Orbital Supermax: Capítulo 11

ORBITAL SUPERMAX

CAPÍTULO 11

Las palabras son unas criaturas pequeñas pero poderosas. Incluso por sí mismas, las palabras adecuadas, como por ejemplo las de una maldición, ya tienen poder. Combinadas entre sí para dar forma a una frase son capaces de infundir una sensación de temor en el oyente. La frase que siempre me produce mayor temor es: “Hay algo que deberías saber”.

Cayla Wyrick había pronunciado esa frase exacta mientras nos estábamos alejando a toda velocidad de los restos dañados de la Orbital Supermax.

- ¿Es algo que pueda esperar? – pregunté. Acabábamos de terminar el repostado con la nave cisterna y yo estaba a punto de responder a una transmisión de Morgan, quien estaba ahora mismo a los mandos del segundo caza de nuestra flota de tres naves.

- Creo que no – dijo Cayla -. Sé quien es Martin Browning.

Fui reduciendo lentamente la potencia de los propulsores. Martin Browning estaba en el centro de todo lo que nos había sucedido durante los últimos días. En primer lugar, él era la razón por la que los Perros Nova habían atacado la estación. Las muertes de centenares de personas podían ser atribuidas a la presencia de esta persona en la OSP-4.

- Estaba empezando a creer que ni siquiera existía.

- Y no existe – dijo Cayla -. Es un alias. Por eso no apareció en tu búsqueda inicial.

Eso no tenía sentido. Había muchísimos prisioneros, si no la mayoría, con alias.

- Pensaba que el buscador incluye por defecto los alias.

- Lo hace. Eso fue lo que me despistó un buen rato. Pero cuando eres un rehén, no tienes muchas cosas con las que entretenerte, y los tevarin tenían una conexión directa con la sala de servidores. Su expediente había sido censurado, pero fui capaz de acceder.

Yo mismo había buscado ese nombre antes y Cayla se había mostrado completamente en contra de hacerlo. ¿Qué era lo que había cambiado?

- Tuve mucho tiempo para pensar – me confesó cuando se lo pregunté -. Kilkenny está corriendo un gran riesgo. Con cada hora que pasa, las probabilidades de que alguien alerte a la UEE de su pequeña operación aumentan. ¿Por qué? ¿Qué hace tan especial a este tal Browning? Le seguí la pista, pero no porque quisiera entregarlo a los Perros Nova. Pensé que tal vez pudiera ser capaz de ayudarnos. Y resulta que lo ha estado haciendo.

- Es Morgan, ¿verdad? – pregunté, con una fría certeza en mi corazón. Había sido uno de los únicos dos prisioneros en el ala de Máxima Seguridad. Si él era Browning, eso significaba que había permanecido en silencio mientras centenares de personas eran asesinadas. Por otra parte, sin su ayuda jamás habríamos logrado salir de la estación, y no había ninguna forma de que fuéramos a ser capaces de burlar el bloqueo de los Perros Nova sin él.

- ¿Qué hacemos ahora? – preguntó Cayla.

Yo no tenía ni idea.

- ¿Por qué lo arrestaron?

- No lo sé. A esa parte de su expediente no pude acceder ni tan siquiera con los códigos que me asignaron cuando Kilkenny destruyó la Cubierta de Mando – confesó Wyrick.

- ¿Va todo bien, Nylund? – siseó por el comunicador la voz de Morgan.

Dirigí mi mirada a Cayla, pero su rostro no mostraba ninguna expresión.

- Todo va bien. Tenemos a Konicek con nosotros. ¿Cómo vas de combustible? – respondí por el comunicador.

- Estoy a medio depósito – dijo Morgan -. Tengo noticias buenas y noticias malas. Podéis tachar dos bandidos. Por otra parte, tengo a otros tres detrás de mí y ese carguero está plantado entre nosotros y el punto de salto. ¿Os importaría echarme una mano?

