Orbital Supermax: Capítulo 09

ORBITAL SUPERMAX

CAPÍTULO 9

El Centro de Visitantes de una prisión Super Max suele ser el único lugar en todo el complejo donde los prisioneros pueden dejar de lado las violentas reputaciones que se han labrado. En una instalación aislada y remota como la OSP-4, las familias deben gastar miles de créditos y muchos días de viaje para poder reunirse con sus seres amados encarcelados. Se sabe que, algunas veces y sólo en casos especiales, la propia prisión ha cubierto parte de esos gastos. Hay un montón de estudios señalando que un prisionero que mantenga un contacto social con seres amados acaba siendo más dócil y fácil de manejar. De modo que podría considerarse que se trata de una inversión que acaba saliendo a cuenta a largo plazo.

El Centro de Visitantes era ahora mismo el hogar de los Perros Nova, un grupo de piratas liderado por Martin Kilkenny, un caníbal aquejado por un complejo de divinidad. Mi intención inicial había sido mantenernos lo más lejos posible de él, pero necesitábamos combustible para poder llevar a cabo nuestra huída de OSP-4, y la única fuente de combustible disponible que conocíamos estaba en el lado opuesto de la estación.

Nos encontrábamos tan cerca de los piratas que apagamos nuestros comunicadores. Incluso las señales codificadas emitían un revelador siseo de estático. De manera que, para comunicarnos, confiábamos en irnos pasando de uno a otro mensajes susurrados a medida que íbamos avanzando arrastrándonos por el interior de un estrecho conducto de circuitería, lo que no era tarea sencilla vestidos con nuestros trajes espaciales. En ocasiones anteriores, yo ya había hecho varias veces este mismo viaje cargado con una bolsa llena de suministros médicos de contrabando que llevaba atada a la pierna, de manera que yo encabezaba el grupo. La forma más sencilla de moverse consistía en caminar apoyado sobre los codos, y yo era capaz de avanzar a buen ritmo. El resto del grupo tenía problemas.

– Esto sería muchísimo más sencillo sin estos trajes espaciales – gruñó una voz detrás de mí. Por el tono, se trataba de Relic. El otro ex-prisionero, Pyke, tenía un tono de voz más profundo y raras veces hablaba.

– Haríamos demasiado ruido si tuviéramos que ir arrastrando los traes detrás de nosotros, y nos harán falta más adelante. Y por otra parte, por todos estos cables corre energía suficiente para freírte ahí donde estás. El aislamiento del traje debería ofrecernos algo de protección ante un cortocircuito – atisbé movimiento a través de una rejilla de acceso que había más adelante -. Ahora callaos, antes de que los Perros Nova nos oigan.

Aunque ya habíamos visto los daños provocados por los hombres de Kilkenny y habíamos tenido que cruzar partes de la estación que habían quedado expuestas al espacio, habíamos tenido muy pocos encuentros con los propios piratas. A través de esa pequeña rejilla de acceso pude darle un vistazo a sus actuales fuerzas.

Había docenas de ellos en un pequeño espacio situado casi diez metros por debajo de nosotros. Vestían trajes espaciales procedentes de una docena de fuerzas armadas y hasta podría decirse que de periodos históricos. Algunos de ellos estaban confeccionados a partir de piezas de trajes que habían pertenecido a diferentes especies. Muchos habían sido pintados torpemente con pintura negra que parecía brea, de manera que el color original del traje asomaba por debajo de la capa de pintura. Pocos de los piratas llevaban puestos el casco, prefiriendo exhibir elaborados cortes de pelo, la mayoría variaciones del estilo mohicano, solo que con largas patillas trenzadas, y tatuajes en el cuello y en el rostro.

– Estoy atascado.

La voz pertenecía a Pyke, nuestro orador nato.

– No te pongas nervioso – dijo alguien con un fuerte siseo.

– No estoy nervioso. Sólo estoy atascado.

Miré a Wes Morgan, quien alzó las cejas, y luego empezó a retroceder por el conducto.

