Orbital Supermax: Capítulo 05

ORBITAL SUPERMAX

CAPÍTULO 5

Mi situación era bastante mala.

Yo era un agente de las fuerzas de la ley atrapado en una prisión que había sido medio destruida por piratas, y en la que la mayoría de los prisioneros habían escapado y ahora deambulaban por los corredores descontrolados. Aquellos pocos criminales cuyas vidas habíamos salvado seguían sin fiarse de mí. Wes Morgan, el mercenario al que habíamos rescatado de una celda de la prisión, lo más probable es que estuviera convencido de que yo era un tonto, y Wyrick… bueno, Cayla Wyrick era mi terapeuta.

- La bodega de carga es por ahí – comenté cuando me di cuenta de que estábamos a punto de pasarnos de largo el pasillo correcto.

- No vamos a ir a la bodega de carga – contestó Morgan sin frenar el paso.

Le pregunté hacia dónde nos encaminábamos entonces, pero me ignoró, y yo lo dejé estar. A nadie más parecía importarle. Los prisioneros le seguían como si fueran cachorritos andando detrás del lobo alfa. Wyrick no quería hablarme. Había estado en contra de mi decisión de entregar Martin Browning a los Perros Nova, y aunque al final yo no había logrado averiguar en la sala de servidores dónde estaba, el hecho de que lo había intentando me había convertido en un cobarde a ojos de Wyrick.

A medida que nos íbamos adentrando en las entrañas de la estación, empezamos a oír sonidos procedentes del otro lado de las paredes. Toses apagadas resonando por los conductos de ventilación, y luego algo más. Una risa ahogada que no parecía interrumpirse nunca, sin ni tan siquiera parar para tomar aliento. El roce de tela como de papel. El olor del sudor y la suciedad.

Max el Gordo, el hombre más voluminoso de entre los que nos acompañaban, aunque no se tratara de músculo sino de pura corpulencia, se paró en seco, bloqueando el paso por el corredor.

- No pienso ir por ahí –dijo.

La puerta que teníamos delante era de acero remachado y tenía pintada una raya blanca con otra de color rojo superpuesta a ella. Reconocí el lugar de inmediato. Se trataba del ala de Psiquiatría Forense. Un amigo mío me la había descrito una vez como el equivalente a la zona de Máxima Seguridad con el añadido de que los prisioneros se pasaban todo el rato sufriendo espasmos. Un hombre en Máxima Seguridad podía apuñalarte por un cepillo de dientes, pero un hombre en Psiquiatría Forense podía apuñalarte si las voces en su cabeza le decían que le debías un cepillo de dientes. En su interior residían aquellos individuos que no sobrevivirían en un planeta prisión como Quarterdeck, ya fuera porque serían incapaces de cuidar de sí mismos, o porque los demás prisioneros los matarían por miedo de su propia seguridad.

Sólo unos pocos de ellos se habían vuelto locos durante el tiempo que habían pasado en la estación. La mayoría eran simplemente monstruos que los otros sistemas no tenían ni idea de qué hacer con ellos. Algunos estaban cuerdos, pero habían cometido actos tan horrendos que ningún jurado formado por doce hombres y mujeres razonables podría comprender cómo nadie en su sano juicio habría sido capaz de cometerlos.

Yo comprendía por qué Max el Gordo quería evitar este lugar. Pero también comprendía que necesitaba ganar puntos con Morgan y Wyrick. Me abrí paso a empujones hasta la parte delantera del grupo y me di la vuelta. Estos hombres ya no se parecían al grupo de prisioneros endurecidos que nos habíamos encontrado intentando entrar en la Armería de la prisión. Habían visto a muchos de sus amigos ser muertos en la emboscada de Martin Kilkenny, y ellos mismos habían sido amenazados de muerte por un caníbal. Estaban asustados.

- ¿Qué diablos os pasa? – pregunté -. ¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿Es que los tipos de ahí dentro os matarán y comerán? Porque eso es lo que los tipos que tenemos detrás han prometido hacernos, y sabemos que son caníbales.