Dudé por un momento. Desde donde estábamos podía ver el chorro de escape de los propulsores de Morgan y tres estrellas desplazándose rápidamente por el firmamento en pos de él. El ordenador de puntería iluminó las tres, calculando vectores y analizándolas en busca de puntos débiles.

- Konicek, vamos a desacoplarnos – avisé. El umbilical de abastecimiento de combustible fue retrayéndose de algún punto por encima de nosotros y regresó de nuevo en el interior de la nave cisterna.

- Aquí el cabo Smythe, señor. El señor Konicek ha estado… contemplando el espacio durante los últimos veinte minutos. Me da miedo despertarlo – fue la respuesta por el comunicador. Smythe era uno de los técnicos que había ayudado a Konicek a reparar la nave cisterna. Sentí algo de pena por él y los demás.

- Manteneos alejados de los fuegos artificiales. Morgan está viniendo para repostar. Cuando haya terminado, salid pitando de aquí.

La oscura sombra que era la nave cisterna se elevó y giró sobre sí misma con la elegancia de una ballena y desapareció por debajo de nosotros.

- ¿Tenéis todos puesto el cinturón? – pregunté.

- ¿Estás seguro realmente de esto, Avery? – preguntó a su vez Cayla -. Todo lo que tendríamos que hacer es decirle a Kilkenny que Morgan es Martin Browning y nos dejará marchar.

- No tenemos elección. Necesitamos a Morgan para superar el bloqueo. Solucionaremos todo este asunto sobre Browning cuando estemos al otro lado del punto de salto – no pude evitar murmurar “si es que lo logramos” para mis adentros. El grueso de los Perros Nova estaban bien lejos detrás de nosotros, pero dos cazas anticuados lo tenían muy crudo contra tres naves modernas y un carguero armado. A eso había que añadir unas cuantas señales sospechosas en el radar de largo alcance en las que no quería pensar.

Encendí los motores del Cutlass. Nuestros cazas habían sido configurados para perseguir prisioneros a la fuga, y yo era consciente de que tendría que vigilar mi consumo de energía, pero la velocidad extra me daba una enorme ventaja en una refriega. Tracé un amplio giro, confiando en que los tres cazas estuvieran tan concentrados en Morgan que no se darían cuenta de que yo me estaba aproximando directamente por sus seis. Cuando estuve convencido de que no había llamado la atención de los piratas, aceleré a toda potencia y disparé todas mis armas contra ellos. Uno de los cazas estalló en pedazos tras unos pocos disparos, y los otros dos se separaron. Viré a la izquierda para seguir a uno de ellos y vi que Morgan había iniciado la persecución del otro bandido. Cuando ambos hubimos acabado con nuestra respectiva presa, Morgan se reunió con la nave cisterna y empezó a repostar.

Yo estaba a punto de enviarle un mensaje cuando me di cuenta de que el sistema de comunicaciones seguía encendido. Traté de recordar cuál había sido la última transmisión que había enviado. Nadie había dicho nada durante toda la batalla. Sentí que la sangre me huía de las mejillas. Mi última transmisión había sido con el cabo Smythe. Eso significaba que Morgan y todo el mundo a bordo de la nave cisterna había oído a Cayla identificarlo como Martin Browning.

Mi mano quedó quieta sobre el botón de comunicaciones. Disponíamos de combustible suficiente para desaparecer en el espacio profundo antes de que Morgan pudiera empezar a venir a por nosotros. Si nos largábamos ahora, podríamos superarlo en velocidad. Apagué las comunicaciones y puse el propulsor al máximo.

- Eh, ¿Avery? – preguntó Cayla desde el asiento de atrás -. ¿No tendríamos que esperar a Morgan y a Konicek?

Mantuve mi mano donde estaba. Puse los escudos al frente. Iba a ser difícil pasar de largo el carguero armado de Kilkenny por mi cuenta y riesgo, pero no nos quedaba otra elección. No había ninguna posibilidad de que Morgan fuera a dejarnos con vida ahora que sabía que conocíamos su pequeño secreto.

