. Probablemente hasta habría visto los vídeos de la ardiente explosión que se había cobrado la vida de mi hermano.

Me molestaba que Danny hubiera muerte de una forma tan pública. Si hubiéramos sido mineros en algún cinturón de asteroides sin nombre, a nadie le habrían importado las circunstancias. Pero habíamos sido pilotos, los dos mejores de la academia, y cuando él murió me vi obligado a aceptar la medalla que debería haber sido suya, porque yo siempre había estado justo por debajo de él en las tablas de puntuaciones. Ese único incidente se había convertido en una mina de oro para los loqueros que había visto en los años que habían transcurrido desde entonces. Cualquier cosa que yo hiciera acababa siendo descrita como síndrome del superviviente, o síndrome de desaparición del mellizo, o cualquier otro tipo de trastorno de personalidad que se les ocurriera. Y ahora que me habían pillado in fraganti con la mano dentro del tarro de las galletas, Fieras y Wyrick estaban haciendo todo lo posible por llamarlo como algo distinto de lo que realmente era: un delito fruto de la codicia.

No quería tener que aguantar ni un solo minuto más de terapia. Prefería pasar el tiempo en mi celda.

– ¿Sabíais que ese colorete con el que vas maquillada es contrabando? Los chicos usan ese pigmento para tatuajes carcelarios. O para maquillarse. Ya sabes, hay de todo.

– Creo que hemos terminado por hoy – contestó ella, pulsando unas cuantas teclas de su bloc de notas y apagando luego la pantalla.

Un breve destello, como si alguien hubiera encendido una cerilla en un cuarto oscuro, atrajo mi atención a la pantalla detrás de ella. Una de las estrellas empezó a moverse. Su tamaño fue creciendo del de una cabeza de alfiler al del ojal para un botón, con su velocidad aumentando exponencialmente hasta que salió disparada hacia la esquina superior derecha de la pantalla y desapareció de la vista. Todo el proceso había tomado quizás unos cinco segundos, y me llevó un poco más de tiempo darme cuenta de qué era lo que estaba viendo.

Abandoné mi silla de un salto y me arrojé contra Wyrick. Mi cuerpo impactó contra su hombro y volqué su silla. Un instante después la estación se estremeció violentamente y las luces parpadearon antes de apagarse. Un chorro de aire a una temperatura infernal arrancó la tapa de la salida del aire acondicionado y de su interior empezaron a brotar llamas que iluminaron brevemente la sala a oscuras con tonalidades de naranja. Las luces de emergencia situadas en la base de cada pared se encendieron y eso nos permitió volver a ver, aunque a duras penas.

Me aparté rodando de encima de Wyrick y me puse de rodillas. Para mi sorpresa, no dijo ni una palabra de queja por haberla derribado al suelo.

– ¿Qué ha pasado? – fue lo que dijo.

– Hemos recibido el impacto de un misil – contesté -. Uno, como mínimo. Por alguna razón, nuestras defensas automatizadas no se han activado para detener el ataque.

El color de las luces de emergencia pasó de rojo a amarillo y empezó a destellar siguiendo un patrón que indicaba una puerta. Una voz generada por ordenador pareció hablar desde todas partes a la vez con un tono inapropiadamente inofensivo:

– Teniente Cayla Wyrick, como el oficial de mayor rango a bordo de Orbital Supermax Penitenciaria 4, está usted ahora al mando. Por favor, siga las luces amarillas hasta el Puente de Mando Auxiliar.

– ¿Teniente Wyrick? – contesté con sorna al ordenador -. ¡Ese es su grupo salarial, no su rango!

El salario de los contratistas civiles se regía por la misma escala que el de los militares. Wyrick era obviamente una OS-9, lo que significaba que recibía el mismo salario que un teniente. Pero eso no equivalía a ser un teniente. No podía dar órdenes a nadie, ni tan siquiera exigir que se cuadraran en su presencia. El ordenador había cometido un error, y no me llevo mucho tiempo comprender qué era lo que significaba eso. Habíamos sido atacados con precisión quirúrgica. Todas las personas con rango de oficial ya estaban muertas.

