Tarsus Electronics

TODO UN NUEVO MUNDO

En ese histórico día de 2271, cuando Nick Croshaw plegó el espacio alrededor de su impulsor cuántico por primera vez y atravesó la barrera del interespacio, la humanidad cambió para siempre. De repente, el potencial para nuestra expansión por las estrellas era ilimitado. Las estrellas que relucían brillantes en el firmamento de la Tierra estaban llamando a los exploradores. Ahora estaban a nuestro alcance, esperando pacientemente a que nosotros descubriéramos sus secretos.

No había nadie mejor para ayudarnos a entrar en esta nueva era que la compañía que hizo en primer lugar que el espacio fuera accesible: RSI. Aunque las primeras almas valientes que penetraron en el interespacio lo hicieron mediante peligrosas y arriesgadas modificaciones en los motores cuánticos de sus naves, fueron los laboratorios de Roberts Space Industries quienes continuaron las investigaciones de Croshaw y hallaron una forma para reproducir sus resultados a escala industrial. Aunque caro y de disponibilidad limitada, el motor de salto QM-Core XII de RSI permitió lentamente a los gobiernos de la Tierra y a unos pocos y osados pioneros selectos adentrarse en las regiones más alejadas del espacio conocido, en busca de nuevos puntos de salto y descubriendo nuevos sistemas.

UN PRECIO QUE PAGAR

Con la introducción de los motores de salto una nueva pasión por explorar cobró vida y la Era de la Expansión Estelar dio comienzo. Toda una generación de niños se pasó su infancia simulando ser exploradores y soñando con lo genial que sería todo cuando ellos mismos fueran a ponerle un nombre a un nuevo sistema estelar. Aunque la mayoría dejó atrás esas fantasías al ir creciendo, para unos pocos se convirtió en su vocación. Eso dio lugar a la aparición de una estrecha comunidad de exploradores aficionados que se denominaron a sí mismos “saltarrutas”. Aprendían los datos científicos, seguían las noticias, estudiaban todo mapa estelar que cayera en sus manos y discutían durante horas las ventajas de una nave concreta respecto a otra para atravesar el interespacio. Por desgracia, la exploración en sí fue algo que solamente unos pocos de estos aficionados logró llegar a hacer.

La cantidad necesaria de dinero para comprar uno de los motores de salto de RSI era tan exorbitante que la mayoría de gente común no podía alcanzar ni por asomo. Las naves que estaban equipadas con motores de salto solían ser propiedad de gobiernos, universidades de investigación o las grandes corporaciones que transportaban personas y materiales de sistema en sistema. Habían unos pocos multimillonarios que se enorgullecían de patrocinar a exploradores privados con la esperanza de que encontraran un sistema al que poder ponerle su nombre, pero para la gran mayoría de la gente, poseer un motor de salto estaba completamente fuera de su alcance. Resultaba irónico que la misma compañía que se había propuesto convertir los viajes espaciales en algo común estuviera ahora, unos cuantos siglos después, fomentando la exclusividad de los viajes por puntos de salto, una ironía que no pasó desapercibida a los comentaristas sociales de la época. Y aunque había otras compañías que estaban tratando de realizar las investigaciones que les permitiría entrar en el mercado de los motores de salto, el status quo se mantuvo hasta el día en que dos saltarrutas, Tara Dilione y Alfonsus Carbrino, decidieron tomar cartas personalmente en el asunto.

HALLANDO LA SOLUCIÓN

La pareja se conoció trabajando como mecánicos en una pequeña estación de repostaje cerca del punto de salto Croshaw-Sol. Durante el transcurso de largos turnos nocturnos, reparando propulsores estropeados y conductos de combustible agrietados, en seguida descubrieron el amor que compartían por la exploración espacial. Ambos habían estado tratando de convertirse en tripulantes de alguna nave de exploración, pero sus intentos habían sido infructuosos. Ambos habían aceptado el trabajo en la estación por el mismo motivo: si no podían estar a bordo de una nave de salto, por lo menos podrían trabajar en ellas. Fue aquí donde ambos pudieron ver de cerca por primera vez un motor de salto de RSI.