- Sabe que lo sabemos – dije.

- Oh – contestó Cayla. Pude oírla dejarse caer en su asiento. Siempre había sido muy lista. Estaba seguro de que había deducido lo sucedido.

El carguero se iba haciendo cada vez más grande ante mí. El HUD me mostró sus especificaciones, y resaltó el cañón de partículas de aspecto temible que yo ya había visto en la Cubierta de Vuelo. No era una nave demasiado maniobrable, pero estaba situada justo entre nosotros y el punto de salto, y tenía suficientes armas para suponer un serio problema para cualquiera que intentara pasar por su lado.

- Ésto va a ponerse difícil – avisé mientras comprobaba los escudos.

De improviso, el carguero se puso en movimiento y empezó a alejarse del punto de salto. Pero no se dirigía hacia nosotros.

Saludos, viejo amigo, viejo adversario, dijo una voz por el canal público que yo reconocí como perteneciente al capitán Martin Kilkenny de los Perros Nova. ¿Te sorprende que conozca tu identidad, Martin Browning? Llevas la piel de un rey pirata, pero el hombre que hay debajo de ella pertenece a la UEE. He venido a devorar tu carne y vestir tu piel y gobernaré los reinos pirata en tu lugar.

- Es un tipo muy simpático, ¿verdad? – preguntó Cayla.

- Más que nadie – repliqué -. El cabo Smythe debe haberle soplado a Kilkenny quién es Morgan. Pero las buenas noticias son que parece que tenemos vía libre hacia el punto de salto.

En lugar de acelerar, apagué los motores y dejé que la nave fuera a la deriva. El carguero fue haciéndose más pequeño detrás de nosotros. Era una nave claramente demasiado poderosa para que un solo caza pudiera encargarse de ella. Mi mano se movió hacia el control de aceleración para luego volver a apartarse. Tamborileé con los dedos sobre los controles. Di un vistazo por encima de mi hombro. Volví a mirar en la señal que indicaba la posición del punto de salto.

Cayla permaneció en silencio, sin preguntar por qué nos habíamos detenido.

- Maldita sea – dije mientras nos hacía dar la vuelta y ponía los propulsores a máxima potencia.

- Estás haciendo lo correcto – dijo Cayla.

- Eso es genial. Estoy encantado con que mi terapia esté avanzando tan bien – repliqué para arrepentirme inmediatamente de mi respuesta. Cayla se había convertido en mucho más que en mi terapeuta. Ahora la respetaba. No, era algo más profundo que eso. No sabía cuál era exactamente la palabra para describirlo. O por lo menos no quería admitir que la conocía.

Morgan todavía estaba repostando. Smythe debía de haber ralentizado el proceso para evitar que pudiera escapar.

Mi consola se iluminó con docenas de señales en la dirección de la OSP-4. Kilkenny había hallado a su presa y ahora estaba cerrando la red en torno a ella. Las cosas estaban a punto de ponerse muy animadas.

De repente se oyó un disparo por el sistema de comunicaciones seguido de unos forcejeos.

- Estas libre, jefe – dijo Herschel Konicel. El demente había regresado a la vida justo en el momento preciso.

- Sabía que podía contar contigo, Herby – dijo Morgan -. El depósito se me está llenando a toda velocidad – hubo una pausa -. ¿Te has perdido en el camino al punto de salto, Nylund?

- Sí, pero ya que estoy aquí, podríamos ayudarte a despejar un poco la zona – contesté, fijando mis armas en el carguero. Abrí fuego contra él, pero ni tan siquiera intentó evadir los disparos. En lugar de ello, sus cañones traseros devolvieron mis disparos y fuimos nosotros quienes nos vimos obligados a realizar maniobras evasivas. Nuestra nave era rápida, pero carecíamos de misiles. No disponíamos de la potencia de fuego suficiente para superar sus escudos.

Por suerte, Morgan se separó en ese momento del umbilical de repostado y se apartó de Konicek. Con un chorro de sus propulsores se incorporó al combate.

