Orbital Supermax: Capítulo 10

ORBITAL SUPERMAX

CAPÍTULO 10

No era la primera vez que pilotaba un caza mientras era reabastecido de combustible en medio del combate. Eres un blanco de feria, inmóvil durante unos minutos cruciales al lado de una nave cisterna que, en esencia, no es más que un recipiente metálico de sustancias volátiles a punto de entrar en combustión. No importa lo intenso que sea el combate, tú permaneces quieto mientras tu indicador de combustible se va llenando lentamente. Tu pájaro necesita combustible. Esa es la única constante del combate.

Lo que resulta más insoportable es la sensación de impotencia.

Sobre el casco de la Orbital Supermax, yo estaba descubriendo el verdadero significado del término “blanco de feria”. Lo que estábamos haciendo no era un simple repostado de un caza. Estábamos extrayendo combustible de uno de los propulsores de posición de la estación espacial y aprovechándolo para repostar los dos cazas y la nave cisterna que Herschel Konicek había traído volando a ras del casco desde la Bodega de Carga C. Y no nos escondíamos de un enemigo normal, sino de los Perros Nova, una jauría de piratas liderada por el capitán Martin Kilkenny, un caníbal que había amenazado con devorar a todos los prisioneros de la Supermax.

Repostamos los cazas primero, y Wes Morgan se puso a los mandos del Hornet para trazar un amplio barrido de la zona con la esperanza de distraer a los Perros Nova y apartar su atención de nuestra operación de repostaje. Yo me quedé con el Cutlass. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que había pilotado uno, pero me estaba volviendo todo a la cabeza. Controles de propulsión, controles de actitud, controles de disparo… Todo en orden.

– Un bandido. A las doce y abajo – dijo Konicek desde la nave cisterna. Miré a mis doce y luego hacia abajo. Por pura mala suerte, un caza solitario de los Perros Nova se había percatado de nuestra silueta, a pesar de que estábamos prácticamente pegados a la pared de la estación.

– Lo tengo – contesté mientras encendía los sistemas del caza. En el HUD apareció un menú de comprobaciones pre-vuelo, pero lo aparté con un gesto y guié el Cutlass para apartarlo de la estación.

– Necesito unos veinte minutos – dijo Konicek por la radio. Suspiré. Bien podría haber pedido un día. Me parecía que no íbamos a tener ni uno ni otro.

El Perro Nova no parecía especialmente preocupado mientras yo dirigía mi nave hacia él. El sistema de comunicaciones me avisó de que me estaba llamando. Tras tres días de asedio, supongo que los piratas se sentirían confusos ante la aparición de un caza no identificado. La cubierta de Vuelo había sido destruida, y con ella los dos cazas activos de la estación. No tenían ni la menor idea de que habíamos logrado reparar dos cazas retirados del servicio que llevaban más tiempo guardados en un hangar del que yo había estado en la estación.

No iba a concederle la oportunidad de dar la alarma.

Dirigí rápidamente a la sección frontal toda la potencia de los escudos y me abalancé hacia el pirata con los propulsores al máximo. La inercia me hundió en mi asiento con tanta fuerza que los bordes de mi visión se oscurecieron. Tan pronto como oí el pitido avisando de que mis sensores habían completado su escaneo del Perro Nova, apreté el gatillo. Una ráfaga de resplandecientes disparos cruzó el vacío, provocando pequeñas explosiones en el ala y el fuselaje de mi objetivo. Mi segunda andanada generó un brillante resplandor al impactar. El pirata había estado ahorrando energía, pero ahora había levantado sus escudos. Sus propulsores brillaron y su caza inició un picado hacia la estación, en busca de cobertura.

Viré hacia la izquierda, haciendo rotar mi nave para perseguirle y no aflojar la presión. Varias descargas de energía chocaron contra sus escudos. El pirata trazó un tonel volando alrededor de una antena, esquivándola por muy poco, y yo me acerqué rápidamente a ella. Volví a apretar el gatillo, y mis disparos separaron la antena del casco de la estación. Mis escudos brillaron con un color azul enfermizo cuando la antena rebotó contra ellos y se alejó flotando. Para cuando la hube dejado atrás, mi decrépita nave había perdido casi la mitad de su potencia, así de sencillo.

Ahora estábamos muy cerca del casco de la estación, tan cerca que podía ver cómo iban pasando los diminutos cuadraditos de luz que eran las ventanas de la estación. Forcé mis propulsores, apartándome primero de la estación y luego volviendo a acercarme a ella con rapidez. Mi adversario reaccionó de forma instintiva, intentando apartarse de mi trayectoria, de forma que sus escudos rozaron la superficie de la OSP-4, brillando intensamente por unos breves segundos antes de colapsarse. Mi siguiente disparo lo convirtió en una bola de fuego que se apagó con casi tanta rapidez como había aparecido.