Casi todos los propietarios de una nave irían a un taller de reparaciones autorizado por RSI en caso de que su motor de salto necesitara algún arreglo, poco dispuestos a correr el riesgo de que esa tecnología tan nueva como cara acabara en las manos de algún técnico manazas al que diera la casualidad que le tocaba trabajar ese día. De manera que, aunque Tara y Alfon podían darle un vistazo a los motores y toquetearlos un poco mientras llevaban a cabo otras tareas de reparaciones, jamás habían llegado a tener oportunidad de trabajar en uno de ellos. No era en modo alguno por falta de conocimientos; cada uno poseía su propia copia profusamente anotada del manual de operaciones que cualquier saltarrutas digno de tal nombre ha leído de cabo a rabo al menos una docena de veces, pero eso no podía compararse a poder arremangarse y meterle mano a uno de ellos. Desgraciadamente para el dueño de la nave, el motor de una nave de transporte había fallado mientras estaba cargada hasta los topes de pasajeros adinerados; afortunadamente para Tara y Alfon, su estación de repostaje era la que estaba situada más cerca en el momento de estropearse el motor. El propietario de la nave lo había invertido todo en el mantenimiento del transporte, y la posible catástrofe financiera descartaba la posibilidad de hacer el vuelo de vuelta hasta alguna instalación de RSI cerca de Marte.

En vez de eso, la nave atracó en la estación y el dueño permitió a regañadientes que los dos mecánicos le dieran una mirada. La avería acabó consistiendo en un simple cable dañado, pero Tara y Alfon no podían dejar pasar esta oportunidad. Se inventaron una complicada historia que contar al propietario y procedieron a pasarse el resto del día inspeccionando hasta el último centímetro de cada componente. Tras su posterior éxito, la pareja declaró que habían acabado disculpándose por su engaño y compensado económicamente al desafortunado dueño de la nave por su involuntaria contribución a la creación de Tarsus Electronics. Por que fue mientras estaban inspeccionando ese motor de salto que la pareja se dio cuenta de que ese dispositivo era en realidad un “nick”.

Denominado así por los peligrosos métodos experimentales de Nick Croshaw, un “nick” era el término que en el ámbito de los saltarrutas se utilizaba para referirse a un motor cuántico modificado. Considerado algo extremo incluso para los saltarrutas más radicales, niquear tu MC podía permitirte entrar en un túnel cuántico tal como Croshaw lo había hecho originalmente, pero era un método tan poco fiable y tan inestable que lo más probable es que jamás llegaras a salir de allí. El riesgo implícito ya bastaba para hacer inviable esta técnica. Cualquier saltarrutas podía contar historias de gente iniciando un viaje con motores niqueados y de los que jamás volvía a saberse nada, y tras darse una docena de casos así, esta práctica cayó en desuso. Cuando RSI sacó al mercado su primer motor de salto y éste resulto ser completamente estable, se dio por sentado que habían realizado algún gran avance técnico en ciencia cuántica, pero ahora que tenían el dispositivo completamente visible ante ellos, la pareja descubrió de la verdad. Incluso tras haber repasado el manual docenas de veces, no fue hasta tener el dispositivo ante sus ojos que se dieron cuenta de que el componente de manipulación cuántica del motor de salto, incluso a pesar de estar dispuesto y configurado de una forma diferente, era tecnológicamente idéntico a los motores cuánticos que todo el mundo poseía ya en sus naves.

En seguida confirmaron que cada uno había llegado a la misma conclusión: RSI no había reinventado el motor cuántico, sino que se había limitado a perfeccionar la técnica del “niqueado”. Esto significaba que, en vez de tener que comprar todo un nuevo motor, podía resultarles posible modificar sus propias naves para proporcionarles capacidad de salto. Eso noche no durmieron en absoluto mientras hablaban acerca de lo que habían averiguado.

