Orbital Supermax: Capítulo 07

ORBITAL SUPERMAX

CAPÍTULO 7

Conocí una vez a un tipo que había trabajado en OSP-4 desde el día en la que pusieron en el espacio y le dieron una rotación. Me contó que la única diferencia que había entre el pabellón de Psiquiatría Forense y la Sección de Actividades Políticas era que los chalados en la SAP hacían lo que hacían por una causa.

En ningún momento habíamos tenido intención de pasar por ahí, pero cuando nuestro ascensor se paró de improviso y todas las luces se volvieron rojas, Wes Morgan abrió por la fuerza las puertas y descubrimos que el ataque de los Perros Nova había abierto un agujero en el pozo del ascensor. Lo único que nos había salvado del vacío había sido un trozo de acero que se había despegado de una pared y quedado atascado bajo la cabina que ocupábamos.

Nos habíamos quedado atascados en el pozo del ascensor, pero todos nosotros eramos capaces de oír el suave siseo del aire escapándose, de manera que salimos con sumo cuidado del interior de la cabina. Nadie quería acabar siendo el último en salir del ascensor y arriesgarse a efectuar un corto viaje hacia a la negrura. Esperé a que fueran saliendo, hasta que sólo quedamos dentro Cayla Wyrick y yo. Resultaba apropiado en cierta manera. Ella era mi terapeuta, la mujer bajo cuya custodia me habían puesto después de que me despojaran de mi rango. Cayle me miró y yo le devolví la mirada, sin que ninguno de los dos quisiera salir del ascensor antes que el otro. Al final, ella demostró tener más redaños que yo, y no salió hasta después de que lo hubiera hecho yo.

Justo para encontrarme con el cañón de un arma apuntándome.

Nuestros asaltantes, como la mayoría de integrantes de nuestro grupo, iban vestidos con monos de color naranja carcelario, con la diferencia de que llevaban unos soles rojos pintados en unas bandas de tela blanca enrolladas en torno a sus brazos. Nos habían estado esperando en la puerta que llevaba a las escaleras mecánicas, capturándonos y desarmándonos uno por uno a medida que íbamos pasando por ahí.

Nos hicieron cruzar un bloque de celdas y subir un tramo de escaleras. En el piso de arriba, caminando alrededor de un centro de control compuesto por blocs de notas pirateados y videopantallas procedentes originalmente de puestos de guardia, había un tevarin. Era alto y musculoso, con piel grisácea, y era libre gracias a nosotros.

– Nos volvemos a encontrar, Yusaf Asari – dijo Morgan aparentando seguridad. Pero en esta ocasión estábamos todos inmovilizados con esposas de plástico, y Morgan llevaba las muñecas atadas ante él. Había unos cuantos prisioneros tevarin más procedentes de la SAP aguardando cerca, sujetando nuestras armas por nosotros.

– Ciertamente – contestó Asari. ¿Qué estás haciendo aquí, Morgan?

– Una visita turística. Ya sabes, hacer unas cuantas fotos, tomar un trago con los habitantes locales. Ese tipo de cosas.

– Estamos aquí por accidente – intervino rápidamente Wyrick. La pequeña mujer rubia vestida con un traje y medias de nailon parecía fuera de lugar en medio del mar de uniformes azules y naranjas que conformaba nuestro grupo, pero había acabado convirtiéndose en una parte de él tan importante como cualquiera de nosotros -. Nuestro ascensor…

– Me da igual cómo habéis acabado aquí. Lo que quiero saber es adonde vais – El rostro de Asari parecía de piedra y su acento le hacía marcar las sílabas incorrectamente -. Nosotros estamos aquí y los piratas están ahí fuera, y nadie se pasea por en medio. Excepto vosotros. ¿Por qué? ¿Qué estáis buscando?

Los Perros Nova, un grupo de piratas capitaneados por un tal Martin Kilkenny, eran una banda de caníbales que estaban buscando a un prisionero en particular llamado Martin Browning, alguien del que nadie había oído hablar antes, y por el que estaban dispuestos a hacer pedazos la estación para encontrarlo. Habían atacado sin ninguna advertencia previa, apuntando a los centros de mando y barracones con una precisión quirúrgica. Era por su culpa el que Cayla Wyrick, quien ostentaba el rango civil de teniente, había sido ascendida a la posición de alguacil por el ordenador de la prisión. Ella era ahora mismo el elemento más valioso de toda la estación, y yo no tenía ni la menor idea acerca de si Asari sabía eso o no.