Disminuí mi velocidad y me aproximé a la estación. Estaba momentáneamente a solas, pero mi radio seguía siseando con brotes organizados de estática que casi sonaban como palabras. Dejándome llevar por la curiosidad, cambié la frecuencia de banda y capté los ruidos de un tiroteo. Se oían gritos interrumpidos por el rápido tableteo de armas de proyectiles. Los Perros Nova estaban atacando a alguien dentro de la estación y cerca, y ese alguien se las estaba haciendo pasar canutas.

No se me ocurría quien podría ser capaz de ofrecer semejante nivel de resistencia después de tres días de asedio. Los guardias que habían sobrevivido al ataque inicial estaban muertos, y cualquiera que hubiera podido huir en las cápsulas de escape había sido perseguido y derribado por los piratas. De repente sentí que se me paraba el corazón. Sí que había un grupo que seguía estando armado y bien organizado. Al fin y al cabo, se habían apoderado de nuestras armas.

Manipulé el sistema de comunicaciones mientras posicionaba mi caza lo más cerca de la estación que me atrevía, fijándome en si los brotes de estática aumentaban o disminuían para triangular la posición de ella. Digo “ella”, porque aunque el grupo que yo estaba intentando localizar era sin duda el de los ex-prisioneros tevarin, a quien realmente me interesaba encontrar era su solitaria invitada: Cayla Wyrik. Mi terapeuta.

Vi en diagonal que de una de las ventanas de la estación brotaba un resplandor de forma irregular. No recibía ninguna lectura de oxígeno, lo que significaba que esa área de la estación ya estaba expuesta al vacío. Fueran quienes fueran, estaban luchando vestidos con trajes espaciales.

Me arriesgué a abrir una transmisión:

– ¿Cayla?

Los sonidos de la batalla apenas menguaron, pero me pareció haber oído su voz muy a lo lejos. Esa esperanza, aunque probablemente no fuera más que un truco de mi imaginación, era suficiente para mí. Usé los controles para orientar el morro del caza hacia la estación. Ahora estaba tan cerca que podía ver la cruenta batalla a través de las ventanas. Uno de los bandos llevaba una combinación heterogénea de trajes espaciales, todos ellos manchados con pintura parecida a brea. El otro bando llevaba los trajes rojos y azules del personal de la estación. Pero quienes los vestían no eran el personal de la estación. Eran los tevarin.

– Querido Yusaf Asari – dije por la radio -. Te sugiero que hagas retroceder a tus hombres. Con Cariño, El Tipo Que No Se Callaba.

Contra todo pronóstico, vi que uno de los individuos vestido con un traje espacial rojo se llevaba una mano a su casco, al sitio donde estaría su oreja, y luego miraba por la ventana directamente hacia mí. Yo debía de ser toda una visión. Un enorme Cutlass, con sus propulsores de maniobra encendiéndose esporádicamente por todo el fuselaje, a no más de un par de metros al otro lado de la ventana. Se dio la vuelta y señaló a sus hombres que retrocedieran. Yo dejé que mi nave flotara hacia la izquierda. Mi ordenador de puntería no iba a poder reconocer “humano” como objetivo, así que apunté manualmente al grupo de individuos vestidos con trajes espaciales manchados de negro, y apreté el gatillo.

La primera andanada puso el casco de la estación al rojo vivo y la segunda hizo que glóbulos de metal fundido salpicaran a la turba de piratas. Tardaron varios segundos en identificar el origen de este nuevo ataque, y para entonces yo ya había abierto un enorme boquete en el casco y masacrado a la mitad de ellos. Algunos devolvieron el fuego con ráfagas esporádicas de armas de pequeño calibre que fueron absorbidas inofensivamente por mis escudos. Encendí mis propulsores de posición, haciendo girar ligeramente mi caza y proseguí con mis andanadas de disparos. Al poco rato, los piratas habían huido para salvar la vida y los tevarin estaban alzando sus puños en el aire.

Pero yo no había terminado. Apagué los escudos y luego utilicé la palanca de control para hacer que el caza diera la vuelta. Utilizando solamente los propulsores de maniobra, hice pasar el caza a través del agujero que acababa de abrir en el casco de la estación. Las alarmas de colisión empezaron a atronar en mis oídos y yo mantuve los ojos fijos en el pequeño instrumental que normalmente sólo se utilizaba para las maniobras de aterrizaje, y que me indicaba la posición de mi nave respecto a la de la cubierta. No tardé en estar dentro de la estación, flotando en medio del recinto donde la batalla entre los tevarin y los piratas acababa de finalizar abruptamente.

