Orbital Supermax: Capítulo 03

ORBITAL SUPERMAX

CAPÍTULO 3

Estar al mando de un ejército de prisioneros fugados no era ni la mitad de glorioso de lo que que me habría imaginado. Y tampoco es que hubiera llegado a imaginármelo alguna vez. Pero cuando te han encomendado vigilar a dichos prisioneros, tu imaginación se puede desbocar un poco. Ahora, gracias a un ataque pirata que había matado a todos los oficiales de alto rango a bordo de la estación, el ordenador había puesto a la loquera de la prisión al cargo de todo, y yo, como su principal paciente, había acabado recibiendo una posición de pseudo-autoridad.

Mi uniforme azul de oficial suponía un abrupto contraste en comparación con el naranja carcelario que vestían el resto de personas en nuestro grupo, a excepción de Cayla Wyrick, la terapeuta mencionada anteriormente. Yo ya estaba atrayendo la ocasional mirada de curiosidad, y sabía que tan pronto como estos tipos se aburrieran de las nuevas armas que les habíamos conseguido del arsenal, las cosas iban a ponerse feas. El truco para seguir con vida era mantenerlos ocupados, y Wes Morgan, el mercenario que habíamos rescatado de la sección de Máxima Seguridad, estaba intentando hacer precisamente eso.

Morgan, Wyrick y Cronock estaban acurrucados en torno al bloc de notas de Wyrick, justo a la salida del montacargas. El mercenario había demostrado ser un hacker experto y utilizado lo que era en esencia un juguete de oficina para acceder a la banda ancha de la prisión. Imágenes de la cubierta de vuelo, recién parcheada, pasaban por la pantalla.

– Perdió todo el aire en el ataque inicial – dijo Morgan -. Parece que los piratas que han atacado la estación la han parcheado y restablecido la gravedad.

Podíamos ver a unos cuantos piratas deambulando en grupos, mientras que en una sección de la cubierta de vuelo se habían encendido las luces de aterrizaje y había un enorme carguero maniobrando a través del escudo atmosférico azulado. El vehículo tenía el aspecto de haber sido ensamblado a partir de piezas de otras naves. Por encima de la proa había extendido un gran cañón de partículas de montura fija, pintado para que se pareciera al cuerno de alguna bestia salvaje. Por desgracia, la ilusión de ferocidad quedaba rota por dos alas desproporcionadamente pequeñas, que hacían que la nave no se pareciera tanto a un depredador como a un pavo con un cuerno en la cabeza.

– Son los Perros – dijo Morgan sombríamente. Señaló con el dedo unos grafitis pintados en el costado del carguero.

– ¿Los Perros? – pregunté.

– Los Perros Nova. Mal asunto. Les sobran las armas y les faltan escrúpulos. También tienen un montón de dinero, para ser piratas.

– Son caníbales – murmuró Cronock -. No nos dejarán unirnos a ellos.

Cuando vio la mirada que yo y Wyrick le dirigimos, se encogió de hombros.

– Si esperabais lealtad, sois más idiotas de lo que pensaba.

– Podemos intentar una maniobra de flanqueo – dijo Morgan, ignorando el comentario. Lo más probable es que hubiera dado por supuesto desde el principio que Cronock cambiaría de bando a la primera oportunidad que se le presentara. Morgan cambió el ángulo de la cámara en la pantalla del bloc de notas -. Pasar sigilosamente por detrás de esos cazas y golpearles antes de que sepan que estamos ahí.

Cronock eructó ruidosamente.

– ¿”Maniobra de flanqueo”? Estos chicos no son soldados. Con esta panda tendrás que usar palabras sencillas y hablar lentamente.

– ¿Podríamos negociar con los piratas? – sugirió Wyrick.

Morgan siguió hablando como si Wyrick no hubiera dicho nada.

– Tus hombres no durarán ni cinco minutos en un ataque directo contra los Perros Nova.

– Sólo hay una manera de averiguarlo – Cronock dio un manotazo al botón del montacargas y voceó a sus hombres para que entraran en él. Yo me quedé con Wyrick detrás de todo, tratando de averiguar cómo había acabado metido en esta situación. Si hubiera querido luchar contra piratas, podría haberme dedicado a pilotar cazas de combate para la UEE. Cuando me gradué ya me ofrecieron mi lista de destinos a elegir. Claro que la muerte de David me había convencido de trabajar en cualquier sitio que no fuera una cabina de pilotaje.

La seguridad en OPS-4 era estricta, y la cubierta de vuelo había sido diseñada para que resultara angosta y claustrofóbica. El montacargas daba a una esclusa de aire que servía además como zona de fuego cruzado. Los guardias apostados en la cubierta de vuelo podía disparar contra ella desde un aspillera vertical en la pared, y yo sabía que había cerca del techo había un emisor subsónico que podía activarse para aturdir a todo el mundo dentro de la esclusa. Por suerte, teníamos con nosotros a Wyrick, y sus códigos de seguridad nos permitieron desactivar tanto las defensas de la esclusa como la alarma del montacargas.

