Orbital Supermax: Capítulo 06

ORBITAL SUPERMAX

CAPÍTULO 6

Como ex-oficial de intendencia a bordo de la OSP-4, he visto una buena cantidad de cadáveres. En contra de la creencia popular, no arrojamos al espacio los cuerpos de los hombres que mueren en la prisión. En lugar de eso, cada muerte da inicio a una rigurosa investigación, y yo era el encargado de proporcionar todos los suministros médicos y cualquier otra sustancia exótica que los investigadores pudieran necesitar para hacer sus pruebas. He visto los cuerpos de hombres acuchillados por otros prisioneros, apaleados hasta la muerte con tuberías de plomo, y una vez hasta vi a un hombre que se había quedado atascado en uno de los conductos de calefacción y se había cocido lentamente.

La escena que nos dio la bienvenida a mí y a nuestro pequeño grupo de prisioneros fugados en el Pabellón de Psiquiatría Forense no se parecía en nada a cualquier cosa que yo hubiera visto antes. Cadáveres. De hombres y mujeres, algunos vestidos con uniformes de guardia, otros con las delgadas batas de los pacientes. A algunos les habían apaleado el rostro hasta convertirlo en una masa de carne púrpura, pero otros eran reconocibles. Algunos yacían recostados pacíficamente contra una pared, mientras que otros eran mostraban expresiones de horror. Alguien había roto las luces del techo y el suelo estaba cubierto de cristales rotos.

Oí sollozar a Cayla Wyrick. Estaba arrodillada junto a un hombre joven con las mejillas llenas de sarpullidos rojos y una mirada asustada congelada en sus fríos ojos muertos. Wyrick le susurró algo que yo no alcancé a oír. Suponiendo que necesitaba un poco de privacidad, me aparté de ella y me uní a Wes Morgan, el mercenario al que habíamos rescatado del ala de Máxima Seguridad, quien se había adentrado un poco más por el corredor.

– ¿Notas eso? – me preguntó.

– ¿Terror existencial? Sí, de sobra.

– No – me contestó inhalando profundamente -. La mezcla atmosférica está mal en esta sección. El ataque del capitán Kilkenny debe haber dañado los recicladores. Hay demasiado nitrógeno y poco oxígeno.

– ¿Puedes olerlo?

– No – admitió -. Pero me noto un poco mareado. ¿Tú, no? Ese es uno de los signos de narcosis por nitrógeno. Tenemos que encontrar a Herby y largarnos cuanto antes de aquí.

Me di la vuelta y contemplé la media docena o así de hombres en monos naranja. Todos ellos iban armados, y muchos mostraban tatuajes carcelarios en su rostro y manos. Uno de ellos, del que me había enterado que lo llamaban simplemente “Shank”, se había teñido el blanco de los ojos, de manera que cuando fijaba su mirada en nosotros, sus ojos eran unos orbes completamente negros. No era el tipo de persona que necesitara recibir más cosas acabadas en “-osis”.

Eran el enemigo de nuestro enemigo, por así decirlos, y de alguna manera habíamos llegado a la conclusión de que viajar todos juntos era lo mejor mientras nuestro objetivo inmediato siguiera siendo procurar evitar convertirse en el próximo plato de los Perros Nova. En sentido literal. Eran caníbales. Ahora mismo, esa decisión estaba empezando a parecer un poco más discutible.

– ¿Qué hacemos con ellos? – pregunté.

– Nada – contestó Morgan enarcando una ceja y mirando por encima de su hombro -. Míralos. En la armería se iban turnando entre ellos en demostrar ser el macho alfa. ¿Ahora? Kilkenny les da más miedo del que podemos darle nosotros. De lo contrario, ya nos habrían pegado un tirado por la espalda a ambos… – la mirada de Morgan se desvió hacia Wyrick, quien estaba arrodillada al lado de otro de los cadáveres -… y lo que le harían a ella sería mucho peor.

Tenía razón, por supuesto. Los peores de todos se habían quedado atrás con Max el Gordo. Yo no albergaba ninguna duda de que a esta hora ya habrían sido capturados por Martin Kilkenny. En cuanto al resto… eran como una serpiente descabezada. No es tan emocionante como una viva, pero tampoco tan peligrosa.

Nuestro grupito se adentró aun más en el ala de Psiquiatría Forense. Era un pabellón pequeño, pero sus pasillos eran todos enloquecedoramente parecidos y había una buena cantidad de puertas dobles originalmente cerradas a cal y canto pero que habían sido abiertas a golpes, más de una vez a un cierto coste físico por parte del asaltante, si es que las manchas de sangre que había en algunos de ellas eran una buena indicación. Se oían risas constantemente; ese carcajeo perturbado y sin alegría que es un acto tan involuntario como un estornudo.