Wyrick arrojó su bloc de notas contra el escritorio y tecleó sobre el paisaje estelar hasta que el panorama se desvaneció y fue reemplazado por un mapa de la estación. Las secciones en verde estaban intactas, las amarillas indicaban que en esa cubierta se había producido una brecha en el casco que no era letal, y el rojo significaba que podíamos eliminar a la gente de esa sección del presupuesto para alimentos de la prisión. Había un montón de rojo.

Los dedos de Wyrick danzaron por la videopantalla.

– Mando, Ingeniería, Sección Médica… están todas fuera de línea.

Me uní a ella ante la pantalla.

– ¿Puedo?

Wyrick se quedó mirándome por un momento, y luego tecleó de mala gana sus códigos de invalidación de seguridad. Sin perder ni un instante, volví a poner en pantalla el panorama de estrellas y amplié todo lo que pude el lugar de donde habían surgido esos misiles. No me resultó difícil hallar un pequeño yate de placer que había sido modificado chapuceramente para poder llevar unos enormes afustes de misiles. Había unos cuantos cazas cerca volando en formación cerrada. Una nave más grande acechaba detrás de ellos, pero los límites de la ampliación que me proporcionaba la estación sólo me permitían obtener una imagen pixelada y no pude identificar de qué se trataba. De repente, la imagen quedó oscurecida por algo que era tan grande que también se veía pixelado. Un caza, quizás, pasando muy cerca de la estación. Un caza que tampoco pertenecía a la UEE.

Probé los canales de emergencia, pero todo lo que se escuchaba por ellos era el siseo apagado de la estática por todas las longitudes de onda. Estábamos siendo interferidos.

– Piratas. No sé qué es lo que están haciendo aquí, pero no puede ser algo bueno.

– ¿Es una fuga de la prisión? – preguntó Wyrick.

– Podría ser. Pero lo normal sería que cualquier persona por la que valiera la pena desplegar esta pequeña flotilla habría sido enviada directamente a Kellog VI – dije, refiriéndome al infame planeta prisión. Las instalaciones como OSP-4 eran prisiones por derecho propio, pero también puntos de transferencia, centros de detención temporal donde se podía mantener encerrados a los prisioneros de alto riesgo procedentes de otros sistemas hasta que llegara el momento de trasladarlos a Kellog VI -. Podría ser una simple incursión. Cuando una jauría pirata crece demasiado, ya no pueden mantenerse por sí mismos saqueando de tanto en tanto a algún carguero ocasional. Una instalación como ésta puede convertirse en un objetivo tentador. Los prisioneros no son más que un beneficio añadido. O en prescindibles, según el humor de los piratas.

– ¿Pero no tenemos defensas?

– Claro que sí – contesté. Como el anterior oficial de intendencia de la prisión, de todas las personas que seguían con vida en la estación, yo era quien estaba mejor situado para enterarme de su estado actual. Seleccione la imagen de la cubierta de vuelo. Los escombros flotaban por el aire. Una oscura silueta con forma humana avanzaba lentamente por el entorno de micro-gravedad. Un escaneo rápido mostró una brecha irregular en el casco exterior. La descompresión había sido tan rápida como violenta, pero los dos cazas de la estación seguían posados en sus respectivas zonas de aterrizaje -. Parece que no hemos ofrecido una gran resistencia.

Una vibración sorda seguida por un golpe despertó ecos por toda nuestra cubierta. Sentí cómo mi estómago subía a medida que la gravedad interna fluctuaba. El siseo ominoso del aire escapándose por los respiraderos era un indicio de que habíamos sufrido una cantidad de daños superior a la que los sistemas de la estación eran capaces de remendar, y eso significaba que dentro de poco respirar iba a ser difícil.

– Hay que largarse de aquí – dije.

De mala gana, Wyrick me siguió por la puerta y a lo largo del pasillo.