Oí un par de golpes sordos y bruscos.

– Si me vuelves a patear una sola vez, te pegaré un tiro en el culo – Pyke era lento en enfadarse, pero pude percibir la ira que iba acumulándose en su voz. El volumen de su voz también estaba subiendo, y mi mirada se desvió aprensivamente a la reja de acceso. Los Perros Nova eran una panda ruidosa, pero uno de ellos, un hombre con una espesa barba y una enmarañada melena de pelo negro, acababa de ladear la cabeza y girarse hacia nosotros.

– Cállate – siseé.

– ¿Deberíamos dejarlo atrás? – preguntó Relic.

– No vais a dejarme atrás – la declaración de Pike era definitiva, y la amenaza implícita.

No parecía como si nadie tuviera la más mínima intención de hablar más bajo. De hecho, cada vez lo hacían más alto. El pirata barbudo se había levantado y empezó a caminar hacia nosotros, sujetando un fusil con una mano.

– Último aviso, chicos. Bajad el volumen – El interior del conducto era estrecho, pero hice lo que pude para apartarme todo lo que pude de la rejilla de acceso, permaneciendo fuera de la vista del pirata. La distancia que había entre él y nosotros era lo suficientemente grande como para que tuviera dificultades para verme desde su ángulo de visión, pero no quería darle la más mínima oportunidad de vislumbrar algún movimiento.

– Vais a tener que desatascarme. No voy a morir aquí – Oí el ruido del aluminio deformándose acompañado de golpes metálicos a medida que Pike intentaba liberarse por sí mismo.

Alguien soltó una maldición y oí un grito de alarma lanzado por el pirata que tenía debajo. Los disparos empezaron a surcar el aire y saltaron chispas de la parte del conducto más cercana al Centro de Visitantes. Brotó una línea de agujeros, que iban desde la parte inferior del conducto a la sección justo por encima de mi cabeza.

Detrás de mí, Pyke había empezado a entrar en pánico y se aferraba a Relic, quien estaba intentando desesperadamente apartarlo a patadas. Morgan, la persona con más experiencia de todo nuestro grupo, se había acurrucado en el costado del conducto de aire más cercano a mi posición.

– ¡Tenemos que salir de aquí! – me gritó.

– ¿Cómo? – le grité yo -. ¿Arrastrándonos sobre nuestras manos y rodillas? Nos acribillarán antes de que hayamos podido avanzar más de un par de metros.

– ¡Piensa en algo! – me contestó Morgan mientras se descolgaba el fusil del hombro y lo inclinaba de manera que estuviera apuntando en diagonal hacia abajo. El arma apenas cabía de esa manera dentro del conducto. Morgan apretó el gatillo y luego dejó que el retroceso le empujara hacia un lado mientras el arma seguía escupiendo balas. Oí gritos procedentes de abajo y luego disparos de respuesta.

Éramos un blanco fácil.

Tenía que encontrar una forma de salir todos de ahí, y hacerlo rápido. En una ocasión anterior, cuando había estado a punto de ser atrapado llevando encima artículos de contrabando, había logrado abandonar en un santiamén el conducto, y lo había hecho activando la alarma de incendio.

Había manojos de cables colgando del techo encima de nosotros. Saqué un pequeño cuchillo del cinturón de herramientas del traje espacial y pelé dos de los cables, agradecido de que el traje estuviera aislado. Puse en contacto ambos cables y lo único que obtuve fueron unos cuantas chispas. Rápidamente, pelé otro cable y lo puse en contacto con los otros. Esta vez, empezaron a parpadear luces y una sirena sonó desde algún lugar cercano.

La forma más sencilla de extinguir un incendio dentro de una nave espacial consiste en apagarlo con el frío vacío del espacio. Unas placas metálicas se cerraron sobre las rejillas de acceso, sellándolas lo más herméticamente posible, y al final de todo del túnel apareció un diminuto puntito de luz cuando la compuerta exterior fue abierta. Al instante, el aire se puso a aullar en torno a nosotros y me sentí arrastrado por él, con mi traje espacial raspando contra el metal a medida que yo iba chocando contra las paredes y techo del conducto.