Max el Gordo miró detrás de mí con sus ojos pequeños y brillantes que parecían todavía más diminutos por las enormes tajadas de carne color café que eran sus mejillas.

- Pues entonces entrad vosotros – dijo.

- Muy bien. Pero, ¿sabéis qué? – contesté dándome la vuelta y señalando dramáticamente a Wyrick. Rubia, con pendientes de diamantes y un traje de pantalón, se había desembarazado de sus zapatos de tacón alto en algún momento en la Cubierta de Vuelo y el único calzado que llevaba ahora eran sus calcetines -. Esta mujer entraba aquí tres veces a la semana, todas las semanas, como parte de su trabajo, y ahora va a volver a entrar. ¿Vais a dejar que entre sola?

Resultó que varios de ellos estaban dispuestos a dejar que lo hiciera. Pero más de la mitad decidió venir con nosotros, y me pareció que no suponía una gran pérdida dejar atrás al resto.

- No consigo decidir si debería sentirme halagada o insultada por ese pequeño discurso – me dijo Wyrick mientras avanzábamos lentamente hacia al pabellón psiquiátrico. Era la primera vez que me dirigía la palabra desde que había utilizado sus códigos para buscar información sobre Browning.

- Estoy tan asustado como Max el Gordo – admití -. Se necesita valor para hacer lo que tú haces.

- Max el Gordo se ha quedado atrás – señaló ella -. Tú no lo has hecho.

Yo no sabía cómo tomarme el cumplido. ¿Significaba eso que estaba ganándome el derecho a volver a caerle bien? Me disponía a continuar nuestra conversación, pero ella ya se había alejado apretando el paso.

No sé cómo me esperaba que fuera el aspecto de Psiquiatría Forense, pero lo que nos encontramos se parecía mucho a las salas normales de un hospital. En las paredes había instalado equipamiento médico que incluía desfibriladores y material para la extinción de incendios, y había camas alineadas a un lado del corredor. Cada una de las camas contaba con sujeciones para el paciente, pero tenían un aspecto limpio y esterilizado. Llegamos a una sala comunal con unas cuantas mesas repartidas por ella, sobre cuya superficie había anticuados juegos de tablero con piezas de cartón. También había unos cuantos sofás dispuestos en círculo en torno a una videopantalla destrozada, y una línea de pisadas ensangrentadas que empezaba allí y terminaba ante una de las puertas. En un lado de la sala había un dispensario médico detrás de una hoja de plexiglás, pero la puerta colgaba de sus goznes y pude ver a unos cuantos pacientes tirados en el suelo con espuma seca y vómito manchando sus bocas y la parte frontal de sus camisas.

- ¿Dónde está el personal? – preguntó Morgan.

Nadie respondió.

Seguimos adentrándonos en el pabellón, topándonos de vez en cuando con algún paciente que estaba tan colgado por la medicación que le habían prescrito que apenas se percataba de nuestra presencia. Wyrick no era médico, por lo que no había mucho que ella pudiera hacer por ellos aparte de intentar mantenerlos calmados mientras pasábamos por su lado.

Morgan repasaba ocasionalmente el mapa en el bloc de notas de Wyrick. Parecía saber a la perfección dónde estaba encerrado su amigo. Llegamos hasta una puerta que requería que Wyrick volviera a introducir sus códigos, y por primera vez desde que habíamos iniciado nuestro pequeño viaje, titubeó.

- Este es el pabellón de alta seguridad. Si tu amigo está encarcelado aquí, será mejor para él que se quede aquí, donde puede recibir tratamiento.

- Herby tiene un problema, pero yo sé cómo controlarlo – dijo Morgan a la defensiva.

- ¿Herby? – preguntó Wyrick enarcando una ceja -. ¿No te estarás refiriendo a Herschel Konicek?

- Sabes quién es – No era un pregunta. Más bien una admisión de derrota.

- Como terapeuta, espero que reciba tratamiento. Como mujer, espero que se pudra en su celda.

Morgan meneó la cabeza. Wyrick no había pedido ninguna explicación, pero Morgan le dio una igualmente.