Finalmente, encontramos una de sus fuentes. Se trataba de un hombre delgado de tez amarillenta, cubierto de vendas médicas que había robado de un carrito de medicinas volcado. Estaba intentando desesperadamente vendarse las heridas en sus manos y muñecas.

Wyrick se arrodilló de inmediato para ayudarle, pero retrocedió cuando el hombre enloquecido le enseñó su muñeca y ella vio la tira metálica que colgaba de una de ellas. Wyrick dio unos cuantos pasos hacia atrás hasta chocar conmigo, y por un instante olí sándalo y rosas. Eso me hizo recordar que Wyrick se había puesto perfume al empezar al día, sin sospechar ni por un momento que un ataque pirata acabaría poníendolo todo del revés.

– ¿Qué pasa? – le pregunté.

– Su reloj pertenecía a un amigo mío – contestó rápidamente. Su mano me aferró dolorosamente el brazo, pero tenía los ojos clavados en los de su paciente.

Resultaba obvio que el cadáver de su amigo decoraba ahora el corredor tras nosotros. Uno de los prisioneros, me pareció recordar que era el que se llamaba Relic, llegó a la misma conclusión. Sólo unas pocas horas antes, nos había amenazado con una pistola parcheadora, pero huir para salvar tu vida de un grupo de caníbales es una experiencia fantástica para entablar vínculos con otras personas. No es que a Relic le importara Wyrick… era más bien como si hubiera llegado a considerarla parte de su manada. Cualquier amenaza a la manada era también una amenaza a él.

Relic pilló al hombre por un fajo de la bata de hospital y le hundió en la mejilla el cañón de su arma. Cuando vio que el hombre no reaccionaba más allá de soltar una risita, Relic disparó su arma contra una pared y luego apretó contra el mismo punto el metal ahora caliente y chisporroteante del cañón, mientras le decía: – Eres hombre muerto. Es hombre muerto.

Wyrick empezó a llorar y yo la apreté con más fuerza.

El loco empezó a murmurar incoherencias, y cuando Relic le hizo darse la vuelta, pude ver que tenía varias agujas hipodérmicas clavadas en la espalda.

– Norte, este, sur, oeste. Es hacia el oeste, ¿verdad? No del todo. Oeste, oeste, oeste. Estoy muy alto, Wes, arriba del todo en el cielo. Tienes que ayudarme, Wes, antes de que empiece a caer.

Morgan había alzado su arma en el instante en que Relic se había movido, pero ahora estaba entrecerrando los ojos mientras la bajaba.

– ¿Herby?

El loco puso los ojos en blanco y se cabeza empezó a colgar hacia un lado.

Morgan avanzó dos pasos.

– ¿Eres tú? ¿Qué demonios te ha pasado?

Relic iba dirigiendo su mirada de uno al otro, abriendo tanto los ojos que yo podía verle todo el blanco en torno al iris. Su arma dejó de apuntar al hombre que ahora sospechábamos que era Konicek para hacerlo contra el propio Morgan.

– ¿Le conoces? ¿Estáis juntos en esto? – Relic se volvió hacia los demás prisioneros -. Nos han llevado a una trampa. Y él está en el centro de ella.

– ¿Peró que demonios…? – empezó a decir Morgan mientras sus ojos se estrechaban y su mano aferraba cada vez con más fuerza su arma.

Me acordé de lo que Morgan me había dicho sobre la atmósfera.

– Relic – intervine, usando su nombre para intentar calmarlo -. No hay ninguna trampa. Éste es el hombre que hemos venido a buscar. Él es la razón por la que estamos aquí.

Wyrick se apartó de mi y de repente me di cuenta de lo mucho que me había gustado tenerla al lado.

– Tu amigo ha asesinado a mi amigo – me dijo. Su actitud había cambiado en un instante de desesperación a amarga rabia -. No va a venir con nosotros.

La ira de Morgan era casi indistinguible de cualquiera de sus otras emociones, excepto que era más fría. Más intensa. Yo sabía que si no hubiera intervenido, le habría pegado un tiro a Relic sin ninguna advertencia previa, y entonces habríamos tenido que abrirnos paso a través de sus amigos además de los pacientes.