– Nos largamos de la estación – dije sencillamente Morgan. Sentí una opresión en el pecho ¿Qué demonios estaba haciendo Morgan? La última cosa que necesitábamos hacer era contarle a estos tipos la verdad.

Los tevarin que nos tenían rodeados soltaron una carcajada. Todos menos Asari.

– Te conozco demasiado bien como para pensar que eso es una broma. ¿Cómo pensáis conseguir eso?

Morgan señaló con la cabeza a Herschel Konicek, quien todavía iba vestido con la bata de hospital que llevaba puesta cuando lo habíamos rescatado del pabellón de Psiquiatría Forense.

– Herby es mi mecánico. Va a reparar un par de cazas fuera de servicio que Nylund sabe dónde están, y vamos a utilizarlos para burlar el bloqueo.

Tuve que morderme la lengua para evitar preguntarle a Morgan qué demonios estaba intentando conseguir.

Asari recibió esta información sin inmutarse.

– ¿Qué es lo que te hace pensar que no vamos a usar esos cazas nosotros mismos?

Morgan se encogió de hombros, un gesto algo complicado teniendo en cuenta que tenía las manos atadas ante él

– Herby no trabajará para ti. ¿Verdad, Herby?

Konicek, quien todavía se estaba recuperando de un subidón involuntario causado por las drogas que otros pacientes le habían inyectado, se encogió de hombros y se hurgó en una oreja con sus manos atadas.

– Tenemos nuestros propios mecánicos.

– Ninguno es como Herby.

Asari clavó su mirada en Konicek, quien ahora estaba agachado en cuclillas, balanceándose adelante y atrás.

– Eso es evidente.

Uno de los prisioneros en la parte de atrás del grupo empezó a decir algo, pero fue interrumpido violentamente por un tevarin que le hundió en los riñones la culata de su fusil. Me alegré de no haber abierto la boca.

– Te salvamos la vida – dijo Morgan en voz baja -. Parece ser que los tevarin tienen una memoria muy breve.

– Los tevarin tienen una memoria muy larga – contestó Asari frunciendo todavía más el ceño -. Todo mi pueblo se acuerda de la batalla de Idris IV, y todos nosotros recordamos el día en que Corath’Thai…

– Ahórrate el teatro, Yusaf. ¿Dos años intercambiándonos movimientos de ajedrez escritos en trocitos de papel atados a cordeles, y de repente paso a ser un opresor de tu pueblo? – Morgan dio dos pasos hacia Asari y todos los fusiles en la habitación lo apuntaron a la vez. Morgan se detuvo y suspiró -. Nadie siente más simpatía por tu causa que yo. Cuando salgamos de este montón de chatarra, lo primero que haré será enviar a tu gente una nota con las coordenadas de la estación. Sabes que lo haré.

Asari consideró la propuesta mientras miraba a sus hombres, mirando a cada uno directo a los ojos.

– El ajedrez es ajedrez. Pero no me fío de ti, Morgan. Deja a la chica aquí.

– Claro, hecho. Ahora quítanos estas esposas – contestó Morgan.

Me sentí ofendido por la rapidez con la que había accedido a los términos de Asari. Había vendido a Wyrick sin titubear ni un instante. No pude contenerme.

– No vamos a dejar a Cayla contigo…

Un culatazo de fusil en el plexo solar me hizo callar con mayor rapidez de lo que me gustaría admitir. Sufrí un espasmo y me encontré yaciendo en el suelo haciendo esfuerzos por no empezar a vomitar repetidamente.

La voz de Morgan me sonó difusa por culpa del latido de mi sangre en las orejas.

– Bien hecho, chaval. La idea era convencerles de que ella no tenía ningún valor como rehén.

– Esa – dijo Asari mientras yo intentaba incorporarme – es exactamente la razón por la que no me fío de ti. La chica se queda. Y tu cumplirás tu parte del trato.

– No, yo…

Otro golpe del mismo fusil me puso de nuevo de rodillas. No sé por qué razón volví a levantarme. No podía negar que había acabado respetando a Wyrick durante nuestro intento de fuga, pero no era propio de mi el arriesgar mi propio cuello por el de otra persona. No es que yo fuera un cobarde egoísta. Era sólo que la última vez que había corrido un riesgo, una persona muy querida para mí había muerto. Ser un cabronazo suele resultar más seguro para todas las personas involucradas. Entonces, ¿por qué me estaba jugando el pellejo por ella? ¿Era porque respetaba la forma en que ella había podido controlar en la armería a veinte hombres armados con tan solo el sonido de su voz? ¿O era porque ella había confiado en mí lo suficiente como para concederme acceso al sistema en la sala de servidores, sabiendo que yo iba a usar ese acceso para mis propios propósitos?