Estaba en el espacio.

Un paisaje de estrellas giró a mi alrededor y luego la estación volvió a entrar al alcance de mi vista. Podía oírme a mí mismo hiperventilando al darme cuenta de que estaba cayendo hacia un planeta situado a miles de kilómetros de distancia. Una antena metálica apareció en mi visión periférica y la agarré con una mano. La aferré con tanta fuerza que estuve a punto de dislocarme el brazo.

Un destello de color azul apareció ante mí y traté de agarrarlo a ciegas con mi otra mano. Por algún milagro, conseguí agarrarle la mano a Morgan y tirar de él, empujándolo hacia la antena que tenía a mi lado. Morgan, más acostumbrado a estar en el espacio que yo, aprovechó el impulso para tocar tierra con los pies por delante, permitiendo que sus botas magnéticas se aferraran a la superficie. Otro cuerpo pasó dando tumbos a nuestro lado, y pude oír a alguien gritando por la radio. Morgan alargó el brazo, pero su mano golpeó la cadera de Relic y lo apartó de nosotros. Sin perder un instante, Morgan me puso la culata de su fusil en la mano, me dio una patada en la rodilla y giró sobre si mismo. Sus pies golpearon el trae espacial en el pecho y sus botas magnéticas se aferraron en el compuesto sintético de metal y plástico. Noté una fuerza tremenda tirando del fusil, el cual por un instante fue lo único que nos mantenía en contacto, como si fuera un cordón umbilical. Luego la fuerza del tirón disminuyó y pude arrastrarlos a todos hacia mí.

El siguiente traje espacial en aparecer iba seguido de una nube de cristales rojos y plateados, y cuando tuve a la vista su torso pude ver varios agujeros de gran tamaño por los que ya no brotaba aire. Era demasiado tarde para Pyke.

– Nylund – sonó la voz de Morgan por la radio -, tenemos un problema.

Relic había recibido un tiro. La bala no le había dado, pero había abierto un profundo surco en su traje por el que iba brotando aire para perderse en el vacío. Yo no tenía a mano ningún parche, y de todas formas tampoco había tiempo para usar uno. Los ojos de Relic se salían de las órbitas y entró en pánico mientras intentaba desesperada y fútilmente atrapar los fragmentos de aire cristalizado y volverlos a meter en el traje. Su indicador de temperatura estaba bajando rápidamente y las venas de sus mejillas habían enrojecido trazando un patrón de venillas entrecruzadas.

Yo quería decirle algo para calmarle, pero me di cuenta de que lo único que sabía de él era que había estado a punto de matarnos con una pistola parcheado en nuestro primer encuentro. No se me ocurrió nada mejor aparte de apretar fuertemente su mano y susurrarle que todo iba bien. Una y otra vez. Todo iba bien.

Sus mejillas y nariz se volvieron negras y sus pulmones empezaron a buscar un aire que no estaba ahí. Sus ojos se cruzaron con los míos y se me quedó mirando por lo que me pareció muchísimo tiempo. No supe en qué momento exacto le abandonó la vida. No estoy seguro de que llegues a saberlo nunca.

Morgan y yo nos escondimos tras un costado del depósito de combustible del propulsor mientras las naves de los piratas se aproximaban al casco de la estación en busca de supervivientes. Dos rápidos destellos de luz indicaron que habían localizado los cuerpos de Relic y Pike. Desde luego, era el tipo más violento de incineración que se te podía ocurrir.

Esperamos durante varias horas antes de indicarle a Konicek que trajera los cazas y el transporte. Una vez hubieran abandonado la seguridad de la Bodega de Carga C, sólo tendríamos unos pocos minutos para reabastecerlos antes de que fueran detectados por los instrumentos de los piratas.

A partir de entonces, sería un sálvese quien pueda.

Continuará…

Original.

 

 

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