A los hombres de Cronock les resultó tarea sencilla acabar con los pocos piratas que había apostados ante las puertas del montacargas. Este pequeño éxito fue interpretado como una señal de que su plan era el mejor, y Cronock avanzó a grandes zancadas hacia la cubierta de vuelo como si fuera la cresta de una ola color naranja que disparaba plomo en todas direcciones. Los pocos piratas que había desperdigados por la cubierta de vuelo se apresuraron a ponerse a cubierto detrás de pilas de cajas y devolvieron los disparos desde ahí.

– Quedaos aquí – dijo Morgan en voz baja, apoyando una mano sobre mi pecho. Miró rápidamente alrededor, valorando las posiciones ocupadas por los piratas -. Aquí hay algo raro.

La pequeña columna de piratas que acababan de empezar a desembarcar del carguero blindado estaban mejor armados y entrenados que el resto. En seguida pusieron a cubierto de los disparos a un hombre corpulento vestido con un traje negro, y le hicieron volver a subir la pasarela. El hombre parecía negarse a ello, intentando echar a un lado a sus lugartenientes.

– ¡Tirad vuestras armas! – rugió a sus subordinados, y yo pude vislumbrar un destello de cromo donde debería haber estado su mandíbula. El resto de su figura estaba enormemente musculado, tanto que su cabeza parecía cómicamente pequeña situada entre sus dos gigantescos hombros. Tenía una larga melena negra cuyo color coincidía con el traje de vuelo que vestía. El símbolo que llevaba en el pecho mostraba una calavera dentro de las mandíbulas de una calavera más grande, lo que tenía cierto sentido macabro para el líder de una banda de caníbales.

El pirata avanzó directamente hacia la parte más intensa del tiroteo, empujando hacia abajo los cañones de las armas de sus camaradas.

Cronock, sorprendido y confundido por la repentina rendición, debió pensar que no tenía otra opción que dejar de disparar él también, así que ordenó a sus hombres que interrumpieran sus disparos.

– ¿Quién es ese? – preguntó Wyrick en voz baja.

Morgan apretó la mandíbula antes de contestar.

– Martin Kilkenny. Probablemente le diagnosticarías un complejo de dios. Se hizo infame por un ataque que dirigió contra una nave esclavista, solo que en lugar de liberar a los esclavos, él y su tripulación se los comieron, y luego vendieron la nave. Tenemos problemas.

Cronock no pareció reconocer a Kilkenny, o si lo hizo, no se sintió intimidado.

– Estamos aquí por vuestras naves. Dadnos sus códigos si queréis seguir vivos.

– ¡No te oigo! ¡Tendrás que venir más cerca! – gritó Kilkenny, poniendo una mano detrás de su oreja.

– ¿Habéis visto eso? – nos preguntó en voz baja Morgan a Wyrick y a mi mientras Kilkenny estaba hablando. Hizo un gesto con la cabeza hacia los cazas.

Yo seguí su mirada. Los dos vehículos que me señalaba eran los cazas Hornet avanzados de la OSP-4. Tras unos segundos me fijé en un cambio en la iluminación. ¡Había alguien dentro del caza! Mis ojos se desplazaron al segundo Hornet. El ángulo era demasiado oblicuo para que yo pudiera ver el interior de la carlinga, pero estaba seguro de que también estaba ocupada. Y todavía peor, el grupo de Cronock se había movido justo dentro del ángulo de disparo de las armas de la nave.

– ¡Tenemos que avisarlos! – dijo Wyrick alarmada.

Morgan se quedó mirándola como si a la psiquiatra le acabara de brotar una segunda cabeza.

– ¿Qué es lo que crees que esos prisioneros nos harán cuando ya no les hagan falta tus códigos para fugarse de la estación? Esperaremos aquí. No importa qué grupo pierda, nosotros ganamos.

– ¡No podemos quedarnos aquí viendo como los masacran! – protestó Wyrick desesperada. Casi me dio pena. Me había olvidado de que ella conocía a todos y cada uno de esos hombres con la intimidad que sólo podía alcanzar un psicólogo. Conocía sus pasados, sus esperanzas, sus sueños… su trabajo era sacar a la luz lo mejor de ellos con la esperanza de poder ayudarles a rehabilitarse. Morgan y yo teníamos el lujo de no ver en ellos nada más que una multitud de lunáticos fuertemente armados vestidos con monos de color naranja. Podíamos quedarnos viendo cómo los masacraban a todos sin pestañear. Wyrick, no.

– El que Kilkenny mate a Cronock sin luchar no nos ayuda en nada – señalé.

– Está bien – contestó Morgan meneando la cabeza -. Está bien. Estad callados y seguidme.

