Orbital Supermax: Capítulo 04

ORBITAL SUPERMAX

CAPÍTULO 4

Los doce de nosotros que habíamos logrado llegar vivos al montacargas tuvimos que esperar en la oscuridad mientras el treceavo se ahogaba en su propia sangre hasta morir. Los ruidos que hizo fueron húmedos y horrendos, y nadie se atrevió a hablar hasta que hubo terminado.

El que no se encendieran las luces de la zona de carga donde llevábamos escondidos unos cuantos minutos era un indicio de la gravedad de los daños efectuados a la estación por la fuerza pirata liderada por Martin Kilkenny. Cuando por fin empezaron a parpadear hasta cobrar vida, la luz que emitieron era tenue e incierta.

Sentimos que la plataforma bajo nuestros pies empezaba a moverse en respuesta a la llamada efectuada desde algún nivel superior, pero Morgan aplastó a culatazos el panel de mandos. Cerca de nosotros, Wyrick, la terapeuta de la prisión y nuestra conciencia de facto, lloraba en silencio sobre el cuerpo del hombre fallecido.

- Muy bien, Nylund – dijo Morgan -. Necesitamos otra manera de salir de la estación.

Me di cuenta de que me había quedado contemplando el vacío, y meneé la cabeza. Habíamos ido a la Cubierta de Vuelo para robar los dos cazas Hornet de la estación y utilizarlos para burlar el bloqueo dispuesto por los Perros Nova y su capitán, Martin Kilkenny, un pirata del que no sabía mucho, aparte de que era un caníbal y que, según palabras de Cayla Wyrick, tenía algo raro en la mandíbula. Ahora, con la Cubierta de Vuelo en manos de los piratas, no sólo teníamos que encontrar alguna otra nave, sino que tendríamos que abrirnos paso luchando combatiendo a esos mismos Hornets de los que nos habíamos querido apoderar.

- ¿Nylund?

- Estoy pensando – contesté rápidamente -. Hay dos cazas retirados del servicio y un viejo transporte de la estación guardados en un hangar al otro lado de la estación, pero necesitaríamos a un hacedor de milagros para conseguir ponerlos a punto para un combate. Además, los hombres de Kilkenny se limitarían a seguirnos en sus Hornets y derribarnos. Ni siquiera les haría falta el resto de sus naves.

- Entonces tenemos que eliminar primero esos cazas – respondió Morgan mirando con tristeza el panel de control destruido -. Supongo que me he apresurado un poco con eso. ¿Hay alguna otra manera de volver a subir hasta la Cubierta de Vuelo?

- No podemos volver allí – dijo Wyrick irguiéndose. Se había enfrentado a los prisioneros en la armería, cruzado toda la estación acompañado por una turba de ex-presidiarios, y sobrevivido a ser disparada por los Perros Nova. Algunas mujeres se habrían derrumbado bajo la presión, pero ella parecía haber ganado algo de la experiencia. Su postura era más erguida, con la barbilla levantada. Su pasividad de terapeuta había desaparecido por completo. Cuando todo esto hubiera terminado, le costaría bastante volver a adoptar los hábitos de su oficio -. Necesitamos a todos los hombres que nos quedan.

Morgan apretó el puño -. Nos tenemos ninguna otra elección…

- No negociamos con terroristas – dije yo, sin darme cuenta de que había hablado en voz alta. Cuando me percaté de que todo el mundo me estaba mirando, comprendí que tendría que explicarme -. No negociamos con terroristas. Si un grupo de prisioneros logra tomar la Cubierta de Vuelo, se supone que hemos de activar las torretas automatizadas. Volarlos en pedazos.

- No sabía nada de ese procedimiento – dijo Wyrick con el rostro enrojecido por la ira -. Arrojar prisioneros al espacio es inhumano.

Morgan levantó la mano para interrumpirla.

- Es eso o morir – dijo. Esperó para darle tiempo a Wyrick a exponer cualquier objeción, pero ella permaneció en hosco silencio. – Muy bien – prosiguió Morgan -. Activamos las torretas, volamos en pedazos a Kilkenny y sus hombres, y luego escapamos en los cazas de reserva.

No tan deprisa – le interrumpí -. Aquí nos faltan un montón de pasos. Las torretas se activaban desde la Cubierta de Mando, que ha desaparecido. Luego está el asunto de reparar los cazas…

- No te preocupes por eso. Conozco a un tipo. Lo de las torretas, en cambio… – Morgan miró a su alrededor y señaló varios nódulos circulares en el techo -. Eso. ¿Podemos piratearlas desde aquí?

- No. Funcionan estrictamente por control remoto. No podemos permitir que los prisioneros se dediquen a piratear las torretas – dije mientras me alzaba del suelo, entusiasmado a pesar de mis esfuerzos por mantener la sangre fría -. Pero está la sala de servidores. Si es que no la han destruido.

- Bien…

Lo que fuera que Morgan estaba a punto de decir quedó ahogado por un brote de estática procedente del sistema general de comunicaciones de la estación. La voz que sonó tenía un tono tan grave y retumbante que no cabía duda alguna de que pertenecía a un capitán pirata. Evidentemente, se trataba del mismísimo Kilkenny.