Los daños eran mayores de lo que me había parecido. Del techo caían cables como su fueran enredaderas de la selva, soltando chispas que caían al suelo. El aire olía a ozono y caucho quemado y era incómodamente caliente, como si hubiera un incendio en algún sitio. Los pasillos por los que pasamos estaban vacíos y a oscuras, excepto por el ocasional destello y chisporroteo del cableado del techo. El ordenador nos estaba guiado hacia el Centro de Mando Auxiliar, pero yo tenía otro plan en mente. Me encaminaba hacia el bloque de Máxima Seguridad de la prisión.

– ¿Qué estamos haciendo aquí? – pregunto Wyrick. Teniamos delante una puerta metálica de color rojo con un teclado en su centro.

– Los sistemas de comunicaciones no funcionan y eso quiere decir que no tenemos ninguna forma de enviar una señal de socorro. A menos que tengamos mucha suerte y alguien nos envíe una transferencia de prisioneros no programada, el plazo más corto en el que podemos esperar recibir ayuda es de dos semanas. Quedarnos aquí esperando no es una opción – dejé que mi tono de voz transmitiera un significado adicional -. Sobre todo para ti.

Wyrick se removió incómoda.

– Hay 1.600 prisioneros y 200 tripulantes a bordo de esta instalación. No podemos abandonarlos – insistió.

– Tú eres una terapeuta y yo soy un oficial de intendencia – repliqué conteniendo mi enfado -. Ninguno de los dos tiene madera de héroe. Todavía hay los dos cazas en la cubierta de vuelo. Podemos utilizarlos para salir de esta estación y avisar a la UEE.

Sin dar muestras de estar convencida, Wyrick se quedó mirando la puerta.

– De acuerdo, pero entonces, ¿qué estamos haciendo aquí?

– Conseguir a alguien con madera de héroe – contesté con una sonrisa en mi cara.

Cuando empecé a “extraviar suministros en mi beneficio”, aproveché para hacer unas cuantas investigaciones en caso de que alguna vez necesitara que alguien de dentro me echara una mano para desaparecer con rapidez de este sitio, y todos los documentos oficiales a los que había podido echar mano decían que el tipo al que me proponía liberar era con diferencia el mejor piloto que había a bordo de esta instalación. Era un ex-militar, por lo que casi todos los documentos que había encontrado sobre él habían sido censurados, pero encontré una lista de las medallas que había recibido, y prácticamente las únicas que le faltaban eran las que recibías por encajar un disparo.

Abrir la puerta de la sección de Máxima Seguridad fue como abrir un horno. Un chorro de aire sobrecalentado me abrasó la cara y aparté la mirada de forma involuntaria. No había llamas visibles en el pasillo, pero algunos de los frontis de plástico en las paredes estaban hinchados y burbujeantes.

– Dame tu tarjeta – dije haciendo un gesto con la mano.

– Nylund – dijo Wyrick -. No puedes…

– No te preocupes – le interrumpí señalando con la cabeza el pasillo -. Pienso volver. No voy a escapar por ahí.

– Eso no es lo que quería decir – replicó Wyrick, pero me dio su tarjeta de todas formas.

Todos mis instintos me decían que no siguiera adelante. El calor era demasiado intenso, el aire era casi irrespirable, y todo eso. Les hice caso omiso. Tal vez hubiera podido encontrar a otro piloto, pero el tipo que buscaba era el mejor, y yo estaba seguro de que cualquier otro sólo conseguiría que acabáramos todos muertos. Caminé lo más agachado que pude, avanzando por el lado del pasillo opuesto al que tenía el plástico burbujeando, pero aun así me resultó casi insoportable. Dejé atrás dos puertas y luego pasé la tarjeta de Wyrick por la siguiente.

El panel se iluminó de color verde y la puerta se abrió deslizándose. Estaba a punto de averiguar qué tipo de persona era el individuo por el que estábamos arriesgando nuestras vidas para liberarlo.

Continuará…

Original.

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