- Herby era uno de los mejores mecánicos de campo que he conocido jamás. Hubo una vez en que nuestro APC fue atacado por los vanduul. Lo volaron en pedazos. Sufrió daños tan graves que nos dieron por muertos. Encontramos a Herby bajo los escombros con una esquirla de acero de tres pulgadas de largo clavada en su nuca. Lo raro del caso era que seguía siendo capaz de caminar y hablar. Excepto por ese trozo de metal en su cráneo, parecía perfectamente normal. Así que estábamos en mitad de centenares de millas de desierto sin ningún vehículo. ¿Qué podíamos hacer? ¿Ir caminando hasta la población más cercana? Bueno, pues Herby cogió el eje de transmisión del APC, le enganchó dos ruedas y salimos de ahí montados en la motocicleta más fea que jamás hayas visto.

Cuando estuvimos de vuelta, llevamos a Herby al hospital, y resultó que ese trozo de metal había dañado la parte de su cerebro responsable de controlar los impulsos. Lo que le pasó a esas mujeres… él sabía qué era lo que estaba haciendo. Simplemente no podía hacerse parar. Tenía el cerebro dañado, muy dañado.

No le desearía a nadie lo que le hizo a sus víctimas, pero él era también una víctima. Nuestra unidad era toda de hombres, de manera que, mientras estuviera con nosotros y no se fuera de permiso, podía tener una vida normal. Evidentemente, cuando la ley me echó el guante, también se lo echó a él, y esa es la manera en qué acabó aquí.

Morgan se volvió hacia Wyrick.

- La cuestión es que lo necesitamos para arreglar los cazas almacenados de Nylund. Me doy cuenta de que usted tiene más razones que cualquiera de nosotros para mantenerlo dentro de su celda. Pero yo haré todo lo que sea necesario para mantenerla a salvo. Herby sabe que no le conviene meterse conmigo.

Wyrick entrecruzó los brazos, como si quisiera abrazarse a sí misma. Primero me miró a mí, y luego a los demás prisioneros. Si yo estuviera en su posición, querría mantenerme bien lejos de Konicek, pero no había ninguna manera de que pudiéramos devolver esos cazas a un estado operativo sin contar con ayuda técnica experta, y Wyrick sabía esa tan bien como yo. Su elección era sencilla: accede a liberar a Konicek, o permitir que el resto de nosotros fuera capturado por Kilkenny y su tripulación. Yo no le envidiaba esa elección.

- De acuerdo. Lo liberaremos, pero… si lo que has dicho es cierto, y el estado de Konicek es el resultado de una herida cerebral, entonces jamás podrá curarse. Quiero tu palabra de que, después de que todo esto haya terminado, volverás a traerlo aquí.

- Hecho – dijo Morgan con tanta rapidez que pude darme cuenta de que Wyrick estaba intentando descubrir en qué punto había cometido un error. Tras unos instantes, se dio por vencida y tecleó su código en la consola.

Las puertas reforzadas empezaran a abrirse deslizándose y luego se pararon de repente, con las luces en el panel de control pasando de verde a naranja, indicando que había alguna obstrucción presente. Fueron necesarios Morgan y otros dos prisioneros para abrirlas por la fuerza, y cuando finalmente lo hicieron, el cadáver de un guardia se desplomó al suelo. Le habían hundido los ojos en las cuencas y por las mejillas le corrían dos rastros de líquido carmesí como lágrimas solidificadas. El resto del corredor estaba embadurnado en sangre, más de la que yo había visto jamás en un único lugar. Encontramos unos cuantos cadáveres, pero también muchas bolsas de sangre vacías, de las que suelen utilizarse para efectuar transfusiones. Se respiraba un hedor casi insoportable de sangre y podredumbre.

- ¡Herby! – gritó Morgan, pero no hubo ninguna respuesta. Me pareció oír en algún sitio muy lejano el inicio de una risa histérica que fue rápidamente interrumpida. Nos estaban enviando un mensaje, y todos nos dimos cuenta de ello.

Continuará…

Original.

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