Mi nombre es Martin Kilkenny, y podéis considerarme vuestro oficial de la condicional. Digo condicional porque no sois hombres libres. Un hombre libre es un hombre que puede hacer cualquier cosa que le apetezca, pero aquí sólo hay una tarea que os haga falta cumplir para ganaros un lugar a bordo de mi nave. Estoy buscando a un hombre llamado Martin Browning. Número de prisionero AX-345987.

Hubo una paua.

Puede que hayáis oído decir que los Perros Nova son unos caníbales. Habéis oído bien. Somos criaturas del Vacío, y el Vacío es un lugar hambriento. ¿Acaso no intenta abrirse paso hasta el lugar donde estáis? ¿Acaso no os chupa hasta sus tripas como su fuerais un plato de pasta? Nosotros seguimos su ejemplo. Lo que no podemos darle uso, nos lo comemos. Hay doce plazas a bordo de mi nave. Una en la cabina de la tripulación, y once en la cocina. El hombre que nos sea útil se ganará su plaza en la tripulación.

Silencio absoluto.

- Encantador – dijo Wyrick secamente.

- A lo mejor cuando hayan encontrado a ese tipo se largan – dijo uno de los prisioneros. Tenía el cabello ralo, y su cuerpo era como una bolsa llena de palitos. Me pareció que era Relic, el prisionero que nos había amenazado con una pistola parcheadora.

- A lo mejor – contesté, y dejé que esas palabras colgaran en el aire. Si Kilkenny estaba buscando a ese tal Browning, nos dejaría en paz mientras tanto. Era sólo una idea, claro, pero sabía que habíamos matado a unos cuantos de los hombres de Kilkenny y él nos habría perseguido por eso si hubiera podido.

Fuimos avanzando por los pasillos de mantenimiento en dirección a la sala de servidores. Los antes prisioneros que nos seguían comentaban en susurros la oferta de Kilkenny. Ninguno de ellos parecía conocer a nadie llamado Browning, pero todos creían conocer a alguien que sí. A pesar de la reciente matanza de sus amigos, todos soñaban en que serían el único agraciado en conseguir la plaza vacante entre los hombres de Kilkenny. El pensamiento de que el ganador de ese pequeño concurso probablemente tendría que comerse a los perdedores era algo que no se le había ocurrido a ninguno.

Yo creía conocer una manera mejor de hallar a Martin Browning. Wyrick caminaba al frente del grupo, sólo detrás de Morgan. La agarré por el brazo y luego, con un gesto de asentimiento con mi cabeza, le indiqué que debería frenar el paso. Si llegó a darse cuenta, Morgan no dijo nada.

- En la sala de servidores hay un terminal de acceso directo. Con tus códigos de seguridad, podemos descubrir quién es ese tal Browning. En qué celda lo han metido.

- ¿Quieres entregarlo a Kilkenny? ¿Después de todo lo que hemos visto?

- Tal vez. Tenemos que plantearnos cuáles son nuestras opciones en esta situación. La posibilidad de que si consigue a su hombre… – lo improbable de mi propia sugerencia me hizo tartamudear -… bueno, se limita a largarse. La vida de un hombre a cambio de las vidas de todos los demás en la estación. ¿Quién no estaría dispuesto a hacer ese trato?

- Sospecho que el hombre en cuestión – Wyrick pareció pensar que con eso había puesto fin a la discusión, y volvió a acompañar a Morgan delante de todo.

La cubierta que albergaba la sala de servidores estaba a oscuras, y me preocupó la posibilidad de que no tuviera suministro de energía. Si ese era el caso, tendríamos que idear un nuevo plan, y hacerlo rápido. Morgan encontró unas cuantas linternas de palma colgadas de una pared, las cuales pasó a repartir entre el grupo. Cruzamos una puerta que había sido una vez una mampara de seguridad y entramos en una habitación en la que reinaba ese tipo de calor que te empapa a través de tu ropa y te seca los ojos. Hileras y más hileras de cajas negras nos contemplaban con luces parpadeantes verdes y rojas.

- Aquí hace calor – comentó Relic innecesariamente.

Morgan paseó su mirada por la sala y luego avanzó hacia una de las hileras de cajas -. Encontremos un terminal activo. Dispersaos.

Yo seguí a Wyrick. Durante nuestro viaje hasta esta sala yo había estado discurriendo algo importante. La sala de servidores era el auténtico corazón de la estación. Desde aquí, todo resultaba posible. Aunque los registros de mi arresto y juicio acabarían siendo transmitidos a la UEE en algún momento, estábamos lo suficientemente aislados como para que la transferencia de grandes cantidades de datos resultara cara. Por ahora, todo estaba almacenado en los servidores de la estación. Con el código de acceso adecuado, yo podría borrar todas las pruebas de mis crímenes. Todas las personas que sabían que yo era un prisionero estaban muertas, aparte de Wyrick y yo mismo, y cuando todo este asunto hubiera terminado, quizás podría encontrar alguna manera de comprar su silencio.

