Orbital Supermax: Capítulo 02

ORBITAL SUPERMAX

CAPÍTULO 2

El incendio en el bloque de Máxima Seguridad se propagaba a través de los conductos de cableado en el falso techo, ardiendo con tanta intensidad que los frontis de plástico en las paredes se empezaban a derretir. El espeso humo negro que invadía el pasillo me recordaba a tinta extendiéndose lentamente por el agua.

Wes Morgan, el hombre al que habíamos venido a liberar, acercó su cara a la mía. Se había arrancado una manga de su uniforme de presidiario, la había empapado en su pequeño fregadero, y se la había atado sobre la parte inferior del rostro. Me acercó la otra manga.

- Ahí arriba – me dijo, señalando al techo – hay vapor sobrecalentado. Ahí abajo hay humo de productos químicos que te matará si lo respiras. Así que mantén la cabeza gacha, pero no demasiado – dicho esto se dio la vuelta para seguir avanzando por el corredor.

- Tenemos que llegar a la cubierta de vuelo. Es la única manera de salir de la estación- dije, señalando en la dirección donde Cayla Wyrick nos estaba esperando. La prisión estaba en modo de cuarentena y ella era la única persona que poseía los códigos necesarios para poder llegar a la cubierta. No teníamos tiempo dar rodeos. Yo iba armado con una pistola aturdidora de cañón corto que había cogido de un armario fuera del bloque, y siempre me quedaba la opción de dispararle con ella, pero necesitaríamos su ayuda para poder atravesar el cerco de los piratas.

- No nos vamos a marchar sin Asari – respondió bruscamente.

- ¿Quién es Asari? –pregunté, pero Morgan ya había empezado a alejarse por el corredor en dirección a la siguiente celda. Yo estaba seguro de haber oído antes ese nombre, pero no recordaba dónde, de manera que lo seguí a regañadientes, medio agachado siguiendo su consejo. Aunque no veía llamas por ningún sitio, el aire era infernalmente caliente y me abrasaba los pulmones cuando respiraba, incluso a través de la ropa mojada.

- Ésta es- dijo Morgan a través de su tela protectora. Se había parado ante la única otra celda ocupada de todo el bloque. Aparte de una serie de números por encima de la puerta, no había ningún otro signo de identificación.

Wyrick me había dado su tarjeta de identificación que me permitiría abrir cualquier puerta de la estación. Pero esto era el bloque de Máxima Seguridad. Aquí era donde la UEE encerraba a los prisioneros que no quería que nadie pudiera encontrar. Individuos que habían cometido crímenes atroces, o que se sabía que estaban afiliados con piratas, o…

Entonces recordé quién era Yusaf Asari.

- No pienso abrir esa puerta – dije con firmeza. Asari estaba acusado de intento de genocidio. Era un terrorista tevarin que había soltado un arma vírica en una de las colonias del sistema Geddon. Su intención había sido que la infección se extendiera mediante los transportes coloniales que debían regresar al territorio de la UEE. La Fiscalía se había enterado del plan y puesto en cuarentena la colonia antes de que el virus pudiera extenderse, pero el número de muertes en la superficie había sido horrendo. Asari era un monstruo en todos los sentidos de la palabra.

- Podemos quedarnos aquí discutiendo, o puedo quitarte la tarjeta de identificación y abrir la celda yo mismo. Dejar que te quedes con la tarjeta no es más que una muestra de cortesía por mi parte.

Morgan sabía que yo estaba armado, pero no parecía importarle. Pensé que tal vez lo único que quería era evitar que Asari muriera en el incendio. Si ese era el caso, podía transigir un poco.

- Quiero que me garantices que no va a salir de la estación.

- No le ayudaré a salir de la estación – contestó Morgan tras pensárselo unos instantes -. Lo que haga por su cuenta es cosa suya.

Eso era lo mejor que yo iba a poder conseguir.

Asari no salió inmediatamente de su celda. Era corpulento para ser un tevarin, y eso era decir mucho. Tenía también cicatrices en su rostro y parte superior de los hombros, cicatrices que eran claramente visibles debido a la blanca camisa sin mangas que vestía.

- Morgan – dijo con una voz pastosa -. No te pareces en nada a cómo te imaginaba.

- Tu eres clavado a como sales en las noticias – replicó Morgan -. Considera ésto un rescate.

La mirada de Asari pasó por encima de mí como si yo ni siquiera estuviera allí.

- No puedo unirme a ti – dijo -. Mis hermanos tevarin están aprisionados en una cubierta inferior. Los encontraré y luego nos uniremos a los invasores si quieren llevarnos con ellos. Si no quieren, entonces los mataremos.