UN PEQUEÑO SALTO

Les llevó 27 meses, casi todo su dinero, y horas de “tiempo de reparaciones” adicional con cualquier motor de salto al que pudieran ponerle la mano encima en la estación, pero al final lograron diseñar un módulo separado que convertiría cualquier motor cuántico en un motor de salto… siempre y cuando tuvieras una nave lo suficientemente grande. Las primeras versiones ocupaban la bodega de carga casi pro completo. Tras someterlo a todas las simulaciones por ordenador que se les ocurrieron, la pareja probó el “Tarsus” el 27 de noviembre de 2292, sólo 21 años después del primer salto de Croshaw. Para conmemorar el evento, el nombre que le habían puesto a su aparato era una combinación de sus dos nombres, diciendo que era lo más cercano a un hijo que ambos iban a tener jamás. Pusieron en orden todos sus asuntos pendientes, situaron la nave en posición, se aseguraron de que sus datos de navegación estaban correctamente cargados, encendieron su motor modificado y contuvieron el aliento mientras se zambullían en el punto de salto.

Afortunadamente, la pareja emergió sana y salva en Sol, su prueba resultando todo un éxito. La noticia corrió como la pólvora por la comunidad de saltarrutas, y todo el mundo pidió módulos Tarsus para uso propio. Aunque tenían grandiosos proyectos de exploración, Tara y Alfon pensaron que todos esos ingresos extra les irían bien y dejaron sus viajes para más adelante y empezaron a construir módulos de salto para sus amigos. Una saltarrutas, Selma Tontil, abogada de profesión, se dio cuenta de lo que el Tarsus significaría cuando la existencia de este invento se hiciera pública, y corrió a avisar a la pareja de que patentaran su diseño. Con la ayuda de Tontil, se fundó la corporación Tarsus.

Lo hicieron justo a tiempo. Cuando la noticia del invento se extendió más allá de la comunidad de saltarrutas, la demanda fue instantánea. Por tan solo una fracción del coste de un motor de salto de RSI, los propietarios de naves podían mejorar los motores cuánticos que ya poseían. RSI trató de demandar a la recién creada compañía, pero Tontil logró defender su derecho a modificar los motores cuánticos. Sólo pasaron seis meses antes de que RSI empezara a ofrecer su propio módulo de salto.

MIRANDO HACIA ADELANTE

Tara y Alfon acabaron al fin partiendo a explorar las estrellas, pero su compañía siguió adelante bajo la atenta vigilancia de la directora general Tontil, quien compró las acciones de participación empresarial de la pareja. Bajo su liderazgo, Tarsus pasó de limitarse a producir módulos de salto a fabricar también una popular línea de motores cuánticos.

Con el paso de los siglos, Tarsus ha seguido inventando y creciendo, y aunque la población en general disfruta de sus productos, la mentalidad de saltarrutas nunca ha llegado a alejarse demasiado de su esencia. Cuando la división de pruebas de Tarsus se sintió frustrada por las limitaciones de los dispositivos sensores y ordenadores de navegación ya existentes, desarrollaron los suyos propios para mejorar su capacidad para ver el rendimiento de sus motores de salto. Estas versiones desarrolladas de forma interna se hicieron populares entre el personal que las instaló en sus propias naves, y pronto lo hicieron también en las naves de colegas entusiastas de la exploración. La noticia no tardó en extenderse, y ahora Tarsus es célebre tanto por los dispositivos que te ofrecen para ayudarte a encontrar puntos de salto como los que te ofrecen para ayudarte a navegar por ellos.

Por mucho que Nick Croshaw se lleve el crédito por ayudar a ampliar el territorio de la humanidad, no cabe duda que nuestra expansión no habría llegado jamás a ser tan rápida o vasta de no haber sido por Tara Dilione, Alfonus Carbrino y su módulo Tarsus de fabricación personal. En palabras del propio Alfon: “Las piezas habían estado allí todo el rato gracias al duro trabajo de tantos otros. Tara y yo solamente fuimos quienes tuvieron la suerte de juntarlas todas.”

Original.