- Todo lo que estoy diciendo es que no pasaría nada por averiguar en qué celda está encerrado. Es la única cosa que Kilkenny quiere. Tiene valor. Podríamos negociar esa información. Pero a lo mejor también podemos avisar a Browning de que Kilkenny viene a por él.

Wyrick se paró en seco. Estuve a punto de chocar contra ella. Se dio la vuelta y la linterna de palma me permitió ver el azul de sus ojos.

- Soy tu terapeuta, Nylund. Te conozco mejor que tú mismo. No eres un verdadero cobarde. Sabes que negociar con Kilkenny está mal. Este delincuente egoísta en que te has convertido no es más que la forma que tienes de lidiar con tu sentimiento de culpa. Te estás castigando a ti mismo.

La luz de la linterna de palma se atenuó y yo busqué dónde apoyarme en uno de los estantes para servidores antes de contestar.

- Mi hermano no tiene nada que ver con esto – me lamí los labios antes de continuar -. Y a lo mejor soy un delincuente egoísta, pero no me estoy castigando a mí mismo. Estoy intentando utilizar todas las herramientas de las que dispongo para conseguir que salgamos todos con vida de esto.

Si los terapeutas pueden mentir, entonces sus pacientes también pueden hacerlo.

Wyrick sostuvo mi mirada durante un rato incómodamente largo, sus ojos azules empequeñeciéndose de forma microscópica, como si le sirviera para impedir que la línea conectando nuestras pupilas se rompiera. Por último, pareció llegar a una conclusión.

- Te daré los códigos de accesos. Si es que los quieres. ¿Realmente los quieres, Nylund? Piénsatelo con mucho cuidado.

En contra de mi mejor juicio, lo hice. Pensé en Danny y en los días que pasamos en la Academia. Antes de su muerte, yo había sido una persona intachable. Jamás se me habría pasado por la cabeza cometer un delito, y mucho menos borrar las pruebas de que había cometido uno. ¿Qué es lo que había cambiado en mí desde entonces? Intenté apartar ese pensamiento. Los condenados loqueros estaban empezando a meterse en mi cabeza.

- Sí – dije lo más inocentemente que pude.

No estaba seguro de si ella cumpliría su promesa, pero introdujo una tarjeta de metal y se abrió un terminal. Wyrick tecleó en él sus códigos y a continuación se apartó. Su terapia radical había fallado, pensé para mis adentros victoriosamente. Sólo fue tras haber borrado de la base de datos las pruebas de mis crímenes me di cuenta de que no me parecía en absoluto una victoria. Por alguna razón, me parecía más bien una derrota.

Había abierto una ventana de consulta y el cursor parpadeaba ante mí. De repente noté un enorme peso sobre mí que no tenía nada que ver con el calor. Había traicionado la confianza de Wyrick dos veces en la misma cantidad de minutos. Me dije a mí mismo que se lo compensaría de alguna forma. Al principio, esa idea me pareció descabellada, pero me hacía sentir bien, así que me repetí a mí mismo que se lo compensaría de alguna forma, y esta lo dije en serio.

Mis dedos volaban por el teclado mientras tecleaba el nombre de Martin Browning. Para mi sorpresa, no obtuve ningún resultado. De los 2.400 prisioneros a bordo de OSP-4, no había ni uno que tuviera la mala suerte de llamarse “Martin Browning”, y el número de identificación que Kilkenny nos había dado pertenecía a un hombre muerto llamado Wilbur Marx.

Morgan había encontrado otro terminal al fondo de la habitación y desplegado una vista de la Cubierta de Vuelo. Una retícula de apuntado flotaba por encima de los dos Hornets.

- Las conexiones están fritas – dijo Morgan, limpiándose el sudor de su nuca y dejando caer gotitas al suelo -. Es por culpa de este maldito color. Sólo responde una de las torretas, No tendremos mucho tiempo.

- Apunta primero a los cazas – dije, frotándome contra mis pantalones mis palmas sudorosas -. El carguero es mortífero, pero podemos superarlo en velocidad.

- ¿Encontraste lo que estabas buscando? – preguntó Morgan, mirándome por encima de su hombro.

- Por supuesto. He utilizado uno de los terminales para comprobar mi correo. Pagar algunas facturas. Ya sabes – era una mala broma, pero Morgan soltó una carcajada y no continuó con el tema. Wyrick, aguardando a mi lado, evitó concienzudamente mirar en mi dirección. Intenté pensar en algo que pudiera decir para volver a ganarme su confianza, pero no se me ocurría nada.

Morgan pulsó unas cuantas teclas del terinal y la retícula de apuntado se volvió roja.

- Considerad ésto una carta de amor dirigida al capitán Kilkenny – dijo, tras lo cual pulsó furiosamente el teclado.

Continuará…

Original.

 

 

Una reflexión sobre “Orbital Supermax: Capítulo 04

Los Comentarios están cerrados.