- Entiendo – dijo Morgan. Le tendió una mano, que Asari estrechó -. Ha sido un placer.

- Volveremos a vernos, Wes Morgan, si no antes de la muerte, entonces después.

Con eso, el gigantesco tevarin se marchó por el corredor y desapareció en las entrañas de la prisión.

- Todavía no vamos a ir a la cubierta de vuelo – dijo Morgan cuando volvimos a estar con Wyrick. Siguió hablando antes de que ni ella ni yo pudiéramos protestar -. Esa pistola aturdidora de juguete que tienes no va a servir de nada si nos topamos con la gente responsable de haber superado las defensas de una Orbital Supermax, y que me aspen si me enfrento a ellos armado con nada más que mi brillante personalidad.

- Sin armas – dijo Wyrick con firmeza.

Morgan la miró de arriba abajo.

- Eres una chica muy dulce. Y también bastante maja. No quieras saber lo que esos tipos te harán si tienen la oportunidad – Morgan dejó que esa macabra idea colgara en el aire por un momento antes de continuar – ¿Sabes quién soy?

Wyrick había palidecido, pero asintió con la cabeza.

- ¿Has leído mi expediente?

- Kellog IV quería que te hiciéramos un perfil psicológico antes de transferirte – dijo Wyrick tras otro gesto de asentimiento -. Yo iba a realizarlo en algún momento de la semana que viene.

- Bien. Entonces ya sabes que no soy un psicópata. Las armas no son más que una herramienta de negociación. Si no me veo obligado a tener que disparar una, no lo haré.

Wyrick se quedó observándolo por un momento, y luego asintió por tercera vez. Lo curioso del caso era que a mí no me había parecido que lo que la hubiera convencido hubiera sido la amenaza de Morgan. Ella era una loquera, y las loqueras son buenas a la hora de tomarle la medida a la gente. Supongo que ella vio algo en él que la había convencido de que estaba diciendo la verdad.

Por desgracia, nosotros no habíamos sido las primeras personas dentro de la estación que habían pensado en la armería. Nos arriesgamos a utilizar el ascensor, bajando dos niveles, y luego nos abrimos paso por un laberinto de pasillos. A medida que nos íbamos acercando, empezamos a oír ruidos de golpes de metal contra metal, aullidos y maldiciones. Su origen resultó evidente cuando dimos la vuelta a una esquina. Había un prisionero tan delgado que parecía que tuviera un torso cóncavo apuntando una pistola parcheadora contra una compuerta sellada. El arma que empuñaba, utilizada normalmente para sellar agujeros en el casco hechos por micro-meteoritos, lanzaba chispas por donde entraba en contacto con el metal. Había marcas de quemaduras ennegreciendo una amplia sección de la compuerta donde los anteriores intentos por abrirla habían fallado.

Un prisionero gigantesco al que yo conocía como Albus Cronock aguardaba junto a un grupo de hombres. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y supervisaba la operación con los ojos entrecerrados. En una pared cercana había apoyada un arma arrebatada a un guardia muerto, al alcance de la mano.

- Última oportunidad para dar la vuelta y dirigirnos a la cubierta de vuelo – propuse con nerviosismo.

- Nos quedamos – contestó Morgan. Me tendió la mano – Dame la pistola.

Vacilé, pero para mi sorpresa, Wyrick estaba de acuerdo con él.

- ¿Crees que supondrá alguna diferencia quién la tenga?

Tal vez no fuera a suponer ninguna diferencia, pero su peso sobre mi cadera era reconfortante, y no me hacía ninguna ilusión renunciar a mi única arma. Tan pronto se la hube entregado, Morgan se acercó a uno de los paneles de control que había instalados en la pared, aplastó la tapa de un puñetazo, y luego quitó un cable de su interior. Sacó el cargador de la pistola aturdidora y le hizo algo con el cable que hizo que saltaran chispas. Repasó brevemente su obra, y cuando pareció llegar a una conclusión satisfactoria, volvió a meter el cargador dentro de la pistola.

- Ya está. Ahora es letal – dijo levantando el cañón del arma y apuntándolo hacia nosotros.

- Bueno – dije, mirando a Wyrick -. No ha tardado mucho.

- Todo esto es parte del plan, ¿verdad, Morgan? – preguntó Wyrick con optimismo.

- Es parte de un plan, claro – respondió Morgan con un encogimiento de hombros -. ¿Sabes ese consejo que te dan durante tu primer día en prisión? ¿Busca al hijo de puta más grande y malo y empieza una pelea? Eso es precisamente lo que vamos a hacer.