– Venga, Caylie… Cayla – me corregí rápidamente. Yo no era inmune a la atmósfera corrompida del pabellón -. No hay ningún indicio que él haya sido el causante de su muerte. Mira esas agujas en su espalda… es obvio que ha sido drogado, y no por nadie con conocimientos médicos.

– Tienes diez segundos para bajar ese fusil – dijo Morgan. El pulgar y el dedo índice de su mano izquierda formaron un círculo, y el cañón del fusil osciló imperceptiblemente. Tuve la impresión de que era él quien estaba apuntando a Relic, y no al revés.

Tal vez Relic tuviera la misma impresión. Cuando habló, lo hizo con un tono casi suplicante.

– Es un pirado. Sería hacerle un favor. Sería hacerle un favor para todos esos tipos…

Cuando el cañón de su arma se desvió para abarcar todo el pabellón, Morgan le disparó limpiamente al hombro. El arma de Relic cayó el suelo y el propio prisionero estaba tan sorprendido que lo único que hizo fue seguirla al suelo.

La aparte de una patada antes de que pudiera recuperar el sentido. Wyric se me unió un instante después, desgarrando el mono de Relic para comprobar la herida. No hacía falta que se preocupara. Si Morgan hubiera querido matarlo, lo habría hecho. Yo estaba seguro de que la herida no iba a ser letal. Como mucho, un inconveniente temporal.

– Déjame quitarte esas cosas, Herby – dijo Morgan. Una tras otra, fue arrancándole las agujas hipodérmicas. Le abofeteó la mejilla suavemente, como si se sintiera incapaz de hacerlo con toda su fuerza.

– Tenemos que largarnos de aquí, Wes – murmuró Konicek -. Están por todas partes.

Morgan asintió, y yo solté un suspiro de alivio. Habíamos encontrado a la persona que buscábamos y parecía como si todos fuéramos a poder salir de aquí de una sola pieza. Me incorporé y me encontré cara a cara con cinco hombres curtidos y los cañones de sus fusiles. Sin poder creerme que nos estuvieran apuntando a nosotros, me di la vuelta y vi a una muchedumbre esperándonos al fondo del pasillo. Se trataba de por lo menos una docena de personas vestidas con batas manchadas de sangre, muchas de ellas con espumarajos de baba seca.

– Podéis bajar todos vuestras armas – dijo uno de los prisioneros detrás mío.

Comprendí que sus armas estaban realmente apuntándonos a nosotros. Wes había decidido no matar a Relic, pero ellos no lo veían de esta manera. Uno de nosotros le había pegado un tiro a uno de ellos. Nuestra pequeña alianza se estaba haciendo pedazos.

Mi arma rebotó ruidosamente contra el suelo. Wyrick miró a los prisioneros. Tenía la cara demasiado mojada para tratarse de lágrimas, y me dí cuenta de que todos nosotros estábamos empapados en sudor, aunque la temperatura en este lugar no era más elevada que en cualquier otro sitio de la estación. ¿Se trataba de otro síntoma de la atmósfera envenenada?

Morgan no tiró su arma.

– ¿Cómo esperáis poder pasar a través de ellos? – preguntó, señalando por encima de su hombro.

– No están armados – le contestó un hombre delgado al que le faltaban una buena cantidad de dientes -. Les pasaremos por encima de la misma forma en que vamos a pasar por encima vuestro.

Sonrió tras decirnos ésto, mostrándonos su rasgo más distintivo.

– No podéis salir de esta estación sin ella – dije, señalando a Wyrick. Sin sus códigos de seguridad, ninguno de nosotros iba a ir a ningún sitio.

– Tienes razón – dijo Wyrick, y tanto Morgan como yo nos quedamos mirándola. No le estaba hablando a los prisioneros. Nos estaba hablando a nosotros -. Ninguno de vosotros puede.

Wyrick tomó temblorosamente aliento y estiró los brazos, como si se estuviera apoyando en los brazos de algún trono, y luego se volvió hacia los prisioneros.

– Os guste o no, yo soy la única esperanza que os queda. A cualquiera de vosotros. Eso significa que, si vamos juntos, seguiremos juntos. Así que os sugiero que solucionéis vuestras diferencias. Empezad.

Con eso, se dio la vuelta para conducirnos por el pasillo. Quizás se debió a la atmósfera alterada, pero la seguimos como si fuera Moisés caminando a través del Mar Rojo. Y que me aspen si esos pacientes no se apartaron de su camino y nos dejaron pasar a través de ellos sin emitir ni siquiera un gemido.

Continuará…

Original.

Una reflexión sobre “Orbital Supermax: Capítulo 06

Los Comentarios están cerrados.