– Estoy… oh, por el amor de Dios, déjame hablar… – balbuceé mientras veía como la culata del fusil volvía a alzarse. Asari me miró y luego hizo un gesto al guardia. El fusil bajó -. Ella fue quien te salvó la vida. Sin sus códigos de acceso estaríamos todos muertos. Y, a pesar de todo, ella nunca ha dejado a nadie atrás. A nadie. Ni a los asesinos en serie, ni a los violadores convictos, ni siguiera a un antiguo oficial de intendencia con la mano muy larga. Por lo que no hay nadie entre nosotros… – miré a mi alrededor fijándome en los demás prisioneros, y descubrí que un número sorprendentemente alto de ellos asentía con la cabeza -… que esté dispuesto a dejarla atrás a ella ahora. Si quieres que tu gente se entere de donde está este patético amasijo de metal en el que conseguiste que te encerraran, entonces tendrás que dejarnos ir.

Por lo que a discursos apasionados se refiere, este era uno de mis mejores. Asari, cuyo trabajo como líder de la minoría tevarin en OPS-4 incluía tener que dar discursos apasionados, no quedó impresionado: – O podríamos limitarnos a mataros a todos y no estaríamos peor que al principio.

– Me quedaré . dijo Wyrick -. No sé pilotar un caza o un transporte y nunca me he dedicado a la mecánica. Y no pienso disparar a nadie -. Se había incorporado y, aunque el resto de personas en la sala le sacaban como mínimo una cabeza y media, de alguna manera parecía ser la más alta -. No os hago falta para salir de esta estación.

Yo iba a protestar, no porque necesitáramos su códigos de acceso para salir de la estación o nada parecida. Era por algo más personal. Por suerte, ella me interrumpió antes de que yo pudiera hacer el ridículo: – Teniente Avery Nylund, usted tiene todo lo que pueda hacerle falta para llevar a estos chicos al lugar adonde necesitan ir. Sólo acuérdese de enviar a un grupo de rescate a por mí cuando todo esto haya terminado, ¿de acuerdo?

Y con eso la dejamos allí. Esperé a que Morgan, nuestro mercenario ultra-competente, propusiera un plan para rescatarla. Tan pronto como estuvimos fuera del alcance auditivo de los tevarin, Morgan propondría utilizar los conductos de ventilación para asaltar la sala, o incapacitar a los guaridas con una granada de gas. Pero el plan jamás llegó a materializarse. Los hombres de Asari nos hicieron marchar hasta el ascensor en funcionamiento más cercano, nos dieron ametralladoras en lugar de las armas que habíamos cogido de la armería, y nos dejaron ir.

Yo seguía sintiéndome aturdido cuando llegamos a la Cubierta de Carga 1C, donde estaban almacenados los cazas retirados del servicio y el transporte de reserva que nos sacarían de la estación y nos permitirían pasar el bloqueo de Kilkenny. Evidentemente, la bodega estaba cerrada, y evidentemente yo le señalé este detalle a Morgan:

– Por esta razón necesitamos a Wyrick. Ella tiene todos los códigos de seguridad.

Morgan se apartó de la consola de la puerta y le dio a la compuerta un golpe de desaprobación.

– No. Wyrick es demasiada lista para eso. Ella habría sabido que no podríamos llegar muy lejos sin sus códigos.

Morgan se rascó la cabeza y luego me clavó la mirada.

– Ella te ha llamado teniente, ¿verdad?

Realmente lo había hecho. Era la primera vez que me llamaba “Teniente Avery Nylund”. Incluso antes de que me hubieran encarcelado, en las ocasiones en las que nos habíamos cruzado, ella siempre me había llamado únicamente por mi rango. Fue entonces cuando lo comprendí. Yo había borrado en la sala de servidores todos los registros sobre mi encarcelamiento, y el ordenador debía de haberme restaurado de forma automática mi rango.

Fue con cierta satisfacción que me acerqué a la consola de la puerta.

– Impronta de voz: Teniente Avery Nylund. Contraseña: Hola caracola.

Uno de los endurecidos criminales en la parte de atrás de nuestro grupo estalló en risas y yo noté que las mejillas me enrojecían.

– ¿Qué pasa? Me gusta cómo rima.

Continuará…

Original.

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