A continuación nos hizo un gesto con el arma de que siguiéramos adelante.

- Ahora, andando.

Al tipo con la pistola parcheadora le llevó unos cuantos segundos darse cuenta de que los demás prisioneros se habían callado, pero cuando lo hizo bajo la herramienta, se levantó sus gafas de seguridad, y miró a Cronock. El corpulento prisionero se apartó de la pared, agarró con la punta del dedo de su pie la culata del fusil del guardia, y luego lo levantó en el aire, donde lo agarró con las manos. A medida que avanzaba hacia nosotros, varios de los demás prisioneros lo seguían tras él.

- Bueno, bueno, Cayla Wyrick. Encantado de ver tu cara bonita. ¿Quiénes son tus dos amigos?

Debería haberme dado cuenta de que todo el mundo conocía a la loquera de la prisión. Morgan me llamó la atención. Agarró la pistola con más fuerza me hizo un gesto con la cabeza en dirección al tipo delgaducho con la pistola parcheadora, como si me estuviera indicando que me lanzara a la carga contra él si las cosas se ponían mal. Me encogí de hombros y simulé no haberle entendido. Soy tan valiente como el que más, pero una pistola parcheadora sirve para fundir juntas piezas de metal. De ninguna manera iba a arrojarme contra el cañón de una de ellas.

- Es doctora Wyrick – dijo la interpelada -. Era doctora Wyrick la primera vez que nos conocimos, y fue doctora Wyrick la semana pasada cuando estabas llorando en mi despacho como un crío porque tu novia se había cansado de esperarte y se había liado con su jefe.

Cronock parpadeó como si acabaran de darle un puñetazo, y luego lanzó miradas asesinas a izquierda y derecha.

- ¿Llorar? ¿Yo? Me habrás confundido con otro – se encogió de hombros y siguió hablando con un tono de voz más suave, casi conciliador -. ¿No se supone que hay algún tipo de confidencialidad entre doctor y paciente, o algo así?

Pero Wyrick no había terminado. Miró al tipo que empuñaba la pistola parcheadora.

- Hola, James. Me sorprende verte aquí. ¿Qué crees que hará tu hermana cuando te añadan veinte años a tu sentencia por intento de fuga? ¿Quedarse con Slade y terminar en el hospital? Tú eres el que iba a salvarla de todo eso, ¿no?

“James” enrojeció y luego dejó la pistola parcheadora en el suelo.

- Lo siento, Cronock, no voy a dejar que eso suceda.

- ¡Y tú! ¡Mick Brown! ¿No ibas a…?

Esta vez el prisionero en cuestión ni siquiera esperó a que terminara la frase.

- Vale, vale. Lo has dejado claro. No voy a tocarte ni un pelo de la cabeza.

Yo estaba atónito. Wyrick había logrado neutralizar un grupo formado por algunos de los individuos más violentos de la Supermax. Sólo con palabras.

- ¿Hay alguien a bordo del que ella no esté enterada de sus trapos sucios? – me preguntó Morgan. Tenía los ojos abiertos como platos.

Sólo puede encogerme de hombros.

Wyrick avanzó dando zancadas hasta quedarse justo en medio del grupo de prisioneros. Incluso llevando tacones, la cabeza no le llegaba a la altura de los hombros de los demás, pero eso no impedía que pareciera poseerlos en cuerpo y alma.

- Tengo noticias para vosotros. Soy la nueva alguacil de esta instalación. Eso significa que tengo plenos poderes para ofrecer libertad condicional y recomendar reducciones de condena a cualquier persona que nos ayude – Wyrick miró alrededor, esperando a que sus palabras calaran hondo. Entonces sostuvo en alto su tarjeta de identificación -. Y dado que soy la alguacil en funciones, tengo acceso a la armería.

Morgan parpadeó, como si hasta entonces sólo hubiera estado escuchando a medias.

- Espera un segundo… – empezó. Yo también tartamudeé algo. ¿Íbamos a darles armas? Pero mis palabras quedaron ahogadas por el clamor de los vitores que soltaron los prisioneros. Entonces Wyrick abrió la puerta y nos encontramos en el centro de un montón de locos jubilosos armados hasta los dientes.

Dado que lo único que les impedía echarnos por la esclusa de aire más cercana era el convencimiento absoluto de Wyrick en divulgar información confidencial, me aseguré de pillar un fusil de asalto P4SC. Si se les ocurría ir a por mí, me encontrarían armado.

Continuará…

Original.

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