Avanzamos con la cabeza gacha y corrimos hasta el caza más cercano. Morgan se agachó debajo del fuselaje y nos hizo señas de que le siguiéramos. Al otro lado había una pila de cajas que mostraban las marcas de disparos láser. Había dos piratas cerca que yacían muertos sobre el suelo de la cubierta.

– Presta atención – dijo Morgan, poniendo un cuchillo dentro de mi mano. Me señaló una delgada manguera de goma que colgaba del tren de aterrizaje delantero del caza -. Esa manguera lleva el fluido hidráulico para el tren de aterrizaje. Cuando te lo diga, quiero que la cortes. Vigila que no te caída nada de líquido en las manos. Es tremendamente venenoso.

Dio un vistazo por delante del morro del caza para comprobar la posición del grupo de Cronock. Ninguno de ellos prestaba la más mínima atención al armamento frontal del caza. Soltando un suspiro, Morgan apoyó la culata de su fusil en el hombro y centró el cañón del arma en el tren de aterrizaje del segundo caza.

– Párate ahí – le dijo Kilkelly a Cronock. Apenas podía vislumbrar a ninguno de los dos a través del tren de aterrizaje del caza.

Wyrick se agacho a mi lado. Estaba desarmada, habiendo rechazado el arma que Morgan le había ofrecido en el arsenal. Por convicciones morales, supuse. Respetaba su decisión, pero eso no significaba que no me hubiera gustado disponer de una tercera arma. Incluso agazapados como estábamos bajo el fuselaje del caza, yo seguía sintiéndome expuesto. Wyrick no pareció notar mi incomodidad.

– ¿Qué le pasa en la mandíbula? – me preguntó.

– ¡Cállate! – siseó Morgan. Apuntó su fusil a un punto por encima de mi cabeza -. Tenemos la carlinga justo encima.

Wyrick y yo miramos arriba y luego de nuevo a Morgan. Asentimos al unísono.

– He dicho – estaba repitiendo Cronock, en un tono de voz más alto que antes – que dónde están nuestros…

– Ya te había oído – le interrumpió Kilkenny -. Sólo necesitaba que estuvierais exactamente dónde estáis ahora -. Los hombres de Cronock se habían metido directamente en la trampa.

– ¡Ahora! – gritó Morgan de repente. Abrió fuego contra el tren de aterrizaje del otro caza, el fusil dando sacudidas en sus manos. Di un tajo con el cuchillo, pero para horror mío, la manguera de goma sólo se flexionó bajo la presión del filo. Destellos cegadores se me quedaron grabados en los ojos cuando los cañones del Hornet empezaron a disparar contra la multitud de prisioneros.

– ¡Nylund! – me gritó Wyrick. Sus uñas se clavaron en mi brazo.

– ¡Lo estoy intentando! – contesté. Cogí la manguera con mi otra mano y empecé a utilizar el cuchillo como una sierra. Morgan había cambiado el objetivo de sus disparos a los hombres de Kilkenny, quienes se estaban retirando al interior del carguero. De repente logré cortar a través de la manguera y empezó a brotar fluido hidráulico por todas partes. El morro del Hornet bajó abruptamente, y me habría golpeado en la cabeza de no haberme tirado hacia atrás para evitar ser alcanzado por el chorro de fluido. Disparos láser impactaron contra la cubierta cerca de nosotros y un soplo de aire caliente nos alcanzó.

– ¡Por aquí! – gritó Morgan a lo que quedaba de los hombres de Cronock. Oímos un siseo por encima de nosotros y Morgan se giró y abrió fuego. El cuerpo de un pirata cayó de la carlinga y aterrizó en el suelo a nuestro lado, con un agujero ensangrentado donde había tenido un ojo. Morgan agarró a Wyrick por el brazó, la sacó de su refugio debajo del caza, y luego prácticamente la lanzó hacia la plataforma del montacargas. Yo me apresuré a ir tras ella, frenando de un patinazo justo delante del panel de control de la plataforma. Uno de los cañones coaxiales del carguero blindado se había encendido y estaba escupiendo disparos láser en nuestra dirección. Golpeé con la mano lo que supuse que era el botón de “abajo” y un trozo cuadrado de suelo del tamaño de un caza empezó a moverse debajo de nuestros pies.

Oí a Wyrick gritarle algo a Morgan, quien estaba disparando contra el carguero con pocos resultados mientras media docena de prisioneros corría hacia nosotros. La plataforma se movía con una lentitud deprimente, pero por suerte en cuestión de segundos se hundió lo suficiente para sacarnos del ángulo de disparo del cañón coaxial. Justo antes de que las puertas del montacargas se cerraran por encima de nuestras cabezas, Morgan se deslizó entre sus bordes y se dejó caer a nuestro lado.

– Bueno – dijo, mirando en la dirección por donde habíamos venido -. Tendremos que encontrar otra manera para salir de la estación.

Continuará…
Original.

Una reflexión sobre “Orbital Supermax: Capítulo 03

Los Comentarios están cerrados.