De repente me vi arrojado violentamente contra la carlinga. El firmamento osciló violentamente a mi alrededor y comprendí que habíamos sido alcanzados por el gigantesco cañón de haz de partículas montado en la parte frontal del carguero. Mientras estaba distraído fijándome en Morgan, el carguero había girado y disparado. Los controles no respondían y el instrumental estaba muerto. Un pensamiento terrible pasó por mi mente:

- ¿Cayla?

- Estoy bien – contestó ella -. Un poco sacudida, pero estoy bien.

Hice una comprobación rápida. Habíamos perdido los escudos y teníamos una abolladura de feo aspecto en el casco, pero no estábamos perdiendo aire y nuestra planta de potencia, aunque se había apagado, parecía no haber sufrido daños. ¿Podría tratarse del controlador principal? No tenía ni idea.

- ¿Qué puedo hacer para ayudar? – preguntó Cayla.

- No lo sé – maldije. Di un puñetazo al panel de instrumentos.

El carguero de Kilkenny se alejó de nosotros, concentrando su atención en el caza de Morgan. Las andanadas de disparos iban y venían entre ambas naves. El carguero era todo armamento y nada de maniobrabilidad. En lugar de intentar evitar las andanadas de Morgan, se limitaba a quedarse ahí y encajarlas, sin preocuparse de ellas. Su trayectoria empezó a llevarlo hacia nosotros.

Reinicié el sistema y, después de que hubiera completado el proceso de arranque, mis instrumentos se encendieron y empezaron a funcionar. Las armas y los escudos seguían inoperativos, excepto un único cañón que se encendía y apagaba de forma intermitente. Era la pareja del cañón de la torreta que había resultado dañado en mi encontronazo con la estación.

Estábamos tan cerca del carguero de Kilkenny que era imposible fallar.

- Por favor, haz que dispare – recé antes de apretar el gatillo. La descarga de energía impactó contra el carguero y hubo una brillante explosión de luz. Una sacudida nos echó para atrás en nuestros asientos y todo se quedó a oscuros cuando el cristal de la carlinga se polarizó. Cuando regresó a su estado normal, pudimos ver el casco perforado del carguero alejándose de nosotros dando tumbos.

- Pensaba que estábamos muertos – dijo Cayla sin aliento.

- Toda. Vía. No. – contesté mientras encendía los propulsores y seguía a Morgan en dirección al punto de salto. A medida que nos aproximábamos, un haz gemelo de láseres brotó del Hornet, y de repente estábamos sin motor de salto.

La voz de Morgan surgió entonces del sistema de comunicaciones:

- No os asustéis, pero tú y la buena doctora vais a tener que quedaros en este sistema mientras nosotros nos marchamos, Nylund. No os preocupéis, los Perros Nova no tienen nada que puedan enviar contra vosotros.

- ¿Por qué haces esto? – pregunté.

- No es nada personal. Sólo que no puedo dejar que me sigáis. Ahora mismo tendría que haber un equipo de la UEE en camino hacia la Supermax. Os encontrarán antes de que os quedéis sin aire. Así que estad tranquilos. Estoy seguro de que a dos tortolitos como vosotros se les ocurrirá alguna forma con la que pasar el rato.

Y tras eso nos dejó a solas. Vimos el brillante resplandor que marcaba su entrada en el interespacio.

- Nos ha llamado tortolitos – dijo Cayla con una pizca de curiosidad -. ¿No pensarás…?

- ¿Hay alguna norma en contra de salir con tus pacientes? – pregunté mirando hacia ella.

- Sí – contestó, un poco alicaída -. Supongo que la hay.

Me desabroché el arnés de vuelo e inspeccioné la carlinga. No había mucho espacio, pero después de todo por lo que habíamos tenido que pasar, estaba seguro de que sabríamos apañárnoslas. Enarqué una ceja y esbocé una amplia sonrisa.

- En ese caso, estás despedida.

Fin

Original.

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