Me resultaba increíblemente difícil mantener la orientación del morro de mi caza, pero logré colocarlo en una posición desde la que podía apuntar con mis armas a Yusaf Asari y al resto de individuos vestidos con trajes espaciales rojos.

– Ya sabes qué es lo que quiero, Asari – dije por la radio. Los tevarin habían bajado los puños y parecían confusos. Algunos habían alzado sus fusiles, pero otros eran conscientes de la futilidad de ese gesto y miraban a su líder. Apunté el morro del caza hacia él -. Ya te dije antes que no pensaba marcharme sin ella.

El tiempo parecía pasar muy lentamente.

Empecé a sudar. Los tevarin no eran piratas. Tal vez hubieran cometido delitos menores, pero todo el mundo sabía que la razón por la que habían sido enviados a OSP-4 en lugar de a una prisión local era que pertenecían a la especie equivocada. Asari sabía que yo no iba a ser capaz de acribillarlos a tiros. Pero a lo mejor valoraba favorablemente el riesgo que yo había corrido. Después de todo, él era un tevarin que había sido arrestado por defender a su gente. Yo estaba ahora defendiendo a la mía.

– Wes Morgan es un hombre que necesita un incentiva para cumplir sus promesas – dijo Asari por fin -. Pero tú, en cambio, has demostrado que cumples tus promesas, aunque sea a un gran coste para ti. Contigo, no me hace falta ningún rehén. Llévatela, y cumple tu promesa.

Una pequeña figura vestida con un traje espacial rojo se apartó de los tevarin y cruzó corriendo la distancia que nos separaba. Abrí la compuerta de carga y ella entró apresuradamente en la bodega. Se sentó en el puesto de navegante, y yo volví a presurizar la bodega para que pudiera quitarse el casco.

Unos segundos después, sentí que apoyaba su mano en mi hombro.

– Sabía que volverías a por mí.

Por alguna razón, descubrí que me resultaba imposible contestarle nada. Tragué saliva e inspiré profundamente, luego me levanté del asiento y le apreté la mano.

– Está bien – dije, tras haber permanecido callado durante todo un minuto -. Aguanta. El agujero para salir es un poco estrecho.

Me hice con los controles y oí el siseo de los propulsores de maniobra resonando por todo el casco a medida que el caza empezaba a flotar lentamente hacia un lado.

– Avery – dijo Cayla. Su voz sonaba tensa, como si se estuviera esforzando por sonar calmada.

– ¿Qué?

– ¡Avery!

– ¿¡Qué!?

Sentí cómo la nave entera se sacudía y los indicadores de daños empezaron a parpadear. Me peleé con los controles, intentando compensar el repentino movimiento, pero ya era demasiado tarde. Estábamos avanzando hacia adelante. Uno de los cañones de la torreta había quedado atrapado contra el casco de la estación y la fuerza del impulso lo estaba deformando. Saltaron chispas de la juntura dañada entre el caza y el arma a medida que ésta iba cediendo cada vez más, hasta que acabó partiéndose en dos y se alejó flotando de nosotros.

– Los Perros Nova han vuelto y se han traído algún tipo de artillería apoyada en el hombro – dijo Cayla -. Van a volver a disparar.

Todavía no habíamos terminado de cruzar la abertura en el casco de la estación y no disponíamos de espacio para intentar esquivar el disparo. Me aferré fuertemente con un brazo a uno de los pilares de soporte de la carlinga, hundí mi espalda en el asiento con todas mis fuerzas y esperé a recibir el segundo disparo. La fuerza del impacto nos hizo salir dando tumbos de la brecha en la estación. Ignoré todo lo demás y activé los escudos, y luego guié la nave de vuelta al vacío.

Comprobé los daños a medida que íbamos dejando atrás la OSP-4. El fuselaje mostraba grietas y agujeros en dos puntos diferentes, y el motor había sufrido algunos daños menores que eran en su mayor parte cosméticos. El desperfecto más alarmante era el cañón desaparecido. Era uno de la pareja de cañones de neutrones que estaban enlazados juntos en la torreta, y no me atrevía a disparar el arma restante por temor a provocar un cortocircuito o alguna otra avería eléctrica. Tendría que confiar en el cañón montado en el ala y el láser de repetición montado en el morro.

La radio emitió un ruido detrás de mí. Era Morgan. Cayla también la había oído.

– No contestes – me dijo.

Alcé la mirada. Mi mano quedó quieta encima de la radio.

– ¿Por qué? – pregunté.

– Hay algo que deberías saber.

Continuará…

Original.

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